La fotografía permaneció inmóvil en la pantalla.
Dos cunas.
Dos bebés.
Un documento firmado con sangre.
Y una promesa realizada décadas atrás.
Una promesa capaz de destruir el presente.
El silencio dentro de la mansión Parker era mortal.
Nadie respiraba.
Nadie parpadeaba.
Porque todos comprendían una cosa.
Lucien no estaba bromeando.
Nunca había estado bromeando.
—Ha llegado el momento de que conozcas a tu prometido.
Las palabras seguían resonando.
Golpeando.
Destruyendo.
Denisse sintió que la rabia comenzaba a reemplazar al miedo.
Por primera vez en mucho tiempo.
Porque estaba cansada.
Cansada de que otros decidieran por ella.
Cansada de los secretos.
Cansada de las mentiras.
Cansada de ser utilizada.
Y entonces dio un paso adelante.
Uno solo.
Pero fue suficiente.
—No.
Lucien la observó.
Curioso.
Divertido.
—¿No?
—No soy propiedad de nadie.
Silencio.
—No soy un contrato.
—No soy una herencia.
—No soy un premio.
Su voz comenzó a crecer.
—Y nadie va a decidir con quién voy a estar.
Owen sintió una mezcla de orgullo y amor tan intensa que casi dolió.
Porque aquella mujer era increíble.
Porque incluso cuando el mundo intentaba aplastarla…
seguía luchando.
Lucien sonrió.
Pero algo cambió en sus ojos.
Algo oscuro.
—Te pareces mucho a tu madre.
Victoria apareció detrás de él.
Y al escuchar aquellas palabras…
palideció.
Completamente.
Porque conocía ese tono.
Conocía esa mirada.
Y sabía lo que significaba.
Peligro.
—Lucien.
Dijo.
—Déjala fuera de esto.
El hombre giró lentamente.
Y durante un segundo pareció observar a Victoria como si estuviera mirando una fotografía antigua.
Una reliquia.
Un recuerdo.
—Han pasado muchos años.
Victoria no respondió.
—Sigues siendo hermosa.
La tensión se volvió insoportable.
Porque aquellas palabras no sonaban románticas.
Sonaban posesivas.
Perturbadoras.
Enfermas.
—No vuelvas a decir eso.
La voz de Owen fue mortal.
Lucien sonrió.
—Ahora entiendo por qué ella te eligió.
Denisse sintió un escalofrío.
Porque aquella conversación escondía demasiadas cosas.
Demasiadas.
—¿Qué le hiciste?
Preguntó.
Silencio.
Lucien volvió a observarla.
Y por primera vez pareció sinceramente sorprendido.
—¿Eso crees?
—Respóndeme.
—¿Qué le hice?
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—La amé.
El mundo explotó.
Victoria cerró los ojos.
Como si aquellas palabras fueran una herida abierta.
—Eso no fue amor.
Susurró.
Silencio absoluto.
—Fue una prisión.
Las palabras atravesaron cada rincón de la sala.
Porque nadie esperaba escucharlas.
Porque revelaban algo terrible.
Y Lucien…
no lo negó.
—Tal vez.
El aire desapareció.
Porque aquella respuesta era peor.
Mucho peor.
Entonces Nathan dio un paso adelante.
—¿Quién es el prometido?
La pregunta cayó como una bomba.
Porque todos querían saberlo.
Todos.
Lucien volvió a sonreír.
Y entonces hizo un gesto.
Un simple gesto.
Las cámaras giraron.
Avanzaron por un corredor.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta llegar a una habitación.
Una habitación enorme.
Elegante.
Lujosa.
Y en el centro…
un hombre.
De espaldas.
La sangre comenzó a congelarse lentamente en las venas de todos.
Porque algo en aquella figura resultaba inquietantemente familiar.
Muy familiar.
El hombre giró.
Lentamente.
Y entonces el universo se detuvo.
Porque tenía los ojos de Denisse.
Los mismos.
Exactamente los mismos.
—No…
Susurró Elena.
—No puede ser.
Denisse sintió que el corazón golpeaba con fuerza.
Porque aquel rostro parecía una mezcla imposible.
Parte de ella.
Parte de Victoria.
Parte de alguien más.
—¿Quién es?
Su voz apenas salió.
Lucien respondió.
—Se llama Adrian.
Silencio.
—Y fue criado para gobernar Kronos.
La tensión aumentó.
—¿Por qué se parece a mí?
Preguntó Denisse.
Lucien no respondió inmediatamente.
Porque disfrutaba el momento.
Disfrutaba las revelaciones.
Disfrutaba observar cómo el mundo se rompía.
Finalmente habló.
—Porque comparte tu sangre.
El universo explotó nuevamente.
—¿Qué?
Victoria comenzó a llorar.
Y aquello confirmó el peor de los temores.
—No…
Susurró Denisse.
—Sí.
Lucien asintió.
—Adrian es tu hermano.
El silencio fue absoluto.
Brutal.
Infinito.
Hermano.
La palabra resonó dentro de Denisse.
Una y otra vez.
Hermano.
Mientras toda su realidad se hacía pedazos.
Pero lo peor aún no había llegado.
Porque Adrian finalmente habló.
Y cuando lo hizo…
su voz fue tranquila.
Elegante.
Peligrosamente serena.
—Hola, Denisse.
Silencio.
—Llevo toda mi vida buscándote.
Ella sintió un escalofrío.
Porque no sonaba feliz.
No sonaba emocionado.
No sonaba como un hermano.
Sonaba obsesionado.
Y entonces Adrian añadió algo que hizo que Owen avanzara un paso lleno de furia.
—Nadie va a separarnos otra vez.
Los ojos de Owen se volvieron oscuros.
Peligrosos.
Mortales.
Porque acababa de comprender algo.
Algo aterrador.
Adrian no veía a Denisse como una hermana.
La veía como una posesión.
Como una obsesión.
Como el destino que le habían prometido desde niño.