Pasiones en Juegos

Capítulo 3

La noche del cumpleaños del amigo de Luciano llegó, y, como se podrán imaginar, mi entusiasmo era nulo. En lugar de asistir, prefería entrenar con mi padre hasta romperme los huesos. Sin embargo, ya había confirmado mi presencia y no quedaba más opción que cumplir con mi compromiso.

Abordé un taxi con destino a la dirección proporcionada a través de WhatsApp. Al llegar, divisé a todos los integrantes del equipo congregados afuera de la casa; al parecer, era el último en unirme. Entre ellos, algunos habían llegado acompañados de sus parejas.

Gibrán destacaba por encima de todos, gracias a su innegable atractivo.

Saludé a todos con cordialidad antes de adentrarnos en la fiesta. El anfitrión, Agustín, amigo de Luciano y dueño del santo, destacaba por su figura regordeta y melena larga, semejante a la de los emblemáticos cantantes de rock. Desde el principio, su carisma resultó palpable, generando un ambiente acogedor para todos nosotros.

La residencia de Agustín no ostentaba gran amplitud, y para empeorar las cosas, la multitud presente dificultaba encontrar un rincón tranquilo. La música resonaba con fuerza, mientras algunos se entregaban al perreo en el centro de la sala. La mayoría sostenía vasos de cerveza, y, a pesar de la temprana hora, ya había quienes mostraban signos de embriaguez.

Compartí un rato con los chicos conversando, hasta que cada uno fue desapareciendo: Oscar se entregó al ritmo de una canción de Bad Bunny con una tipa, Alejandro terminó besándose con una muchacha la cual parecía menor de edad. Los integrantes del equipo que llegaron acompañados por sus parejas se entregaron al baile, y de manera progresiva, nuestro grupo se iba dispersando.

No tenía claro cuándo Gibrán se alejó de mi entorno, pero no lograba ubicarlo en ninguna parte.

Mientras sostenía mi vaso de gaseosa, percibí que varias chicas me observaban, y sin falsa modestia, debo admitir que mi atractivo no pasaba desapercibido.

Me retiré a una esquina para disfrutar de mi gaseosa en paz, cuando de repente, una joven de no más de veinte años se aproximó. Catalina, así se presentó, lucía una melena negra con rizos en los bordes, y llevaba tanto maquillaje que resultaba imposible no notarla.

Sostuvimos una charla durante un tiempo; resultó que ella estudiaba psicología en la UPC. Al mencionarle que recién me había unido al equipo de fútbol de Ramón Ribeyro, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida.

—¿Qué edad tienes? —me preguntó.

—Dieciocho.

—Eres un nene. Pensé que tenías más.

Con el paso de los minutos, me percaté de que ella me coqueteaba, enviándome miradas seductoras, sujetando mi brazo e incluso acariciando mi pierna. Me encontraba en una situación incómoda sin saber cómo dejar claro que no tenía interés en avanzar en esa dirección.

—Voy por más gaseosa —mencioné intentando alejarme de ella, pero Catalina me agarró del pecho, deteniéndome en seco.

—Tú no te vas a ninguna parte guapetón.

En un instante inesperado, sus labios se dirigieron hacia los míos. Aunque intenté apartarla de inmediato, me resultó difícil, carecía de la valentía necesaria para lograrlo.

Reflexioné que algunos compañeros del equipo podrían estar observándome, y tal vez era la oportunidad de aprovechar esa incómoda situación. Si me veían entregándome con pasión a un beso con una chica, no sospecharían de mi orientación sexual. Entonces, decidí seguirle el juego.

Continué besándola hasta que nuestras lenguas se rosaron. No sé cómo pasó, pero me hice a un lado y empecé a vomitar sobre el suelo.

Experimenté el calor en mis mejillas y una sensación de vergüenza se apoderó de todo mi cuerpo. Al levantar la mirada, percibí que varios presentes se percataron de lo ocurrido y comenzaron a burlarse de mí.

—¡Que asco! —exclamó Catalina indignada y se alejó, perdiéndose entre la multitud.

Aunque Catalina no me agradaba, experimenté compasión por la humillación que ella también debía estar enfrentando. ¿Cómo te sentirías si, al besar a alguien, esa persona termina vomitando? Pues yo me sentiría como alguien poco atractivo o incluso desagradable, cuando en realidad, mi reacción se debió al asco que sentí al tener que agarrar con alguien que no me gustase.

Noté que algunos compañeros del equipo me miraban y se reían. Aquellos que no presenciaron la vergonzosa escena, de seguro se enterarían más tarde, ya que la noticia se difundiría entre ellos.

Las risas persistieron. Mi mirada se encontró con la de Gibrán, quien era el único que no participaba en las risas; más bien, me observaba con expresión de preocupación.

Luciano y Alejandro se acercaron a mi trayéndome un vaso de agua y papel toalla, los dos se seguían vacilando.

—Un consejo hermano, si eres pollo, no tomes antes de agarrarte a una flaca — me dijo Luciano entre risas. Por suerte, él creía que estaba bebiendo cerveza, lo cual proporcionaba una explicación más aceptable para el motivo del por cual vomité.

Fingí reírme, aunque por dentro deseaba gritar por la vergüenza. Una chica se acercó junto con Agustín, el dueño del lugar, y empezaron a limpiar el desagradable rastro que dejé en el suelo.




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