PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 9

CAP 9

FERVOR DESMEDIDO

Diego llegó al encuentro con Ana con la misión definida: debía confirmar la sospecha, reunir pruebas, desenmascararla como doble agente.

Su deber era claro, su entrenamiento lo había preparado para mantener la distancia, para observar sin dejarse arrastrar. Pero apenas la vio, esa claridad comenzó a desvanecerse.

Ana lo recibió con calma.

No necesitaba palabras para imponerse: su presencia bastaba. Diego sintió el peso de la misión, pero también el vértigo del fervor compartido.

En ese instante, lo profesional y lo íntimo se mezclaron, y la línea que debía proteger se volvió difusa.

—¿Qué buscás de mí?

—preguntó Ana, con una voz que parecía inocente.

. Diego respiró hondo. Su objetivo era claro: obtener información clasificada, confirmar lo que sospechaba. Pero las palabras que salieron de su boca no fueron las que había preparado.

—Quiero entenderte.

Ana lo sostuvo con la mirada. No necesitaba presionar: sabía que el fervor que compartían era suficiente para abrirlo.

Diego, sin darse cuenta, empezó a confiar en ella como si fuera un refugio.

Esa confianza no era consciente, era visceral, nacida del placer y del desborde.

Recordó a su familia, a su deber, a los principios que lo habían formado. Todo apareció como un eco lejano, opacado por la intensidad del momento.

Lo que debía ser un interrogatorio encubierto se convirtió en una confesión íntima.

—El caso… no cierra

—dijo, bajando la voz.

Ana inclinó apenas la cabeza, como quien recibe un secreto.

—Entonces contámelo.

Diego habló.

Palabras que no debía pronunciar salieron de su boca.

No era una decisión racional: era la confianza inconsciente que lo dominaba.

Ana escuchó en silencio, fría, calculadora.

No exteriorizó sentimientos, pero cada gesto demostraba que disfrutaba al verlo entregarse. Cuando terminó, Diego sintió alivio. Como si hubiera encontrado un refugio en ella.

—No sé por qué te lo dije.

—Porque conmigo no hay límites

—respondió Ana, con una leve sonrisa.

El silencio se volvió denso.

Diego comprendió que había cruzado una frontera definitiva. Lo que había compartido ya no era suyo: era de Ana.

Y en ese instante entendió, aunque no lo aceptara, que su misión estaba en riesgo.

Ana lo sostuvo con calma.

—Ahora ya no podés volver atrás. Diego cerró los ojos.

La culpa seguía ahí, pero el fervor compartido lo dominaba. Había descubierto un perfil oculto, un placer en la entrega que lo descolocaba.

Y en esa contradicción, Ana se fortalecía.




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