CAPITULO 27
EL DÍA DESPUÉS
Por la tarde, Diego llegó a la oficina y se dirigió directamente al tercer piso, tal como habían acordado. Caminaba envuelto en una mezcla de intriga y ansiedad; sentía la necesidad imperiosa de mirarla a los ojos después de lo ocurrido el día anterior.
Se preguntaba, casi con recelo, si ella lo tomaría simplemente como una anécdota o si el peso de lo sucedido habría dejado alguna huella.
Al ingresar, la asistente lo recibió con la formalidad de siempre.
—Buenas tardes, Eugenia.
—¿Se encuentra la detective?
Preguntó Diego, intentando que su voz no traicionara su inquietud.
—Sí, pase. Lo está esperando
Respondió la asistente sin levantar la vista.
Al entrar, encontró a Ana de pie, justo frente a la puerta.
Se mostraba firme, fría, como una estatua que se negaba a mostrar debilidad o rastro alguno de arrepentimiento.
Se miraron fijamente y el silencio se convirtió en el único testigo de ese duelo de voluntades.
Diego, recuperando un control absoluto sobre sus movimientos, avanzó hacia ella.
La tomó y la besó con una intensidad prolongada, un beso que parecía confirmar que lo vivido no había sido un límite, sino el impulso necesario para ir más allá.
En ese instante, la distancia dejó de existir.
—¿Cómo estás? —
Preguntó Ana finalmente, recuperando el aliento.
—Bien. Hoy me quedo hasta tarde —
respondió él, midiendo sus palabras.
—¿Y después?
—Pensaba hacer algo… —
dejó caer Diego, observándola.
—Yo no tengo posibilidad alguna
Sentenció ella, cortando cualquier expectativa.
—¿No tenés… o no querés?
Insistió él.
—No puedo.
Ana lo observó con detenimiento, tratando de leer detrás de su máscara.
—Algo te está afectando —
le dijo con tono de sospecha.
—No. Al contrario —
Negó Diego mientras la rodeaba con sus brazos.
Sintió cómo ella se estremecía ante su contacto, una reacción que traicionaba su aparente frialdad.
Sin decir nada más, la sentó sobre el escritorio y el aire del despacho cambió de inmediato, volviéndose intenso cargado de fervor.
Ana comenzó a agitarse levemente, presintiendo lo que venía.
Diego, con un movimiento pausado, sacó de su bolsillo la venda.
La misma de siempre.
—¿Qué estás haciendo?
—quiso saber ella, aunque en el fondo conocía la respuesta.
—Lo que siento
—fue lo único que dijo él.
Con la vista anulada, los sentidos de Ana se intensificaron de golpe.
El tiempo se diluyó y el espacio alrededor pareció desaparecer, dejando solo el roce y la presencia de Diego.
El silencio se volvió denso, casi tangible.
Cuando Ana finalmente recuperó la vista, sintió que nada era igual a como lo había dejado minutos antes.
—Te noto distinto
—insistió ella, acomodándose.
—Estoy bien
—respondió él con una calma inquietante mientras se arreglaba la ropa.
—¿Te vas?
¿Así?
—Sí
—sentenció Diego—.
—Así.
El silencio volvió a instalarse entre ellos mientras Ana intentaba recomponerse.
Diego salió del despacho con paso firme.
Del otro lado de la puerta, Eugenia permanecía en su escritorio, inmóvil, como si nada hubiese ocurrido.
Pero algo había cambiado profundamente.
No era por lo que la asistente había visto, sino por lo que había escuchado.