En su apogeo, mi padre, Germán Costa, destacó como uno de los futbolistas más brillantes de Perú. Su despedida del campo de juego fue un evento conmovedor que tuvo lugar en el Estadio Nacional. En el epílogo de su carrera, recibió un emotivo homenaje, culminando este capítulo de su vida con la hazaña de anotar el último gol, sellando así su legado en el deporte.
Después, mi padre asumió la responsabilidad de convertirse en el entrenador principal del equipo Ramón Ribeyro. Este equipo, parte de la Segunda División del Perú, experimentaba un crecimiento acelerado y se destacaba por lucir camisetas de un vibrante color rojo.
Desde pequeño, disfrutaba observar cómo mi padre entrenaba a los demás jugadores, a pesar de que mi madre no estaba muy de acuerdo, ya que mi padre solía soltar muchas lisuras. Sin embargo, él insistía en que me quedara para presenciar los entrenamientos.
—Hay que asegurarnos de que al muchacho le guste el fútbol desde pequeño, que se haga hombre. Si no le inculcamos esto desde ahora, podría terminar interesándose por el ballet o cualquier otra 'mariconada' —le había expresado mi padre a mi madre.
Tras el fallecimiento de mi madre a causa de un cáncer, encontré en el fútbol la mejor forma de distraerme. Desquitarme en el campo, anotar los mejores goles y obtener victorias me proporcionaba una gran satisfacción, lo que me permitía olvidar la dolorosa pérdida de mi madre, al menos por un tiempo.
Al ingresar al Sub-17, experimenté una racha de éxitos, ganando campeonato tras campeonato; rara vez sufríamos derrotas. A los diecisiete años, mi padre ya tenía la intención de incluirme en Ramón Ribeyro, pero le indicaban que debía esperar hasta cumplir los dieciocho.
—Yo solo les digo que se están perdiendo al mejor delantero de Lima —exclamaba con seguridad mi padre.
Mi padre me llevaba a todos los partidos de Ramón Ribeyro y me hacía sentarme a su lado. Lo escuchaba renegar durante los noventa minutos, sin importar si estábamos ganando o perdiendo; su frustración era constante. Recuerdo que en una ocasión casi se pelea a golpes con el árbitro porque, según él, le mostró injustamente una tarjeta roja a Alejandro Echevarría, nuestro defensa. Desde mi perspectiva, la tarjeta roja estaba más que justificada por el claro foul que le propinó al jugador del equipo contrario. No necesitaba una cámara para darme cuenta de que era una sanción justa, pero mi padre era demasiado terco para razonar. Después de ese incidente, estuvo suspendido durante tres meses.
…
Cuando ascendí al equipo oficial de Ramón Ribeyro después de dejar el Sub-17, mi padre organizó una reunión en nuestra casa con todos los miembros del equipo. Ya me llevaba bien con ellos, ya que conocían mi trayectoria y sabían del talento que poseía, así que me recibieron con los brazos abiertos, emocionados por mi incorporación.
—Les advierto que este muchachote va a sobresalir entre todos ustedes —les dijo mi padre a los miembros del equipo durante la reunión.
Me sonrojé mientras los muchachos se reían a carcajadas y me empujaban de manera amigable.
Todos nos sentamos alrededor de la mesa del comedor; los chicos habían ordenado varias cajas de pizza, y la mesa se encontraba adornada con numerosas botellas de cerveza.
Yo apenas tomé un poco de cerveza porque no me gusta el alcohol, pero sí me comí al menos unas seis pizzas. A pesar de que mi padre era muy estricto con la salud y la dieta, consideré que era una celebración especial y que en esa ocasión estaba justificado.
Después de un buen rato, mi padre perdió el control y tomó unos tragos de más, y bueno, casi todos parecían haber bebido en exceso. Algunos tenían los ojos rojos, mientras que otros luchaban para no quedarse dormidos.
Luciano Pereira, el portero del equipo, compartió que tenía una buena relación con un jugador del equipo de Universitario de Deportes, quien era muy amigable y le gustaría invitarlo a las reuniones del Ramón Ribeyro.
Mi padre soltó una carcajada y dijo:
—Eso es lo más marica que he escuchado. Estoy seguro de que te besas con él a escondidas.
—Marica tu vieja —se defendió Luciano.
—Pregúntale a tu madre si soy tan marica después de habérmela cachado —contestó mi padre—. Tu madre está más buena que el pan.
Todos comenzaron a burlarse a carcajadas, mientras Luciano miraba con desprecio a mi padre. Por un momento, temí que Luciano se lanzara sobre él y terminaran a golpes, pero afortunadamente, Luciano estaba tan borracho que apenas pudo ponerse de pie.
Claro, lo que dijo mi padre era una mentira, pero lo que sí era cierto era lo atractiva que resultaba la madre de Luciano, al punto de que todos lo molestaban al respecto. Luciano se defendía insultándolos de las peores formas.
La conversación se tornó incómoda cuando mi padre comenzó a insultar al equipo de Universitario de Deportes y a los de Alianza Lima, llamándolos maricones entre otras cosas. Luego, empezó a hablar sobre lo buena que estaba una mujer de la farándula de una forma vulgar. Cuando mi padre abordaba esos temas, yo me retiraba de inmediato y me marchaba a otro lugar, ya que enserio me hacía sentir incómodo.
A pesar de que era mi celebración por unirme al equipo, decidí retirarme y estar solo por un rato, ya que ya no soportaba la forma sexista y homófoba en la que hablaba mi padre. Dado que todos estaban bastante ebrios, ni siquiera se dieron cuenta cuando me alejé de la mesa.