PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 24

CAP 24

DOBLE VIDA

Ana despierta con un sobresalto. La habitación del Tower Hotel está envuelta en penumbras, el aire acondicionado sopla un murmullo constante. Extiende la mano hacia el costado de la cama, pero el espacio está vacío. Diego se fue en silencio, dejándola sola. El perfume de la noche anterior aún flota en el aire, mezclado con el aroma del vino derramado y el eco de la pasión que se transformó en confesión. Mientras Ana se incorpora, el crujir de las sábanas rompe la quietud. Sus ojos recorren la habitación: la copa con hielo derretido, la ropa desordenada, el reflejo de la ciudad en la ventana. Todo habla de una presencia que ya no está. La ausencia pesa más que el silencio. Diego, en cambio, deambula por la ciudad sin rumbo fijo. El murmullo de los autos, el olor a asfalto húmedo y el aire frío de la madrugada lo envuelven. En su mente, la imagen de Luciana aparece de golpe, provocando una reacción inesperada. Detiene un taxi. El motor arranca con un rugido que lo devuelve a la realidad. Se dirige rumbo a su casa. Cerca de las dos de la mañana, el silencio de la vivienda se convierte en ruido dentro de su mente. Aturdido, se sirve un vaso de agua en la cocina. El sonido del líquido golpeando el cristal lo acompaña como un recordatorio. Entra al baño, la ducha se abre con un chorro fuerte, el vapor se eleva y borra rastros. Al salir, introduce la ropa en la lavadora: cada prenda es una evidencia que desaparece. Luciana duerme profundamente. El ritmo de su respiración es sereno, ajeno a la tormenta que Diego arrastra. Se acuesta a su lado y, lentamente, comienza a recorrer con una caricia suave su piel. Ella sonríe, aún dormida, como si sus manos hubieran llegado a su esencia. Pero al despertar, la realidad interrumpe ese viaje.

—¿Cuándo llegaste? No escuché nada —pregunta Luciana, con voz adormecida. — Hace un rato. Me di una ducha y me acosté. —¿Se puede saber de dónde venís? —De la oficina. Tenía que dar por concluido un caso. Luciana lo observa. El silencio se llena con el tic-tac del reloj y el murmullo lejano de la ciudad. Su voz se vuelve más firme: —Tu trabajo últimamente te demanda más tiempo y te aleja de tu familia. Elijo creerte porque te amo, aunque cada vez me cuesta más. Diego permanece frío, como un témpano. Pasó del fuego que encendió Luciana a la distancia helada que se instala entre ellos. —¿No vas a decir nada? —insiste ella. —No tengo nada que agregar. Lo que decís es lo que sucede. Luciana suspira. Sus palabras son un golpe: —Haces y deshaces, apareces y desapareces. Como si tuvieras una doble vida. Esa frase queda instalada en la mente de Diego. Una señal. Una advertencia de que hay límites que no se deben cruzar. El silencio de la madrugada se convierte en un espejo de su propia contradicción: pasión y estrategia, deseo y cálculo, fuego y hielo.




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