PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 25

CAP 25

HABITACIÓN 406

—Llegaste… ¿cómo fue tu día? —preguntó Luciana mientras se secaba las manos con el delantal, una imagen de cotidianeidad que contrastaba con el torbellino interno de él. Diego la miró apenas, como si estuviera observando una fotografía antigua. —Eso es lo de menos —respondió tras una pausa breve—. Prepárate. Tengo una sorpresa. Luciana sonrió con una alegría genuina y simple; dejó el delantal y se preparó sin hacer preguntas, sin dejar espacio a la sospecha. Poco después, el restaurante los recibió con una sinfonía de aromas intensos: el aceite de oliva, las hierbas frescas y el aroma reconfortante del pan caliente. Las velas proyectaban sombras suaves sobre la mesa y la música en vivo llenaba el espacio sin llegar a imponerse. Todo estaba en un equilibrio perfecto, casi demasiado perfecto. Diego la observaba no solo como su pareja, sino como una referencia necesaria, como el ancla de algo que todavía se esforzaba por sostener. La conversación fluía con una naturalidad que, por momentos, Diego casi llegaba a creer. —La noche no termina acá —sentenció él, rompiendo la calma de la cena. Luciana lo miró con curiosidad. —¿Cómo? —Reservé una habitación en el Tower Hotel. La habitación 406 los recibió en un silencio cargado de significados ocultos. Era el mismo espacio, la misma luz tamizada y el mismo aire que, apenas veinticuatro horas antes, había sido testigo de una pasión desmedida. Luciana no lo sabía, pero para Diego, ese conocimiento lo cambiaba todo. Ella recorrió el lugar con la mirada, deteniéndose en los detalles. —Mirá… hay un jacuzzi —comentó ella, dispuesta a relajarse. —No —la interrumpió él, tomándola de la mano con una suavidad que escondía una urgencia distinta—. No hoy. Hoy ganemos tiempo en nosotros. Diego se mostraba distinto: más presente, más humano, casi como si intentara reconstruir un puente que sabía roto o convencerse de que aún podía habitar esa realidad. El contacto creció y la cercanía se volvió inevitable. Sin embargo, en el clímax del encuentro, el velo se rasgó. Diego abrió los ojos y, por un instante violento y silencioso, no la vio a ella. Vio a Ana. Fue un segundo, pero suficiente para que el golpe interno lo sacudiera. El beso que siguió se volvió distinto, cargado de una confusión eléctrica donde dos imágenes se superponían en un solo cuerpo. No se detuvo; la inercia de la pasión, esa que se había transformado en obsesión y finalmente en un amor prohibido por su propio reglamento, lo obligó a seguir. Pero ya nada era igual. La habitación lo rodeaba como un recordatorio constante: dos noches, dos historias, dos mujeres y la misma mentira sostenida por el mismo hombre. La entrega se completó por necesidad, por decisión, pero no fue limpia. La madrugada avanzó implacable mientras Luciana descansaba tranquila, ajena al abismo que se había abierto a su lado. Diego, en cambio, permanecía despierto, con la vista fija en el techo y el silencio de la 406 pesando sobre su pecho. Ya no era una duda ni una simple grieta en su matrimonio; era una elección consciente. Estaba sosteniendo su propia verdad, y en ese silencio, comprendió que ya no había vuelta atrás.




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