00:09:57
El contador seguía descendiendo.
Pero ya no era una amenaza.
Era una sentencia.
Una sentencia para Kronos.
Para Lucien.
Para todos los secretos que habían destruido vidas durante generaciones.
Dentro de la mansión Parker nadie hablaba.
Porque todos comprendían una verdad aterradora.
Habían llegado al final.
Al verdadero final.
No quedaban más máscaras.
No quedaban más mentiras.
No quedaban más juegos.
Solo quedaba la guerra.
Y la verdad.
Owen observó el cronómetro.
Luego observó a Denisse.
Y supo exactamente qué debía hacer.
—Voy a terminar esto.
Denisse lo miró.
Porque conocía esa expresión.
La había visto antes.
Era la expresión del hombre capaz de destruir el mundo entero para proteger aquello que amaba.
—No irás solo.
Owen negó.
—Es demasiado peligroso.
—Precisamente por eso.
Silencio.
—Voy contigo.
Los ojos de ambos quedaron unidos.
Y por un instante desapareció todo.
Lucien.
Kronos.
Los secretos.
Las herederas.
Las conspiraciones.
Todo.
Solo existían ellos.
Dos personas que habían intentado resistirse al amor.
Y habían fracasado.
Completamente.
Owen tomó su rostro entre sus manos.
Sus frentes se unieron.
Y durante unos segundos permanecieron así.
En silencio.
Porque algunas emociones son demasiado grandes para las palabras.
—Si algo sale mal…
comenzó Owen.
—No.
Denisse negó.
Las lágrimas aparecieron.
—No vuelvas a decir eso.
Él sonrió.
Una sonrisa triste.
Hermosa.
Dolorosa.
—Te amo.
El tiempo se detuvo.
Porque aquella era la primera vez.
La primera vez que lo decía.
La primera vez que permitía que el corazón hablara.
La primera vez que se rendía.
Y Denisse sintió que algo dentro de ella se rompía.
Para reconstruirse de una forma completamente nueva.
—Yo también te amo.
Silencio.
Y entonces se besaron.
No con desesperación.
No con urgencia.
No con deseo.
Sino con amor.
Con ese amor raro.
Inmenso.
Imposible.
Capaz de sobrevivir a las mentiras.
A la sangre.
A los secretos.
A la oscuridad.
Porque al final…
siempre había sido una historia de amor.
Y entonces partieron.
Las siguientes horas fueron una tormenta.
Una carrera contra el tiempo.
Una batalla contra décadas de corrupción.
Contra hombres poderosos.
Contra fantasmas.
Contra el pasado.
El verdadero centro de Kronos estaba colapsando.
Los sistemas fallaban.
Las puertas blindadas se abrían.
Los archivos secretos comenzaban a filtrarse.
Miles de documentos.
Miles de nombres.
Miles de crímenes.
La organización más poderosa de las sombras estaba muriendo.
Y lo sabía.
Cuando finalmente llegaron al núcleo central…
Lucien los estaba esperando.
Solo.
Completamente solo.
De pie frente a la gigantesca estructura que había permanecido oculta durante décadas.
La cuenta regresiva continuaba.
00:01:44
00:01:43
00:01:42
—Llegaron.
Su voz sonó tranquila.
Casi amable.
Como si todo aquello fuera una reunión familiar.
—¿Por qué?
Preguntó Denisse.
Lucien sonrió.
—Porque el mundo necesita comenzar de nuevo.
—Destruyendo vidas.
—Controlando personas.
—Robando niños.
La rabia comenzó a crecer dentro de ella.
—¿Eso era comenzar de nuevo?
Lucien la observó largamente.
Y por primera vez pareció viejo.
Muy viejo.
—No entenderías.
—Entonces explícalo.
Silencio.
Y sorprendentemente…
Lucien obedeció.
—Yo también amé.
El aire desapareció.
—Yo también soñé.
—Yo también tuve miedo.
Sus ojos se perdieron en algún recuerdo lejano.
—Y cuando perdí a la única persona que amaba…
intenté controlar todo lo demás.
Nadie habló.
Porque aquella confesión era inesperada.
Brutal.
Humana.
—Y así comenzó Kronos.
Silencio.
—Un hombre roto intentando dominar el destino.
Denisse comprendió algo.
Algo importante.
Los monstruos no nacen monstruos.
Se convierten en ellos.
Pero eso no los vuelve inocentes.
—Terminó.
Dijo.
—Tu historia terminó.
Lucien sonrió.
Y por primera vez parecía cansado.
Realmente cansado.
—Tal vez.
Entonces algo inesperado ocurrió.
Adrian apareció.
Corriendo.
Detrás de él.
Eva.
Aurora.
Victoria.
Elena.
Valeria.
La Séptima.
Todos.
Toda la familia rota.
Toda la familia perdida.
Toda la familia destruida por Kronos.
Y finalmente ocurrió algo que nadie esperaba.
Adrian se colocó delante de Denisse.
Protegiéndola.
—No.
Lucien parpadeó.
Sorprendido.
—¿Qué haces?
Adrian respiró profundamente.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Silencio.
—Elegir por mí mismo.
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Victoria.
Porque el ciclo finalmente comenzaba a romperse.
—Ella no es una propiedad.
Continuó Adrian.
—Nunca lo fue.
Lucien permaneció inmóvil.
Y durante unos segundos pareció comprender algo.
Algo que jamás había entendido.
Que el amor no puede imponerse.
Que el destino no puede comprarse.
Que las personas no pertenecen a nadie.
La cuenta regresiva continuaba.
00:00:30
Entonces Lucien cerró los ojos.
Y sonrió.
Una última vez.
—Victoria tenía razón.