Pasiones en Juegos

Capítulo 2

El primer día de entrenamiento como jugador oficial de Ramón Ribeyro no resultó tan bien como esperaba.

Mientras compartía el desayuno con mi padre, sus quejas e insultos brotaron al ver un reportaje sobre la discriminación hacia la comunidad LGBT en Perú que se transmitía en las noticias.

—Malditos invertidos, encima que tenemos que soportar su existencia, exigen respeto. Maricas de mierda —dijo él mientras que seguía comiendo.

Yo solo pretendía como si no me importara.

Después del desayuno, nos dirigimos al campo de entrenamiento. Aunque ya contaba con experiencia en sesiones de práctica, colaborar con mi padre agregaba una dimensión de intensidad notablemente diferente a lo que había experimentado antes.

Después de apenas una hora, ya tenía todo el cuerpo empapado en sudor, mi corazón latía a un ritmo tan acelerado que parecía querer salirse de mi pecho. Las horas transcurrían muy lento, y el entrenamiento se sentía interminable. Antes de ese día, creía tener una condición física decente, pero me equivoqué; incluso con un cuerpo atlético, no era suficiente para alcanzar el nivel de exigencia de mi padre.

—Ten cuidado, no vayas a desmayarte —bromeó Oscar Almandoz, delantero y capitán del equipo, riéndose al verme al borde de caer al suelo.

Alrededor del mediodía, mis piernas estaban destrozadas y un dolor en el diafragma dificultaba mi respiración. Noté que todos se estaban burlando de mi primer día de entrenamiento en el equipo, pero de una manera amigable.

—Se supone que tu labor es entrenarnos, no torturarnos —le dije a mi padre en un tono burlón.

Mi padre se reía mientras me despeinaba mi cabellera.

Durante la hora del almuerzo, todo el equipo se reunió en el comedor. Nos sirvieron pollo a la plancha con ensalada, una comida que solía disfrutar, pero en ese momento, anhelaba una hamburguesa con doble queso de McDonald's.

Aunque estaba sentado, mi cuerpo seguía doliéndome, y creo que fui demasiado obvio, ya que notaba las risas de mis compañeros al verme quejándome del dolor.

Gibrán estaba a mi lado y recuerdo que se burlaba de mi agotamiento. Yo también me reía, era irónico que supuestamente iba a ser el mejor jugador de fútbol del equipo y estuviera exhausto en mi primer día de entrenamiento.

—No te preocupes, yo también estuve igual la primera vez que entrené con tu padre —me dijo Gibrán.

—¿En serio? —inquirí, sorprendido, ya que observar su rendimiento en el entrenamiento me hacía difícil imaginar que también hubiera enfrentado desafíos similares a los míos.

—Por supuesto, en mi primer día tu padre hizo que no pudiera ni respirar sin que me doliera el cuerpo. Ahora, hacer sus entrenamientos no me destruyen como antes.

—Gracias por darme esperanzas —contesté.

Creo que Gibrán y todos los miembros del equipo estaban sorprendidos de cómo, siendo el hijo del entrenador oficial de Ramón Ribeyro, no estaba al tanto de lo exigentes que eran sus entrenamientos. Aunque mi padre me había enseñado a jugar, nunca lo hizo de una manera tan rigurosa. Al observar los entrenamientos, no me percataba de lo agotadores y dolorosos que podían llegar a ser.

Antes de retomar el entrenamiento, nos sentamos un rato en las gradas y comenzamos a conversar. Luciano propuso ir a la casa de un amigo el próximo sábado, ya que estaría celebrando su cumpleaños con una fiesta en la que prometía la presencia de mujeres increíbles. Todos, de inmediato, se apuntaron emocionados.

—Gracias, pero odio las fiestas —les dije,

Todos comenzaron a abuchearme, pero yo solo me reí. No era fanático de las fiestas y, considerando el dolor que experimentaba mi cuerpo, tal vez no me sentiría en buenas condiciones para el sábado.

El calor se intensificó y la mayoría se quitó la camiseta. Yo decidí no hacerlo, consciente de que me molestarían por mi cuerpo marcado. Observé cómo molestaban a Gibrán por haberse quitado la camiseta y tirarse una botella de agua sobre su musculado cuerpo. Los demás chicos empezaron a silbarle y a burlarse de él.

—Pero que rico por la puta madre —dijo Alejandro.

—Calla chivo —le contestó Gibrán burlándose.

Gibrán y yo destacábamos por nuestros físicos esculpidos, lo cual auguraba que, al despojarme de la camiseta, se desatarían burlas dirigidas hacia mí. Lo que menos anhelaba era convertirme en blanco de comentarios homofóbicos y risas.

Quisiera decir que el resto del día mejoró, pero no fue así. Mientras mi padre nos brindaba explicaciones y estrategias de juego, mi atención se desviaba hacia el magnífico cuerpo de Gibrán Cipriano. A pesar de mis intentos por concentrarme en las indicaciones de mi padre, mi mirada seguía siendo atraída hacia Gibrán.

En aquel entonces, el cuerpo de Gibrán era perfecto: unos brazos enormes, pectorales amplios y unos abdominales tan bien definidos. Sé que muchos de ustedes que están leyendo esto pueden tener una idea, pero créanme cuando les digo que no hay comparación entre ver a Gibrán en persona con el torso desnudo y verlo en una foto.

Empecé a concentrarme más en las palabras de mi padre y dejar de mirar a Gibrán, pues me entró el temor de que alguien pudiera notar eso. Por suerte, lo logré, pero de igual manera, la imagen de Gibrán ocupaba mi mente. Este atractivo muchacho se había apoderado de mis pensamientos, causando que me distraiga aún más.




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