El silencio se convirtió en algo vivo.
Algo oscuro.
Algo que respiraba entre ellos.
Porque la última frase del guardia había destruido nuevamente todas las certezas.
—Alexander Parker.
Nadie habló.
Nadie pudo hacerlo.
Porque aquella revelación era una bomba capaz de arrasar décadas enteras de mentiras.
Isabella.
El niño.
Alexander.
Y Owen.
Las piezas chocaban entre sí de forma imposible.
—Eso no puede ser verdad.
Murmuró Owen.
Pero incluso él sonó poco convencido.
Porque en aquella historia lo imposible se había convertido en rutina.
Los muertos regresaban.
Las familias ocultaban generaciones enteras.
Las identidades cambiaban.
Y los secretos parecían infinitos.
Gabriel recibió una nueva comunicación.
Escuchó.
Su expresión se endureció.
—Nathan exige entrar.
—Ni hablar.
Respondió Owen.
—Dice que si no lo dejas pasar…
revelará algo delante de toda la prensa.
Silencio.
—¿Qué prensa?
Preguntó Adriana.
Gabriel levantó lentamente la mirada.
—Toda la prensa.
El aire desapareció.
Porque aquello significaba una sola cosa.
La guerra acababa de abandonar las sombras.
Diez minutos después.
La entrada principal de la mansión Parker parecía una fortaleza sitiada.
Vehículos de seguridad.
Guardias armados.
Periodistas.
Cámaras.
Helicópteros sobrevolando la propiedad.
Y en medio de todo aquello…
Nathan Valmont.
Vivo.
Completamente vivo.
Vestido de negro.
Con la misma elegancia inquietante de siempre.
Y sosteniendo la mano de un niño de aproximadamente cinco años.
Un niño de cabello oscuro.
Ojos grises.
Y una expresión demasiado madura para su edad.
Denisse sintió un escalofrío.
Porque aquel pequeño parecía observar el mundo exactamente igual que Alexander.
Como si estuviera calculándolo todo.
Como si nada escapara a su mirada.
—Ábranle.
Ordenó Owen.
Los portones comenzaron a abrirse lentamente.
Y Nathan caminó hacia el interior sin mostrar el menor miedo.
Como un hombre que sabía exactamente lo que hacía.
Como un hombre que controlaba la situación.
Como un hombre que llevaba una bomba en las manos.
Cuando finalmente entró en el salón principal…
todos quedaron inmóviles.
Porque era imposible ignorar lo evidente.
Nathan debería estar muerto.
Y sin embargo…
allí estaba.
Respirando.
Sonriendo.
Observándolos.
—Buenas noches.
La tensión fue inmediata.
—Empieza a hablar.
Dijo Owen.
Nathan sonrió.
—Siempre tan amable.
—¿Cómo sigues vivo?
Nathan soltó una pequeña carcajada.
—Esa es la pregunta equivocada.
Silencio.
—La verdadera pregunta es…
¿por qué fingieron mi muerte?
La habitación explotó.
Porque aquella afirmación cambiaba todo nuevamente.
—¿Qué?
Nathan observó a todos.
Y finalmente clavó la mirada en Richard.
—Tú sabes exactamente de qué hablo.
Richard palideció.
Apenas un instante.
Pero fue suficiente.
Demasiado suficiente.
Denisse lo vio.
Gabriel también.
Y Owen no pasó por alto aquel detalle.
—¿Qué estás ocultando?
Preguntó Owen.
Richard cerró los ojos.
Como si estuviera agotado.
Como si hubiera cargado aquel peso durante demasiado tiempo.
—No ahora.
—Ahora mismo.
Rugió Owen.
La autoridad en su voz hizo vibrar la habitación.
Pero Nathan intervino.
—Déjalo.
Silencio.
—Ya habrá tiempo para eso.
Entonces bajó la mirada hacia el niño.
Y colocó una mano sobre su hombro.
Un gesto protector.
Sorprendentemente protector.
—Primero está él.
Todos observaron al pequeño.
El niño permanecía en silencio.
Tranquilo.
Como si no estuviera rodeado por una tormenta.
Como si hubiera nacido dentro del caos.
—¿Cómo se llama?
Preguntó Denisse.
Nathan sonrió.
Por primera vez parecía genuino.
—Lucas.
El niño levantó la vista.
Y observó directamente a Denisse.
Aquellos ojos grises provocaron un extraño dolor en su pecho.
Porque parecían familiares.
Demasiado familiares.
—Hola.
Dijo Lucas.
Su voz era suave.
Inocente.
Y aquello contrastaba brutalmente con todo lo demás.
Porque aquel niño no tenía culpa de nada.
Absolutamente nada.
—¿Dónde está Isabella?
Preguntó Adriana.
Nathan permaneció en silencio.
Y aquello fue suficiente para generar miedo.
Mucho miedo.
—Nathan.
—Está viva.
Todos exhalaron.
Pero el alivio duró apenas un segundo.
—Por ahora.
La tensión regresó inmediatamente.
—¿Qué significa eso?
Nathan observó a Owen.
—Significa que Kronos ya no la necesita.
Silencio.
—Y cuando Kronos deja de necesitar a alguien…
ya sabes lo que ocurre.
Sí.
Todos lo sabían.
Demasiado bien.
Entonces Lucas hizo algo inesperado.
Se acercó lentamente a Denisse.
Nadie lo detuvo.
Nadie quiso hacerlo.
Porque era un niño.
Solo un niño.
Y cuando llegó frente a ella…
levantó la cabeza.
—Te encontré.
Denisse quedó inmóvil.
—¿Qué?
Lucas sonrió.
—Mi abuela dijo que te encontraría.
El corazón de Denisse comenzó a acelerarse.
—¿Tu abuela?
El niño asintió.
—Sí.
—¿Quién es tu abuela?
Lucas respondió con total naturalidad.
Como si estuviera diciendo algo completamente normal.
—Victoria.
El mundo volvió a explotar.
Porque aquello era imposible.
Completamente imposible.