CAP 17
LA CERTEZA INCÓMODA
Diego no estaba confundido. Ya no. La inquietud había dejado de ser una sensación difusa. Había tomado forma. Dirección. Y ahora exigía una decisión. Todo volvía al mismo punto. A ese momento en la cafetería. El aroma del café recién molido los envolvió apenas cruzaron la puerta. Cálido. Persistente. Familiar. Ana lo miró. Fue un gesto breve. Pero suficiente. Había algo ahí. Algo que ya no podían disimular. Se sentaron. El murmullo del lugar los rodeaba. Voces superpuestas, tazas apoyándose, el golpe seco del portafiltro contra la máquina. Todo sonaba normal. Demasiado normal. —¿Qué van a ordenar? La voz del mozo los trajo de vuelta. Diego no dudó. —Ana, ¿qué vas a desayunar? El tono fue natural. Pero la exposición no. —Un café doble y dos berlinesas. Diego asintió. —Para mí, un cortado y dos berlinesas. El mozo se retiró. Y algo quedó flotando. Invisible. Pero evidente. Ana lo sintió. No dijo nada. Pero su postura cambió apenas. Más rígida. Más medida. Diego, en cambio, no retrocedió. Se mantuvo. Dueño de la escena. Y ahí empezó la diferencia. No en lo que hacían. En cómo lo sostenían. Más tarde, en su oficina, Diego permanecía inmóvil. Mirando el techo. Repasando. Cada gesto. Cada palabra. Cada silencio. No era duda. Era reconstrucción. El teléfono sonó. Seco. Inoportuno. —Necesito que me des una explicación. La voz de Ana fue directa. Sin rodeos. —¿Explicación sobre qué? —Sobre tu decisión de hacer público lo nuestro. Silencio. Breve. Pero suficiente. —No fue solo mi decisión. Lo acordamos. —No estoy dispuesta a exponerme de esta manera. La tensión creció. —Prefiero que todo termine acá. Ahí sí. El golpe fue claro. —¿Estás segura de lo que decís? —Sí… La pausa se extendió. —Aunque todavía no lo decidí. La contradicción quedó suspendida en el aire. Y Diego la escuchó. No como duda. Como confirmación. —Nos encontramos en el departamento. Su tono fue firme. —Y lo hablamos. No era una propuesta. Era un paso. Cuando cortó, el silencio volvió. Pero ya no era el mismo. Porque ahora… Todo encajaba. La inquietud había cumplido su función. Ya no hacía falta. Porque lo que venía… No era una sensación. Era una decisión. Y Diego estaba dispuesto a sostenerla.