En mi debut oficial con el equipo Ramón Ribeyro en la Liga 2, me enfrenté al Club Juan Aurich. Aunque ya había jugado contra ellos en la categoría sub-17, este era mi primer encuentro con los auténticos profesionales. Los nervios me invadían mientras me preparaba para este desafío.
Anticipaba que, en mi debut, mi padre optaría por dejarme en la banca al principio y luego me haría entrar al juego. Sin embargo, para mi sorpresa, me colocó como el segundo delantero desde el inicio del partido.
—¿Estás seguro de esto? —le pregunté.
—Por supuesto. ¿Acaso estás nervioso? Por favor, no seas maricón, esto será pan comido para ti.
No tuve más opción que aceptar las órdenes de mi padre. Aunque la mayoría estaba de acuerdo, hubo algunos disconformes, como Oscar, nuestro capitán. Aunque no lo expresó directamente, su rostro revelaba su descontento con la decisión de mi padre y con el hecho de que Mariano, el segundo delantero anterior, fuese sustituido.
Momentos previos al inicio del partido, Gibrán, ya posicionado como defensa, se acercó corriendo hacia mí y posó su mano en mi hombro.
—Tranquilo, es solo un juego —me dijo.
—Un juego en el que si la cago todos me mandan a la mierda.
Gibrán soltó un bufido.
—Todos la cagamos en nuestro primer partido. Tú solo dedícate a disfrutar de este momento.
Aunque le sonreí, sus palabras no lograron aliviarme por completo. En realidad, nada parecía capaz de hacerlo, ni siquiera la intervención directa de Dios bajando del cielo para asegurarme que todo estaría bien.
Al iniciar el partido, me percaté de que mi rendimiento no estaba a la altura: la pelota se me escurría, tropezaba, perdía la concentración, y otras falencias se manifestaban en mi juego.
Observaba a mi padre lamentándose a lo lejos, y también notaba la creciente irritación de algunos aficionados en las gradas (de seguro me estaban insultando). En un instante, percibí a alguien diciendo:
—¡SE SUPONÍA QUE JUGABAS BIEN!
Ese comentario fue como un detonante que me liberó de los nervios y me impulsó a concentrarme en mi objetivo: marcar goles. Era el momento de mostrar mi talento y demostrar mi potencial a todos.
Al divisar a un jugador del Juan Aurich corriendo con la pelota, me lancé a toda velocidad, le arrebaté el control y me dirigí hacia su portería. Atravesaba el campo, esquivando a quienes intentaban arrebatarme la pelota, pero ninguno lograba superar mi determinación.
Al llegar al arco del Juan Aurich, las defensas intentaron arrebatarme la pelota, pero fui más rápido, los esquivé y pateé el balón con toda mi fuerza. A pesar del salto del arquero por atraparla, no lo logró; la pelota ya se había colado en el arco.
—¡Gooooooooool! —empezó a gritar toda la gente del estadio.
Corrí mientras mis compañeros se acercaban para abrazarme y celebrar nuestro primer gol. Mi padre ahora gritaba de euforia, e incluso noté a Oscar sonriendo entre los demás.
“Menos mal” pensé.
Gibrán también se acercó corriendo y me envolvió en un fuerte abrazo, sujetando mi nuca y apoyándola en su hombro.
—¡Así se hace!
—Gracias —le dije, a pesar de que me haya hecho doler el cuello por el tremendo jalón.
…
En el segundo tiempo, ya habíamos anotado dos goles (ambos obra mía), mientras que el Juan Aurich solo consiguió marcar uno, y debo admitir que fue un gol impresionante por parte de su delantero.
Aunque el final del partido se acercaba, no podía permitirme confiarme. Sabía que un gol más por parte de ellos nos empataría, y quién sabe, podrían incluso revertir la situación y convertirnos en los perdedores.
Persistí en el juego, manteniendo la mentalidad de que estábamos perdiendo, sin permitirme un solo instante de confianza. Al recuperar el balón, corrí hacia el arco rival, pateé la pelota y, tras rebotar en la pierna del defensa, se introdujo en la portería.
Fue un autogol.
Puede que te imagines que me llené de alegría y comencé a celebrar efusivamente, pero la realidad fue lo opuesto.
Al principio me uní a la celebración del gol junto con todo mi equipo y la hinchada que nos alentaba desde las tribunas. Sin embargo, mi sonrisa se desvaneció cuando comencé a darme cuenta de las acciones de los hinchas del Juan Aurich: imitaban a un mono colocando las manos en las axilas e incluso alguien lanzó una banana al estadio.
El defensor al que le rebotó la pelota era afroperuano, y los hinchas, enfurecidos por su autogol, comenzaron a imitarlo como a un mono, coreando una y otra vez la palabra “mono”. El jugador afroperuano solo bajó la cabeza avergonzado ante la humillación.
Mientras mi equipo seguía celebrando, yo no podía disfrutar del momento. Me resultaba increíble que personas de su propia hinchada pudieran cometer actos racistas, cuando ni siquiera fue su culpa. En todo caso, debieron insultarme a mí y no a él.
—¡Mono! ¡Mono!¡Mono!
Tras ese incidente, continuamos con el partido, pero ya no jugué con la misma intensidad y entusiasmo que tenía apenas unos minutos antes.