00:59:59
00:59:58
00:59:57
El contador descendía.
Segundo a segundo.
Latido a latido.
Como una bomba colocada sobre el corazón de todos.
Nadie hablaba.
Nadie respiraba.
Porque las dos pantallas gigantes dominaban el salón principal de la mansión Parker.
A la izquierda.
Victoria.
La madre perdida.
La mujer cuya búsqueda había destruido generaciones.
A la derecha.
Isabella.
La mujer que había cometido errores.
La mujer que había amado obsesivamente a Owen.
La mujer que, a pesar de todo, había terminado arriesgando su vida.
Y entre ambas…
Denisse.
Obligada a decidir.
—No voy a elegir.
Dijo finalmente.
Su voz tembló.
Pero no se quebró.
—No voy a hacerlo.
Valeria apareció nuevamente en la pantalla.
Elegante.
Impecable.
Aterradora.
—Ya lo harás.
—No.
—Todos terminan eligiendo.
Denisse sintió una furia inmensa.
—Eres un monstruo.
Valeria sonrió.
—No.
Silencio.
—Soy el resultado de los monstruos.
La transmisión volvió a desaparecer.
Y el reloj continuó avanzando.
00:58:41
Owen reaccionó inmediatamente.
—Encuéntrenlas.
Gabriel ya estaba corriendo hacia la sala de control.
Richard tomó un teléfono satelital.
Sebastián comenzó a revisar archivos.
Toda la mansión explotó en actividad.
Porque nadie estaba dispuesto a aceptar aquel juego.
Nadie.
Denisse permaneció inmóvil.
Mirando ambas pantallas.
Y por primera vez sintió algo que jamás había sentido con tanta intensidad.
Miedo.
No miedo por ella.
Miedo por los demás.
Porque cualquiera de las dos muertes sería culpa suya.
Eso era exactamente lo que Valeria buscaba.
Destruirla.
No físicamente.
Emocionalmente.
Para siempre.
Owen apareció frente a ella.
Tomó suavemente su rostro entre las manos.
Y obligó a que lo mirara.
—Escúchame.
Ella intentó contener las lágrimas.
No pudo.
—No puedo hacer esto.
—No tendrás que hacerlo.
—¿Y si no las encontramos?
La pregunta quedó suspendida.
Porque era la pregunta que nadie quería responder.
La peor de todas.
Owen acercó su frente a la de ella.
Como si intentara compartirle parte de su fuerza.
Parte de su determinación.
Parte de su alma.
—Las encontraremos.
—¿Y si no?
Owen permaneció en silencio.
Y aquello dolió más que cualquier respuesta.
Durante unos segundos simplemente permanecieron juntos.
En medio del caos.
En medio de las alarmas.
En medio de una guerra.
Y aun así…
el mundo desapareció.
Solo existían ellos.
Ella.
Y él.
El hombre que había derribado todas sus defensas.
El hombre que había transformado su vida.
El hombre que amaba.
Aunque todavía le costara admitirlo.
—Si algo me ocurre…
susurró Denisse.
—No.
—Déjame terminar.
Owen endureció la mandíbula.
Porque odiaba aquella conversación.
La odiaba.
—Si algo me ocurre…
quiero que sigas viviendo.
—No.
—Owen.
—No.
La intensidad en sus ojos fue devastadora.
Porque aquello no era una respuesta racional.
Era una confesión.
Una declaración.
Una promesa.
—No existe una vida sin ti.
El corazón de Denisse se rompió.
Porque sabía que él lo decía en serio.
Completamente en serio.
Y aquello era tan hermoso como peligroso.
De repente.
Lucas habló.
El pequeño había permanecido en silencio durante todo aquel tiempo.
Observando.
Escuchando.
Pensando.
Como si fuera mucho mayor de lo que aparentaba.
—Yo sé dónde están.
La habitación completa se congeló.
Todos giraron hacia él.
—¿Qué dijiste?
Preguntó Gabriel.
Lucas se encogió de hombros.
—Sé dónde están.
Silencio absoluto.
—¿Cómo?
Preguntó Owen.
El niño pareció confundido.
Como si la respuesta fuera obvia.
—Porque yo estuve allí.
La sangre abandonó todos los rostros.
—¿Dónde?
Lucas señaló una de las pantallas.
—En la casa del lago.
Nathan se puso de pie de golpe.
—Lucas.
Demasiado tarde.
Porque el niño ya había hablado.
Y todos lo habían escuchado.
—¿Qué casa del lago?
Preguntó Sebastián.
Nathan cerró los ojos.
Como alguien que acaba de perder una batalla.
—No.
—Habla.
Dijo Owen.
Nathan permaneció en silencio.
Entonces Denisse intervino.
—Por favor.
Aquellas dos palabras bastaron.
Nathan finalmente cedió.
—Existe una propiedad.
Silencio.
—Oculta.
—¿Dónde?
—En la frontera.
La tensión aumentó.
—Fue uno de los primeros refugios de Kronos.
El aire desapareció.
—¿Y nunca lo mencionaste?
Nathan sonrió amargamente.
—Porque quienes iban allí…
jamás regresaban.
El miedo recorrió la habitación.
Porque aquello significaba una sola cosa.
Un centro de operaciones.
Una prisión.
Un cementerio.
O las tres cosas al mismo tiempo.
Gabriel ya estaba trabajando.
Mapas.
Satélites.
Coordenadas.
Equipos tácticos.
Todo comenzó a movilizarse.
Pero entonces apareció un problema.
Uno enorme.
—Tenemos tres posibles ubicaciones.
Silencio.
—¿Qué?
—Tres lagos.
Gabriel señaló la pantalla.
—Y solo tenemos tiempo para una operación.
El contador seguía descendiendo.
00:43:11
El corazón de Denisse comenzó a acelerarse nuevamente.
Porque el tiempo estaba desapareciendo.