CAP 15
INQUIETUD DIFUSA
El sol entraba por la ventana, filtrándose con suavidad entre las cortinas, iluminando la habitación y dibujando sombras sobre los cuerpos aún entrelazados. Ana abrió los ojos. No se movió. Observó a Diego en silencio, como si temiera romper algo invisible. Su respiración, pausada. Su expresión, ajena a todo. Con la yema de los dedos recorrió su torso, lento, casi con cautela… como si ese contacto pudiera sostener lo que todavía no se animaba a nombrar. Había algo distinto. No en el cuerpo. En lo que había quedado. Diego despertó lentamente. No habló. Sus miradas se cruzaron, y en ese instante suspendido, Ana dejó escapar un suspiro leve, apenas perceptible. La noche seguía presente. No como recuerdo… como huella. Vibraba en la piel, en la cercanía, en el silencio que ahora pesaba más que cualquier palabra. Ana se levantó. El movimiento fue suave, pero suficiente para romper ese equilibrio frágil. Caminó hacia la ducha sin decir nada. Diego dudó un segundo… y la siguió. El agua comenzó a correr. Se encontraron otra vez, esta vez sin palabras, en un abrazo que no buscaba encender nada… sino sostener lo que ya había pasado. El sonido del agua cubría todo. Deslizándose por sus cuerpos, recorriendo cada espacio, como si también intentara borrar o fijar ese momento. No había urgencia. Solo permanencia. Un instante que parecía no terminar… hasta que se quebró, casi sin aviso. Ana salió primero. Tomó la toalla, se envolvió sin apuro. —¿Preparo café? Preguntó, sin mirarlo del todo. Como si la rutina pudiera ordenar lo que estaba desbordado. Diego apoyó una mano en la pared. La observó apenas, en silencio. —Vayamos a desayunar a la cafetería de siempre. Su voz fue firme. Demasiado firme. Pero su mirada evitó sostener la de ella. Ana sonrió. Breve. Controlada. —Me gusta la idea. Caminaron juntos. Sin tocarse. Sin alejarse. La calle tenía ese ritmo lento de la mañana. El aire fresco, la luz más clara, la sensación de que todo volvía a empezar… aunque para ellos nada era igual. El aroma del café y las berlinesas los recibió como un ritual conocido. Un refugio. Se sentaron frente a frente. Y en cada gesto… —La taza que se acerca —La mirada que se desvía —La sonrisa que apenas se insinúa Había algo que ninguno decía. Pero estaba. Más presente que nunca. Diego fue el primero en hablar. No por decisión. Por necesidad. —Aún me sorprenden los límites que cruzamos juntos… Su voz era baja. Medida. Pero había algo debajo. Algo que no terminaba de acomodarse. —El cambio de rol… la confianza… Hizo una pausa. Respiró. —Por sobre todo… la confianza. Ana lo miró. Sin interrumpir. Sin ofrecer respuesta. Diego sostuvo la taza unos segundos más de lo necesario. Como si necesitara apoyarse en algo concreto. —Siento que no me equivoqué al confiar en vos. Agregó. Y después, casi en voz baja: —Y pedirte tu apreciación… no sé por qué lo hice. Ahí sí la duda apareció. No como pregunta. Como grieta. Ana bajó la mirada. El café ya no humeaba. Se estaba enfriando. Como la distancia que empezaba a insinuarse entre los dos. No hizo falta que dijera nada. El hecho de estar ahí… sentados, compartiendo ese silencio… ya era una forma de respuesta. Pero no alcanzaba. Porque algo había cambiado. Algo que ninguno nombraba. Pero que empezaba a tomar forma. Y en Diego… Ese algo ya no era solo sensación. Era inquietud.