PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 12

CAP 12

EL DESPERTAR

El desayuno estaba servido, pero el aire era helado. Luciana se movía con precisión, sin ternura, sin reproches. El silencio era más duro que cualquier palabra. Diego acomodó la corbata como si ese gesto pudiera sostenerlo. No había pegado un ojo en toda la noche. El café le temblaba en la mano. —Hasta luego. —Que tengas un buen día. Seco, distante. La puerta se cerró y él sintió que huía de su propia casa, buscando aire. Caminó rápido, como si el movimiento pudiera borrar la incomodidad. Pero el aire no alcanzaba. El pecho estaba apretado. En el ascensor se cruzó con el director. —Cómo amaneció hoy, detective. —Digamos que bien, jefe. —¿Cómo tengo que interpretar ese “digamos”? —Estoy bien, mire… caminando tranquilo y acá estoy, listo para seguir con mi trabajo. El director lo miró fijo. —Su trabajo, precisamente. Lo iba a llamar. ¿Cómo va la investigación? —Sí avanza, jefe. —Perfecto. Los detalles déjelos para después. Cuando lo llame, quiero los expedientes en mi oficina. —Cuando usted diga, jefe. Eso era lo que quería escuchar. El ascensor se detuvo en el tercer piso. El director bajó. Diego siguió hasta el sexto. Aflojó el nudo de la corbata. Por primera vez en semanas, el día comenzaba sin nombrar a su objetivo. Ese silencio lo inquietó más que cualquier palabra. En el despacho de Mari intentó hablar. —Necesito hablar con vos. Estoy desorientado… y ahora se suma la preocupación por un entredicho con Luciana. Mari lo escuchó un momento, con calma, hasta que lo cortó: —Diego, bajá, pedite un café, unas berlinesas. Volvé cuando quieras hablar en serio. De otra forma no te puedo ayudar. La frase lo desconcertó. No era rechazo, era un límite. Un cachetazo disfrazado de paciencia. Salió del despacho con más ruido interno que antes. El aire se le volvió pesado. Subió al tercer piso buscando a Ana. Eugenia lo recibió con calma: —No vino. Tampoco avisó. —¿Cómo que no vino? —Es la primera en llegar siempre. Hoy no. El vacío fue más fuerte que cualquier presencia. Ana era siempre la primera en aparecer, la que marcaba el ritmo. Esa ausencia lo descolocó. Sintió un golpe seco en el pecho. El día, sin proponérselo, lo estaba sacudiendo. La frialdad de Luciana, la exigencia del director, el límite de Mari, la ausencia de Ana. Todo en un mismo día. Todo en un mismo cuerpo. Diego caminó de regreso a su oficina. Cada paso era más pesado que el anterior. El aire no alcanzaba. El silencio lo perseguía. El día le estaba marcando un rumbo: el camino por el que venía transitando lo alejaba cada vez más de sí mismo. El detective había dejado de ser. La obsesión y el deseo lo habían traicionado. Y ahora empezaba a padecer las consecuencias. Por primera vez en mucho tiempo, Diego lo entendió: estaba perdido. Y ese reconocimiento, brutal y doloroso, fue el inicio del despertar.




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