00:04:59
La cuenta regresiva seguía avanzando.
Pero nadie la miraba.
Nadie podía.
Porque una sola frase acababa de pulverizar todo lo que creían saber.
—Victoria no tuvo dos hijas. Tuvo seis.
El silencio dentro de la mansión Parker era aterrador.
Denisse permanecía inmóvil.
Como si el tiempo hubiera dejado de existir.
Como si su mente hubiera alcanzado un límite imposible.
Porque ya no sabía quién era.
Ya no sabía de dónde venía.
Ya no sabía qué parte de su vida había sido real.
Y lo peor…
era que comenzaba a sospechar que casi nada lo había sido.
—Seis.
Susurró Elena.
Nadie respondió.
Porque todos estaban intentando comprender algo incomprensible.
—Eso no puede ser.
Dijo Gabriel.
—Biológicamente es imposible.
Sebastián no parecía tan seguro.
—No para ellos.
Silencio.
—¿Qué significa eso?
Preguntó Owen.
Sebastián tragó saliva.
Y por primera vez desde que comenzó aquella guerra…
pareció verdaderamente aterrado.
—Kronos llevaba décadas realizando experimentos.
La habitación quedó inmóvil.
—Manipulación genética.
—No.
Susurró Richard.
—Sí.
El aire desapareció.
Porque todos sabían que Kronos era capaz de cualquier cosa.
Pero escuchar aquellas palabras resultaba diferente.
Mucho más real.
Mucho más monstruoso.
—¿Estás diciendo que las crearon?
Preguntó Denisse.
—No.
Sebastián negó lentamente.
—Estoy diciendo que intentaron crear algo.
Silencio.
—Y parece que lo consiguieron.
La imagen de las seis mujeres seguía grabada en la mente de todos.
Los mismos ojos.
La misma estructura facial.
La misma sangre.
La misma presencia.
Como si fueran fragmentos de una sola persona.
Fragmentos de una misma historia.
Entonces Nathan habló.
—Las Herederas.
Todos giraron.
Porque su voz sonó diferente.
Como la de un hombre que acababa de recordar algo olvidado.
Algo que jamás debió recordar.
—Dios mío…
—¿Qué sucede?
Preguntó Denisse.
Nathan cerró los ojos.
—Escuché ese nombre hace muchos años.
Silencio.
—¿Qué nombre?
—Las Herederas.
Un escalofrío recorrió la habitación.
—¿Quiénes eran?
Nathan parecía observar un pasado lejano.
Un pasado enterrado.
—Una leyenda dentro de Kronos.
Gabriel soltó una risa amarga.
—¿Otra leyenda?
—No era una leyenda.
Nathan levantó lentamente la mirada.
—Era un proyecto.
La tensión aumentó.
Porque cada proyecto de Kronos terminaba igual.
Dolor.
Sangre.
Muerte.
—¿Qué proyecto?
Preguntó Owen.
Nathan observó directamente a Denisse.
Y respondió.
—Crear a la mujer perfecta.
El silencio explotó.
—Eso es una locura.
—Sí.
Nathan asintió.
—Lo era.
—Entonces explícalo.
Nathan respiró profundamente.
—Los fundadores creían que ciertas características podían transmitirse y potenciarse.
Silencio.
—Inteligencia.
—Liderazgo.
—Resistencia.
—Influencia.
La habitación escuchaba.
—Querían crear una heredera capaz de dirigir el futuro.
El aire desapareció.
—¿Y Victoria?
Preguntó Elena.
Nathan cerró los ojos.
—Victoria fue elegida.
La sangre abandonó todos los rostros.
—¿Elegida para qué?
—Para convertirse en la madre del proyecto.
Denisse sintió náuseas.
Porque aquello era horrible.
Inhumano.
Imperdonable.
—No.
—Sí.
Nathan parecía avergonzado.
Como si le repugnara cada palabra.
—Pero algo salió mal.
Silencio.
—¿Qué?
Nathan observó nuevamente la pantalla vacía.
Y respondió.
—Se enamoró.
Owen comprendió inmediatamente.
Alexander.
Todo volvía a Alexander.
Todo.
—El hombre del que hablaron.
Dijo Owen.
Nathan asintió.
—Exactamente.
—El hombre que destruyó Kronos.
—No.
Nathan negó lentamente.
—El hombre que hizo que Kronos se destruyera solo.
El reloj avanzó.
00:03:42
La presión aumentaba.
Cada segundo parecía una puñalada.
Porque Victoria.
Isabella.
Aurora.
Seguían desaparecidas.
Seguían en peligro.
Y el tiempo continuaba muriendo.
Entonces Lucas volvió a hablar.
Y nuevamente el salón entero quedó en silencio.
Porque el niño parecía ver cosas que los adultos no podían.
—Ella quiere que vayan.
Denisse lo observó.
—¿Quién?
—Valeria.
Silencio.
—Quiere que encuentren el centro.
La tensión aumentó.
—¿Por qué dices eso?
Lucas encogió los hombros.
—Porque siempre hablaba de la puerta.
El corazón de Nathan se detuvo.
Literalmente.
Porque conocía aquella palabra.
Y sabía exactamente lo que significaba.
—No.
Susurró.
Gabriel lo observó.
—¿Qué ocurre?
Nathan parecía haber visto un fantasma.
—La Puerta.
Silencio.
—La verdadera razón por la que existe Kronos.
El aire desapareció.
—¿Qué puerta?
Preguntó Owen.
Nathan comenzó a temblar.
Y aquello resultó inquietante.
Porque Nathan jamás temblaba.
Jamás.
—Nunca creí que fuera real.
—Habla.
—Creía que era un mito.
Silencio.
—Pero si el centro existe…
entonces la puerta también.
Antes de que pudiera explicar más…
todas las pantallas de la mansión se encendieron al mismo tiempo.
Una tras otra.
Docenas.
Cientos.
Como si alguien hubiera tomado control absoluto del sistema.
Y cuando apareció la imagen…