Pasiones Prohibidas

Capítulo 27

Capítulo 27.

Brady Jones:

Entro al restaurante con Kim tomados de la mano y nos guían a nuestra mesa tras decir sobre la reservación que hicimos para hoy sábado.

—Papá, ¿puedo contarte un secreto? —Una voz infantil me hace voltear hacia la mesa contigua a la nuestra y veo la escena de un pequeño niño rubio con su padre.

—Por supuesto, hijo.

—¿Pero me prometes que no le dirás a nadie, ni siquiera a mamá?

—Lo prometo.

Y es como si estuviera reviviendo lo que pasó hace unos días atrás con Randy, el primer día de entrenamiento.

*Flashback*

—¿Te cuento un secreto? —Me pregunta el pequeño Randy con emoción, viéndome hacer unos trucos con el balón.

—Soy bueno para guardarlos. —Detengo lo que hago y le presto atención al niño.

—Pues genial —Se sienta sobre el césped imitando mi acción—. Ya tengo a alguien más para compartir mis secretos.

—¿No lo haces con tus padres o tíos? —Lo miro atentamente y una presión persiste en mi pecho al verlo lleno de tristeza.

—Mi tía Lila no es la indicada para eso aunque le haya dicho una parte, su novio Kay tampoco es el indicado. Holly, mi niñera de a ratos, tampoco. Es buena, pero no tengo esa confianza —Suspira—. Mi tía Aka sí lo es, pero... me da vergüenza, como me pasa con mi mamá.

Lila, Kay.... No sé quiénes son, pero aseguro que Aka era el nombre abreviado de Wakanda.

—¿Y tú papá?

Frunzo el ceño, por un instante. ¿Será que es hijo de... del chico basura? El pensamiento me hace sentir molesto e incómodo.

—Él casi nunca está en casa —Murmura, cabizbajo—. Finge quererme mucho delante de mamá, pero cuando ella voltea la espalda, me mira con desprecio. Mi tía Lila también.

Sus ojitos azules eléctrico se cristalizan... me recuerda a mí en su edad cuando estaba triste.

—Mi papá sí quiere mucho a mi mamá, pero no a mí.

—¿Qué edad tienes? —Pregunto por lo bajo, sacando un pañuelo de mi bolsillo para dárselo.

—Gracias —Agarra el pañuelo—. Tengo seis años.

No pienses en la fecha, Brady, no te ilusiones.

—Eres muy pequeño para que pases por eso —Revuelvo su cabello juguetón y consigo sacarle una sonrisa a medias—. ¿Tú mamá lo sabe?

—No y no planeo decírselo. —Endurece su expresión.

Para tener seis años, sabe mucho y hace gestos que un niño no debería hacer. Pero lo entiendo. Sí su padre es así a espaldas de su madre, al igual que su tía, claramente el niño se comportará como un adulto y toda niñez se irá por el caño. ¿Cómo es que Mónica no ve esta situación? Si el padre del niño es quien me imagino, no dudo que su estupidez sigue intacta como hace años. Si era así de mal persona años atrás, y demostró más de una vez que el cambio en él sería para peor, ¿cómo podría ser un buen padre para este pequeño?

Que digan lo que digan, pero Dylan Bakir no cambiaría para bien. Nunca. No tengo ni pruebas ni dudas.

—¿Por qué?

—Sé que me creerá y me quiere mucho —Frunce sus labios—. Pero no quiero causar problemas, tampoco quiero que Dylan la ponga en mi contra y me manden a un orfanato como sucede en las películas de terror, y salen los monstruos.

Ya no me queda la duda, Dylan, ese hijo de puta, es su padre. Por desgracia lo es. Y Lila debe ser Leila. Cuando no. El dúo de las desgracias ajenas.

Pero, ¿qué clase de películas ve el niño? Estoy seguro que su madre no le dejaría verlas ni de chiste. En cambio, según lo que Randy me cuenta, Leila y Dylan lo dejen u obliguen a ver esas cosas a escondidas de Mónica, con tal de quitárselo de encima.

—Debes hablarlo con tu madre.

—¿Tienes hijos?

Frunzo el ceño ante el cambio brusco de tema. Siento un poco de nervios, mezclado con una emoción nueva que no me atrevo a nombrar por miedo a equivocarme.

—No, no tengo.

Aunque me hubiera gustado tenerlos con ella. ¿Cómo serían unos hijos de ella y míos? Inconscientemente, me veo comparando mis facciones y las de Mónica con las de Randy.

No, no. Basta de alucinaciones, Brady Jones.

—Vas a ser un gran papá. —Sus palabras y esa dulce sonrisa me toman desprevenido.

—Gracias. —Murmuro, un poco choqueado por las palabras de un niño de seis años.

Su sonrisa se amplía más y de imprevisto, me veo el cuello rodeado por sus pequeños brazos. Correspondo con ganas a su gesto y a lo lejos veo a la madre del pequeño con otra mujer a su lado, sin quitarnos la vista de encima.

¿Wakanda?

—Ojalá yo fuera tu hijo —Se echa a reír mientras vuelve a sentarse en el césped, mientras yo proceso sus palabras en un estado de nerviosismo y shock—. Sería muy cool, ¿no crees?

Randy, ¿el hijo del amor de mi vida y también mío? ¿Cool? Sería más que eso, sería todo un sueño hecho realidad. Lastimosamente la realidad es otra y debo dejar de alucinar con eso.

—Ya lo creo —Sonrío, fingiendo que eso no me afecta—. También me gustaría que fueras mi hijo.

—Entonces seré tu hijo adoptivo.

Nunca unas palabras calaron tan profundo en mi alma como las de Randy, eso sí omitimos a su madre. Ni el bendito frío húmedo se atrevió a tanto, a meterse hasta los huesos y dolerme hasta el alma.

—Como tú digas, pero será un secreto ¿vale?

Asiente dubitativo.

—Quizás no a todos les agrade la idea.

—No me importa —Se alza de hombros.

Extiende su meñique el cual uno con el mío cerrando una promesa.

—Pero está bien, será un secreto.

Sonríe.

—Ahora, ¿me prometes que hablarás con tu madre, sobre lo que sucede cuando se da la vuelta?

Dejo mi meñique extendido a él y lo mira por unos segundos. Suspira y asiente

—Lo prometo.

Volvemos a sellar otra promesa.

—¿Y... cuál era ese secreto que me querías compartir?

—No me gusta ir al kinder, sólo voy por mis dos cosas favoritas —Me enseña dos de sus deditos—. ¿Quieres saber cuáles son? —Asiento— El fútbol y la princesa Mérida.

—¿La princesa Mérida? —Alzo mis cejas sorprendido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.