Pasión Oscura

CAPÍTULO 57: EL HOMBRE QUE NO DEBÍA EXISTIR

El silencio fue absoluto.

Brutal.

Inhumano.

Como si el universo entero hubiera olvidado cómo respirar.

Porque aquellas últimas palabras seguían resonando dentro de cada persona presente.

—Por fin encontré a mi hija.

Denisse sintió que el suelo desaparecía.

No.

Aquello no podía ser verdad.

No después de todo.

No después de descubrir a Victoria.

No después de descubrir a Daniel.

No después de descubrir a las Herederas.

No después de descubrir que toda su vida había sido una mentira.

—No.

Susurró.

—No.

Y luego otra vez.

—No.

Porque era la única palabra que su corazón podía pronunciar.

Owen observó su rostro.

El temblor de sus manos.

Las lágrimas contenidas.

La forma en que intentaba mantenerse de pie mientras el mundo se derrumbaba.

Y algo feroz despertó dentro de él.

Algo oscuro.

Algo peligroso.

Protección.

La rodeó inmediatamente con un brazo.

Acercándola a él.

Como si quisiera esconderla del mundo.

De Kronos.

De Lucien.

Del destino entero.

—No te acercarás a él.

La voz de Owen fue baja.

Pero mortal.

Denisse levantó la mirada.

Y durante un segundo olvidó el miedo.

Porque aquellos ojos grises estaban llenos de algo que jamás había visto.

No era deseo.

No era obsesión.

No era posesión.

Era amor.

Puro.

Desesperado.

Absoluto.

Y eso resultaba aún más aterrador.

Porque ella también comenzaba a sentirlo.

—Owen…

—No.

Él sujetó suavemente su rostro.

—No importa quién sea.

Silencio.

—No importa lo que diga.

Más silencio.

—No dejaré que te toque.

Las palabras atravesaron el corazón de Denisse.

Porque eran reales.

Porque no provenían del hombre poderoso.

Ni del empresario.

Ni del Parker dominante que aterrorizaba salas de juntas.

Provenían del hombre.

Del hombre que la amaba.

Y por primera vez tuvo miedo de perderlo.

Las pantallas permanecían oscuras.

Pero nadie se movía.

Nadie hablaba.

Porque una nueva verdad comenzaba a formarse.

Una verdad aterradora.

Si Lucien seguía vivo…

Entonces todo lo demás era posible.

Todo.

Nathan fue el primero en reaccionar.

Y cuando habló…

su voz parecía venir de otro mundo.

—Lo conocí.

La habitación entera giró hacia él.

—¿Qué?

Preguntó Gabriel.

Nathan tragó saliva.

—Una vez.

Silencio.

—Solo una vez.

El aire desapareció.

Porque Nathan había trabajado cerca de Kronos durante décadas.

Y jamás había admitido aquello.

Jamás.

—Pensábamos que era una leyenda.

Continuó.

—Un mito utilizado para controlar a los demás.

Silencio.

—Pero una noche apareció.

El miedo comenzó a extenderse.

Porque Nathan no era un hombre fácil de asustar.

Nunca lo había sido.

—¿Cómo era?

Preguntó Elena.

Nathan cerró los ojos.

Como si intentara expulsar un recuerdo.

—Carismático.

Silencio.

—Brillante.

Más silencio.

—Y completamente monstruoso.

Un escalofrío recorrió la habitación.

—Cuando entraba en una sala…

continuó.

—Todos obedecían.

—Todos.

—Sin excepción.

Owen apretó la mandíbula.

Porque conocía a hombres así.

Hombres capaces de manipular.

De controlar.

De destruir.

Pero algo en la voz de Nathan sugería algo peor.

Mucho peor.

—¿Qué quería?

Preguntó Denisse.

Nathan la observó.

Y la respuesta llegó como una bala.

—A ti.

Silencio absoluto.

—No.

—Sí.

Nathan asintió lentamente.

—Incluso antes de que nacieras.

La sangre abandonó el rostro de todos.

—Eso es imposible.

—No para él.

Nathan caminó hacia una mesa.

Tomó un viejo archivo.

Uno que había permanecido cerrado durante años.

Décadas.

Lo abrió.

Y una fotografía cayó al suelo.

Denisse la recogió.

Y dejó de respirar.

Era una imagen antigua.

Muy antigua.

Tomada mucho antes de su nacimiento.

Mucho antes de Kronos moderno.

Mucho antes de Owen.

Mucho antes de todo.

Pero había algo escrito detrás.

Una frase.

Una sola frase.

“Proyecto Heredera Definitiva.”

El corazón de Denisse se aceleró.

—Dios mío…

Nathan asintió.

—Ese era el verdadero nombre.

Silencio.

—Las otras niñas fueron intentos.

El aire desapareció.

—¿Intentos?

—Sí.

Nathan parecía devastado.

—Pero tú…

La habitación quedó inmóvil.

—Tú eras el objetivo final.

El mundo explotó nuevamente.

Porque durante toda su vida Denisse había creído ser una víctima.

Una pieza.

Una sobreviviente.

Pero ahora descubría algo peor.

Mucho peor.

Había sido el centro de todo desde el principio.

De repente.

Las luces de la mansión parpadearon.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y todas las pantallas se encendieron simultáneamente.

La imagen regresó.

Pero esta vez no apareció Valeria.

Ni Victoria.

Ni Aurora.

Ni Eva.

Apareció él.

Lucien.

El hombre que no debía existir.

Cabello plateado.

Traje oscuro.

Postura impecable.

Y unos ojos tan intensos que parecían atravesar la pantalla.

No parecía un anciano.

No parecía un hombre derrotado.

No parecía alguien que hubiera pasado décadas oculto.

Parecía un rey.

Y eso resultaba aterrador.

—Buenas noches.

Su voz fue suave.

Elegante.

Hipnótica.

—Lamento esta presentación tan dramática.

Nadie respondió.

Porque el miedo se había convertido en algo tangible.




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