CAP 4
EL DESAFÍO
Una mañana fría, gris, amenazaba con llover. El cielo bajo, pesado, parecía empujar todo hacia abajo. En el despacho, el clima no era muy distinto. Diego estaba solo. En silencio. No hacía falta demasiado para notar que algo no encajaba. Su mirada —quieta, fija por momentos— no estaba en ningún punto concreto. Iba y volvía. Como si buscara una respuesta que no terminaba de formular. Había algo dando vueltas. No una idea clara. Una sensación. Se recostó apenas en la silla. Los dedos apoyados sobre el escritorio, inmóviles. El reloj avanzaba. Él no. Golpearon la puerta. El sonido lo trajo de vuelta. —Adelante. La puerta se abrió sin apuro. —Hola, Diego. ¿Cómo estás? —Hola, Mari. Buen día. Mari se quedó en el marco un segundo más de lo necesario. Observando. Midiendo. Después entró. —Detective… le voy a hacer una pregunta. Y quiero que me respondas con la honestidad que te caracteriza. Diego la miró. Apenas intrigado. No incómodo. Todavía no. —A ver. —¿Tenés algo para hacer? La pregunta fue directa. Demasiado simple. Diego dudó una fracción de segundo. —En este momento, no. Mari asintió, como si confirmara algo que ya sabía. —Buenísimo. Acompañame. —¿A dónde? —A tomar un café. Con unas berlinesas que no vas a poder rechazar. El tono era liviano. Pero no del todo. Diego se levantó. Sin apuro. —De acuerdo. Busco mi abrigo. Se movió con naturalidad, pero antes de salir se detuvo. Giró apenas. —Mari… una cosa. —Decime. —¿Desde cuándo me tratás de usted? Mari sostuvo la mirada. No esquivó la pregunta. —Desde que decidí invitarte. No hubo sonrisa. No hubo ironía evidente. Solo una línea clara. Diego dejó escapar una sonrisa leve. Breve. —Acepto la invitación… aunque tus invitaciones son peculiares. —¿En qué sentido? —En que vos invitás… y yo pago. Mari inclinó apenas la cabeza. —¿Y qué opinión tenés al respecto? —Que, como caballero que soy… acepto. —Perfecto. Salieron. La cafetería los recibió con el aroma intenso del café recién molido. Calor, ruido bajo, conversaciones cruzadas. Un espacio común. Seguro. Se sentaron. Mari no tardó en notar algo. O mejor dicho… a alguien. Ana. Sentada sola. Tranquila. Como si no formara parte del entorno. Como si lo observara sin hacerlo. —¿La ves? —dijo, sin señalar. Diego no reaccionó de inmediato. Pero la vio. —Ana… la agente del tercer piso. —La misma. Silencio breve. —Atractiva, ¿no? Diego tomó el café antes de responder. El gesto fue medido. Como si comprara tiempo. —Depende con qué intención la mires. Mari lo observó. Sin perder detalle. —Y yo te pregunto a vos… que estás casado. El aire cambió. Apenas. Pero lo suficiente. Silencio. Diego dejó la taza. —Mari —cortó—, vinimos a tomar un café. Ella sostuvo la tensión un segundo más. Evaluando hasta dónde avanzar. Después cedió. —Tenés razón. Pero no del todo. La charla continuó, pero sin peso. Palabras de superficie. Ninguno volvió a ese punto, pero seguía ahí. Presente. —Tengo que volver —dijo Diego al rato—. Hay trabajo. —Claro. Se levantaron. —Gracias por el café. —No, gracias a vos por la compañía —respondió él. Mari asintió. Pero algo en su expresión había cambiado. No era evidente. Era sutil. Como una pieza que ya no encajaba igual. Ya en la salida, lo notó. —¿Y tu abrigo? Diego se detuvo apenas. Un segundo. —Me lo olvidé. Voy a buscarlo. —¿Querés que te espere? —No. Después hablamos. No explicó más. Volvió. La cafetería seguía igual. Mismo ruido. Mismo movimiento. Pero no. Ya no. Diego caminó directo. Sin rodeos. Tomó su abrigo… y no dudó. Se acercó.
Ana no levantó la vista enseguida. Como si supiera. Como si no necesitara comprobarlo. Como si ya estuviera dentro del movimiento. Diego se inclinó apenas. Lo justo. —No puedo dejar de pensar en vos. No fue impulsivo. Tampoco medido del todo. Fue inevitable. Ana dejó la taza. Sin apuro. Cada gesto en su tiempo. —Nos vemos después del trabajo. Ella giró apenas la cabeza. Lo suficiente para mirarlo. La distancia entre los dos era mínima. —Te espero… de la manera que más te gusta. No fue sugerencia. Fue dirección. Diego sostuvo la mirada. No retrocedió. —No digas algo que después no cumplís. Pausa. Corta. Precisa. —¿Me estás desafiando? Ana no apartó la mirada. —Sí. Silencio. No incómodo. Tenso. —De acuerdo —dijo Diego—. Acepto. Se incorporó. —Nos vemos a la tarde. Ana no respondió. No hacía falta. El desafío ya estaba marcado. Diego salió con el abrigo en la mano. Pero no era lo único que llevaba. Había aceptado algo más. No era un encuentro. No era un impulso. Era un terreno nuevo. Y en ese terreno… ella ya estaba un paso adelante.