CAP 26
DOMINIO DE LOS SENTIDOS
Por la tarde en el punto culmine de la jornada Diego y Mari ganados por el deseo se dirigen al departamento.
Antes de salir Diego le dice a Ana que tiene planeado un encuentro con Mari.
Al cual también está invitada.
Ana sorprendida tomó su abrigo y sus pertenencias, marcando su territorio y su desacuerdo. —Nos vemos —sentenció antes de dirigirse a la salida. Diego salió y el sonido de la puerta al cerrarse marcó el inicio de una nueva atmósfera. Ya no eran tres. Ahora eran solo ellas dos. La invitada Mari, impulsada por un deseo que le quemaba los sentidos, se dejó llevar por la necesidad de sentir de cerca el aroma de la piel de Ana. El silencio del departamento se llenó con el sonido de las respiraciones que comenzaban a acelerarse, un ritmo quebrado que hablaba de lo inevitable. En respuesta al paso que dio Mari, las manos de Ana, suaves y firmes a la vez, empezaron a deslizarse con una lentitud deliberada sobre la piel transpirada de Mari. En ese encuentro de humedades y aromas, los límites que Ana tanto había custodiado terminaron por desmoronarse. Ya no había testigos ni obstáculos. Solo quedaba la urgencia de los sentidos y la certeza de que, tras la partida de Diego, algo irreversible acababa de acontecer itación no tenía nada de especial en apariencia. Un bar irlandés, música baja que se perdía entre los murmullos y una luz tenue que lo envolvía todo. Mari lo había sugerido con una naturalidad casi excesiva, y Diego aceptó, no por un interés real, sino por una inercia que lo arrastraba. El lugar estaba lleno, pero la atmósfera no resultaba invasiva. Conversaron sobre el trabajo, rozando apenas la superficie de lo cotidiano, sin profundizar en nada importante. Mari lo observaba en silencio, sin interrumpir sus pensamientos, esperando el momento exacto. —No estás acá —dijo ella de pronto, rompiendo el hechizo de la charla superficial. Diego la miró, intentando enfocarse. —Estoy. —No —respondió ella con una tranquilidad que desarmaba—. Estás en otro lado. El silencio que siguió fue una confesión que Diego no se molestó en negar. Salieron del bar antes de lo previsto, y bajo la frialdad de la noche, Mari lanzó la pregunta: —¿Oficina? Diego dudó apenas un segundo antes de responder. —No. Ese “no” rotundo lo cambió todo. El departamento los recibió envuelto en un silencio absoluto, sin transiciones ni excusas. Mari dejó su abrigo y Diego hizo lo mismo; no había apuro, pero la distancia entre ambos se había vuelto inexistente. La tensión no necesitó aparecer, porque ya estaba allí, impregnando el aire. Mari se acercó primero; no hubo necesidad de contacto físico para sentir la vibración. Diego respondió con una lentitud que delataba una duda interna, mientras el aire se volvía más denso, más preciso. Fue entonces cuando se escuchó la puerta. Ana no pidió permiso ni anunció su llegada. Entró con la seguridad de quien conoce el terreno, se detuvo y observó la escena. Su mirada recorrió primero a Diego y luego se posó en Mari, manteniéndose en una posición de espectadora absoluta, sin intervenir, pero dominando el clima con su sola presencia. Se sentó con una calma inquietante. —Sigan —dijo Ana, su voz era un susurro firme—. No se detengan por mí. Nadie se movió. Ana sostuvo la escena con la mirada, disfrutando del poder de la observación. —¿Estás incómodo? —le preguntó a Diego, quien permanecía en silencio—. Seguí… soltate. Permitite ser vos. Mari miró a Ana y algo nuevo se encendió entre ellas. Ya no era solo incomodidad; era una lectura profunda de deseos cruzados. Ana inclinó apenas la cabeza, desafiando el aire. —¿Qué esperan? —insistió Ana —¿Acaso quieren qué me sume? Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. Entonces, Ana, que hasta ese momento se había mantenido al margen de cualquier impulso, rompió sus propios límites.