Pasiones Prohibidas #1

Capítulo 42

Capítulo 42.

Mónica Evans:

La sala de vistas huele a madera vieja y a un silencio contenido que oprime el pecho. Mis manos reposan sobre la cartera en mi regazo; aunque los dedos me tiemblan, mantengo la espalda recta. No voy a quebrarme. No hoy.

Holly se quedó con Randy en el auto. A mi derecha, Brady ajusta sus papeles por última vez. A su lado, Thiago repasa sus notas con esa seguridad imperturbable que me prometió la victoria al llegar. Detrás, en las gradas, percibo la presencia de mi mejor amiga y de rostros conocidos que me saludaron en la entrada, pero no me giro. Mi mirada está clavada al frente, donde el estrado del juez aguarda vacío.

Y al otro lado, a mi izquierda, están ellos.

Leila me devuelve la mirada con una sonrisa que pretende ser serena, pero yo conozco el veneno que oculta. Dylan está rígido, con los brazos cruzados, como si esto fuera un trámite molesto en lugar del juicio que decidirá su destino. ¿Cómo pueden ser tan inhumanos?

Control, Mónica. Van a pagar.

—Todos de pie —anuncia el oficial judicial—. Su Señoría, el juez Armando Olivera.

El estrépito de la sala al ponerse en pie precede a la entrada del juez. Se posiciona tras el estrado, recorre la sala con un escrutinio breve y toma asiento.

—Pueden sentarse.

El eco de las sillas arrastrándose llena el lugar. El juez se ajusta las gafas y revisa el sumario.

—Viernes 17 de junio de 2020, 09:00 horas. Reanudamos la vista contra los acusados Leila Fakedoll y Dylan Bakir por los cargos de homicidio, falsificación documental y otros delitos conexos. ¿Correcto?

—Correcto, Su Señoría —responden los abogados al unísono.

—Señora Fakedoll, póngase de pie —El juez la observa con frialdad—. En la sesión instructora se declaró inocente. ¿Mantiene su declaración?

—La mantengo, Su Señoría —responde ella con voz de seda.

Aprieto los labios. El odio me quema la garganta.

—Puede sentarse. Señor Bakir, de pie. —Dylan se levanta con una brusquedad que roza la falta de respeto. Su abogado, Francisco Montés, le susurra algo al oído—. Usted también se declaró inocente de todos los cargos. ¿Sostiene su testimonio?

—Lo sostengo.

—Siéntese.

El juez hace una pausa y clava la vista en Brady.

—Letrado Jones, entiendo que solicitó realizar una declaración previa antes de la fase probatoria.

Brady se pone de pie. Por un instante, sus ojos buscan los míos y veo una determinación que me corta la respiración. Asiento levemente.

—Así es, Su Señoría. Con su venia.

Brady camina hacia el centro, frente al estrado. Su postura es impecable, pero el aire en la sala parece haberse vuelto más pesado.

—Señoría, antes de presentar las pruebas, debo informar al tribunal de una circunstancia que afecta mi rol en este proceso.

Un murmullo serpentea por la grada. El juez golpea el mazo con un golpe seco.

—Silencio. Continúe, letrado.

—Hace siete años —la voz de Brady suena como el acero, firme y clara— mantuve una relación sentimental con mi clienta, Mónica Evans, mientras ella era profesora temporal en mi universidad. Fue una relación consensuada que finalizó antes de que ella tuviera conocimiento de su embarazo.

El silencio que sigue es absoluto. Podría oírse el vuelo de una mosca.

—El menor, Randall Evans —continúa Brady—, es mi hijo biológico, según consta en la prueba de ADN que solicito se adjunte a las actuaciones. Actualmente no mantenemos una relación sentimental, aunque… —hace una pausa y su voz gana una profundidad humana— los sentimientos que nos unieron no se han extinguido.

Siento que el corazón se me va a salir del pecho. Lo ha dicho. Lo ha soltado frente a todos.

—Entiendo que esto podría interpretarse como un conflicto de intereses. Por ello, solicito formalmente que mi colega, el letrado Thiago Kasson, asuma la dirección principal de la defensa. Yo permaneceré como co-abogado de apoyo, pero la estrategia y la voz cantante recaerán en él.

Thiago se levanta y hace una inclinación profesional hacia el juez.

—¿Alguna objeción de la contraparte? —pregunta el juez mirando al abogado de los acusados.

Francisco Montés se pone de pie con una sonrisa cargada de cinismo.

—Su Señoría, esto parece sacado de una novela barata, pero no objetaremos. Si el señor Jones prefiere dar un paso atrás por su evidente… implicación emocional, no seré yo quien lo detenga. Aunque me pregunto si esta "ética" no llega con un retraso sospechoso.

—Los plazos procesales se han respetado, letrado Montés —lo corta el juez con una mirada fulminante—. Y este tribunal valora la transparencia del señor Jones. Es un ejercicio de integridad que no suele verse con frecuencia.

Brady asiente y regresa a su sitio. Por debajo de la mesa, el roce de sus dedos contra los míos es un incendio breve, de apenas un segundo. Pero es todo lo que necesito para saber que no estoy sola.

—Letrado Kasson —dictamina el juez—, tiene la palabra.

Thiago se levanta con la parsimonia de quien sabe que tiene las cartas ganadoras. A su lado, Brady abre el primer folio con precisión quirúrgica.

—Gracias, Su Señoría. Antes de proceder con el nuevo material, realizaré un breve sumario de los hechos probados en la sesión anterior para situar al tribunal.

El juez asiente, atento.

—Consta ya en autos el expediente psiquiátrico original de la acusada, Leila Fakedoll. Un historial que fue sistemáticamente ocultado y que revela un diagnóstico de trastorno explosivo intermitente de nivel tres, rasgos psicopáticos y personalidad narcisista.

Thiago hace una pausa intencionada, dejando que las palabras calen en la sala.

—Asimismo, contamos con el testimonio del señor Leonel Tabasco, el enfermero que sufrió una agresión brutal por parte de la acusada a los catorce años, perdiendo la visión de un ojo. Estos elementos —concluye Thiago con voz firme— no son incidentes aislados, sino un patrón de violencia depredadora que ha persistido por décadas.




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