PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 1

CAP 1

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EL RETORNO

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Retorné a mis funciones como agente especial después de una licencia prolongada.

Nueva delegación.

Nuevo esquema.

Tres países al mando.

No era un destino más.

El jefe regional llevaba más de dos horas encerrado en su oficina preparando las consignas.

Eso solo significaba una cosa: algo grande se estaba moviendo.

Soy especialista en Medio Oriente. Todo indicaba que ese volvería a ser mi destino.

Pero esta delegación no era común. Era una de las más avanzadas en tecnología, donde operaban los agentes mejor preparados.

—Pero muy buenos días!

—Ya estamos de vuelta?

—Buen día, Mary.

—Se terminaron las vacaciones?

—Vacaciones?

—Estaba de licencia.

Dice Diego, sonriendo .

—Y vos cómo estás?

—Bien gracias.

—Voy a tomar un café.

—¿Me acompañás?

—Claro. La cafetera estaba fuera de servicio desde el día anterior.

Bajamos a la cafetería del edificio.

El lugar tenía fama.

Café recién molido, ambiente cargado, conversaciones a media voz.

—Dicen que acá sirven el mejor café de la ciudad comenté.

—Y las berlinesas? Respondió.

—Son la verdadera trampa.

—Entonces pedimos dos.

Mary era una de las agentes más valiosas de la agencia. Directora de Asuntos Internos.

Precisa. Objetiva.

Difícil de leer.

—¿Sabés si ya me asignaron destino?

—Todavía no. Pero tengo la sensación de que se vienen cambios.

—¿Cambios de destino?

—Algunos se quedan en la ciudad.

Otros van a ser reasignados para seguimientos más sensibles.

—O sea que sabés algo.

—Lo suficiente para no decirte más.

—Sonrie. Era típico en ella.

—A las doce hay reunión Agregó

— Ahí vas a entender.

El café era intenso.

Despertaba los sentidos.

Y algo me decía que iba a necesitar estar bien despierto.

Durante la licencia estuve con mi familia como hacía tiempo no podía

Demasiado tiempo perdido.

Momentos que no vuelven: el crecimiento de mi hijo, las pequeñas rutinas, lo cotidiano.

Este trabajo siempre exige más de lo que devuelve.

—A mí me pasa lo mismo

dijo Mary, como si hubiera leído mi pensamiento

—Con mi marido es un “hola” y un “chau”… cuando coincide.

—Es lo que elegimos Respondí.

Aunque no sonó tan convincente.

—Jefe. nterrumpió.

El Director nos está llamando

—¿Pagás vos, no?

—No seas cara dura.

Pagá y comportate como un caballero.

—Está bien.

Subimos.

La sala de reuniones estaba cargada de tensión.

Todos expectantes.

El Director comenzó a leer la orden del día.

Los nombres empezaron a caer uno tras otro.

Destinos asignados.

Nuevas funciones.

Pasó más de una hora.

Yo seguía esperando.

Mi destino… fue asignado a otro.

Algo no cerraba.

—Diego Dijo el Director.

—Sí, señor.

—¿Cómo fueron sus días de licencia?

—Bien. Con ganas de volver.

—Se nota.

Siempre mantuviste una actitud firme.

Eso juega a tu favor.

Hizo una pausa.

—Fuiste seleccionado para una misión de máxima confidencialidad.

El ambiente cambió.

—Tu operación estará supervisada por los tres países.

Es de alto riesgo.

Estamos en un punto crítico.

Podríamos estar entrando en un escenario de guerra.

Sentí el peso de cada palabra.

—Tu objetivo es evitar filtraciones.

Controlar posibles agitadores.

Pero eso no es lo más grave.

Otra pausa.

—Tenemos indicios de un infiltrado dentro de la agencia.

Silencio.

—Tu misión es acercarte a Ana Caterina.

Trabaja en el tercer piso, en Política Exterior.

—¿Un doble agente?

—Es una posibilidad.

Y si lo es, está en el corazón de la agencia.

Eso lo cambiaba todo.

—Quiero un seguimiento total

Continuó

—Cada detalle.

Rutinas.

Hábitos.

Vínculos.

—¿Hasta qué punto?

Pregunta Diego.

—Hasta el último. Incluso los más personales.

Entendí el mensaje.

—Los informes serán por triplicado. Uno para cada país. Esto es secreto de Estado.

Si fallamos… ya sabés las consecuencias.

—Sí, señor.

Me entregó un archivo.

—Ahí está toda su vida.

Lo tomé.

—¿A qué hora llega?

—Ya está en el edificio.

Siempre llega primero.

Se va última.

—¿Sector?

—Estrategia de campo.

—Voy a generar un acercamiento.

—Discreto.

—Siempre.

Salí de la sala con una sensación clara: esto no era una misión más.

Era una línea que, si se cruzaba, no tenía vuelta atrás.

Miré el reloj.

Ya era tarde.

Podía dejar el encuentro para el día siguiente.

O no.

Subí al tercer piso.

El pasillo estaba en silencio.

La vi antes de que ella me viera.

Ana Caterina.

De espaldas.

Concentrada.

Intocable.

Como si nada hubiera pasado.

Como si no nos conociéramos.

Como si la última vez… no hubiera existido.

Entonces entendí algo:

—Esta misión no empezaba hoy?

Había empezado mucho antes.

Respondió con un tono de pocos amigos, como quién dice.




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