PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 7

CAP 7

A CIEGAS

Ana no estaba. Se había retirado, como si algo la hubiese ahuyentado. Diego, impaciente, esperó el ascensor y se dirigió al tercer piso, hacia la oficina de Ana. La preocupación lo obligaba a poner los pies sobre la tierra. En el pasillo se cruzó con Eugenia. —Discúlpame, ¿sabés algo de Ana? —Solo que iba a desayunar a la cafetería. —¿No la viste volver? —No, aún no regresó. —¿Te llamó? —No. Ya te digo, se fue a la cafetería y de ahí no tengo idea. —Si tenés alguna novedad, hacémela saber. —Quédese tranquilo, detective, lo mantengo al tanto. Diego agradeció y entró a la oficina. El teléfono sonó. —Detective Diego González, ¿con quién tengo el gusto? —Soy yo, Ana. —Me tenés preocupado. Subí para hablar con vos y no te encontré. —Necesitaba caminar un poco para despejarme. Pero ya estoy volviendo. Si querés subir, te espero. —No. Tengo trabajo atrasado. Nos vemos al finalizar el día. —De acuerdo. ¿En el lugar de siempre? —Sí, en el lugar de siempre. La actitud de Mari había provocado cierto desequilibrio en Ana. Y también repercutió en Diego. No podía descifrar qué intenciones tenía su colega, pero algo lo inquietaba. La jornada concluyó. Ana, ansiosa, tomó sus pertenencias y se dirigió a la oficina de Diego. —¿Qué hacés acá? —preguntó él. Con una sonrisa, Ana respondió: —Tenía ganas de verte. —Yo estoy listo. ¿A vos te queda algo pendiente? —No. Cuando quieras salimos. —Dame un segundo, cierro los archivos y nos vamos. —Tengo algo que te va a gustar. —¿Qué? —Si te lo digo, deja de ser sorpresa. —Me gustan tus sorpresas. —Entonces no perdamos tiempo. Salgamos. Al llegar al departamento, no hubo palabras. Solo hechos. Diego la miró. —Estoy esperando la sorpresa. Ana lo arrinconó. Frente a frente, con una mirada apasionada, le ordenó: —Date vuelta. Cerrá los ojos. Diego obedeció. Ana le colocó una venda. El silencio se volvió absoluto. Los sentidos se agudizaron. El oído captaba cada roce, cada caricia mínima. La piel se erizaba, el cuerpo se arqueaba. Ana lo llevó al clímax, poniéndolo a su merced. Dominaba el acto y lo complacía en todos los aspectos. La pasión los arrastró a un lugar donde las palabras desaparecieron, donde las miradas ya no existían. Los suspiros se transformaron en melodía, las caricias despertaron estremecimientos, el perfume de Ana invadió el instante. Los sentidos dejaron de ser. Solo quedó la pasión. Y en ese instante culminó la entrega incondicional de dos amantes sin límites.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.