PasiÓn Sin LÍmites

CAPITULO 29

CAP 29

Jaque Mate

Definir un comportamiento habitual como un patrón de conducta no es un acto prematuro; es una deducción elocuente. .

Diego había impuesto el control de forma implacable, cerrando cada grieta y sin conceder el menor margen de maniobra.

En ese punto crítico, sintió la necesidad imperiosa de regresar a su esencia, y desde esa misma naturaleza, tomar las decisiones finales.

Al llegar a su oficina, se comunicó de inmediato con Mari.

—Mari, todo está dispuesto para que entres en escena

—sentenció Diego, con la frialdad de quien mueve la última pieza.

—En cuanto cortes, pongo en marcha lo planificado

—respondió ella, con la misma determinación.

—Espero tu señal.

Al colgar, Mari sintió el peso del tablero. Era su turno. Con un movimiento preciso, inició la partida definitiva y marcó el número de Ana.

—Hola, Ana.

—Sí, ¿quién habla? —la voz de Ana sonó distante.

—Soy Mari. Necesito hablar con vos.

—¿El asunto? Si se puede saber...

—replicó Ana, manteniendo la guardia en alto.

—Es meramente laboral.

Te espero en mi despacho

—dijo Mari, sin ofrecer una sola grieta de información.

—Termino con algo que tengo pendiente y allí estaré.

—Si te parece, podemos merendar en mi oficina

—sugirió Mari con un tono falsamente casual—. Lo único que te pido es un favor: si puedes preparar algo para mí también, no he tenido tiempo de nada en todo el día.

—Sí, cómo no. Yo me encargo

—aceptó Ana, cayendo en la red.

Ana se giró hacia su asistente.

—Eugenia, ¿irías a buscar a la cafetería dos cortados y cuatro berlinesas? Por separado, si es posible.

—Sí, por supuesto —asintió Eugenia.

Ambas salieron del despacho y subieron al ascensor en silencio.

Al llegar al piso correspondiente, Ana le dio una instrucción final:

—Te espero en el despacho de la jefa de personal.

—De acuerdo —respondió la asistente.

En el momento en que Ana entró al despacho y se anunció, Mari levantó el teléfono. Fue una señal muda, pero letal.

—El plan está en marcha —dijo Mari al aire.

Al otro lado, Diego no respondió. Colgó y se dirigió directamente al tercer piso.

El camino estaba despejado, sin obstáculos que retrasaran su avance. Ingresó al despacho de Ana con paso firme.

Sobre el escritorio, el caos de los expedientes de toda índole parecía observarlo.

Inició una búsqueda minuciosa, pero su objetivo principal no estaba entre los papeles.

Entonces, lo vio.

En un costado descansaba el bolso; el mismo bolso que había sido testigo silencioso de cada encuentro clandestino en el departamento. Diego tomó posesión de él con un gesto de victoria y regresó a su oficina.

Una vez allí, comenzó a finalizar su informe. Todo estaba en condiciones para ser elevado al directorio.

Realizó el triplicado exacto, tal como su director en jefe lo había exigido desde el principio.

Mientras tanto, Ana retornaba a su oficina. Eugenia ya la esperaba en la recepción con el pedido de la cafetería. Ana caminó hacia su mesa, pero se detuvo en seco.

Un pequeño detalle, casi imperceptible para un ojo ajeno, la golpeó de frente: la pila de expedientes sobre su escritorio se había desplazado.

Estaba desalineada.

Ese simple desajuste fue suficiente. No dudó. Tomó sus pertenencias y, sin mirar atrás, se dirigió a la salida.

—Salgo un rato. No me demoro —le dijo a Eugenia al pasar.

Fueron sus últimas palabras hacia su asistente.

Un regreso que nunca ocurriría.

Mari, expectante, llamó a Diego para confirmar el desenlace.

—¿Novedades al respecto?

—Todo resuelto —respondió Diego. Su voz era un suspiro de alivio y satisfacción; el peso del cometido finalmente se había evaporado.

—Diego, esto merece un festejo —propuso Mari, dejando que la tensión se transformara en entusiasmo.

—Estoy de acuerdo. Avísame cuando estés lista.

—Nos vemos más tarde, entonces.

—Nos vemos —concluyó él.

La jornada había terminado. El plan se había ejecutado con una precisión quirúrgica.

Diego y Mari se encontraron en el hall central; sus miradas se cruzaron con la chispa de la complicidad y, casi al unísono, pronunciaron el destino:

—Bar irlandés.

Rieron con una mezcla de descarga y triunfo. Para ellos, el caso estaba cerrado.

Ana, por su parte, procesaba la derrota. Reconocer y asumir que había sido sorprendida por la estrategia de Diego la obligó a abandonar el recinto de inmediato.

El riesgo de ser procesada por su doble identidad ya no era una posibilidad, era un hecho inminente.

Tenía sentimientos cruzados, pero necesitaba cerrar un círculo: aceptar que Diego la había descubierto.

Mientras ellos se dirigían al bar, el celular de Diego vibró.

Atendió.

—Por favor, no me cortes. Escúchame, solamente escúchame

—la voz de Ana sonó urgente, quebrada pero firme.

Diego guardó silencio.

—Debo reconocer que tu plan resultó

—continuó ella sin esperar respuesta

—No sé cómo, pero lo has logrado.

Me has desactivado.

Por lo tanto, solo te digo... adiós.

Cortó la comunicación antes de que él pudiera articular palabra. Era la misma frialdad que había demostrado tantas veces.

Una pasión sin miedos a los extremos la habitaba, una fuerza latente que no la abandonaba ni siquiera en la derrota.

Vencida, pero no rendida,

Ana siguió su camino, distanciándose de quienes, en otro rincón de la ciudad, brindaban por el éxito.

En el bar, la atmósfera cambió. El festejo se transformó en algo más profundo.

Diego y Mari se abrazaron con un fervor apasionado y se dirigieron al departamento donde, días atrás, un triángulo se había establecido por un instante para quedar desarticulado casi al mismo tiempo.

Al cruzar el umbral, la pasión volvió a adueñarse del clima de la habitación. Diego y Mari dieron rienda suelta a su esencia, sin tapujos ni remordimientos.




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