Capítulo 33.
Mónica Evans:
—¿La conoces? —Cuestionó Allie, sentía su mirada clavada en mí.
—Es mi cuñada —Murmuro sorprendida todavía—. Bueno, era.
Jamás se me habría ocurrido que Sarahí pudiera ser el anónimo justiciero. No siquiera sospechaba de alguien.
—Mmm... creo que deberíamos dejarlas solas —Le dice Samuela Franck a Allie, y agradezco su gesto en silencio—. Son cosas de familia, Allie.
—Tienes razón —Sin dejar de mirar a Sarahí, siento a Allie abrazarme—. Hablamos luego, Dome.
—Adiós, y gracias.
Sonríe.
Cuando me aseguro que estamos solas, me acerco a Sarahí y le quito las cuerdas que la ataban en la silla y la mordaza en su boca.
Creo que Allie todavía sigue con esos sueños de volverse mafiosa.
—Mónica.... —Sarahí intenta hablar, pero la detengo levantando mi mano en su dirección.
—Vayamos a otro lugar —Asiente rápidamente y juntas nos vamos de aquí, en mi auto.
Y un rato más tarde, estábamos sentadas en la banca de un parque solitario, mirando a pocos metros mi auto.
—Entonces eres tú —Asiente a mis palabras—. ¿Por qué anónimo y no directamente? Sabes que tomaría en cuenta tu palabra, eres mi familia aunque haya pasado mucho tiempo, y estuvimos distanciadas… después del accidente.
—Créeme que lo pensé de primero, pero no puedo arriesgar nuestras vidas por mi deseo de hacer justicia a tu familia.
—Nuestra familia —Le corrijo y asiente con una débil sonrisa—. Y no sólo es tu deseo, también es el mío —Desvío la mirada a otro lado—. Siempre había creído que por mi culpa ellos ya no estaban en este mundo.
—No fue tu culpa, nada lo fue. —Me toma de las manos, en un gesto de comprensión.
—Tardé mucho en entenderlo —Murmuro—. Luego creí que alguien quería hacernos daño y provocó el accidente, pero me parecía ilógico, no tenía nada que demostrara eso.
—¿Y ahora? —Pregunta.
—Ahora tengo pruebas. —Respondo con seguridad.
—Y un testigo con una evidencia que nos ayudará en el caso.
Abro mis ojos como plato y la miro.
—¿Qué? —Cuestiono sorprendida.
—¿Me dejas conducir? —Señala mi auto y ambas quedamos en silencio.
**
—¿Me está diciendo que ese casette grabó parte del accidente de octubre, día nueve, hace once casi doce años? —Cuestiono tras escuchar el monólogo del ex jefe de Sarahí, un año antes del accidente.
—Exactamente —Me entrega el casette—. Sarahita me pidió guardar la grabación como si de eso dependiera mi vida y no pude negarme, se la guardé muy bien hasta ahora que me lo pidió —Miro a Sarahí brevemente y asiente—. Bueno, yo las dejo, debo atender a los clientes.
—Gracias, señor Carlos —Asiente y cuando se marcha, Sarahí se acerca—. ¿Cómo te enteraste de que se había hecho una grabación?
—Damián, el de aquel entonces jefe de seguridad, solía revisar el cuarto de cámaras media hora antes del cambio de turno de cualquier guardia. Ahí fue cuando vió lo que las cámaras habían grabado en el casette.
—Entonces no sólo el señor Carlos y tú sabían del casette, también Damián. —Asumo.
Hace una mueca de incomodidad.
—Damián... murió el año pasado por cáncer de próstata, también le detectaron Alzheimer unas semanas después del accidente de los Evans. Estaba terrible.
—Joder. —Murmuro consternada.
—¿Quieres verlo ahora? —Señala el casette y antes de poder responderle, mi celular suena.
—Espera, debo contestar —Asiente y me alejo para contestar la llamada, sin haber mirando el identificador—. ¿Si?
—Mónica.
Mi corazón late frenético ante su voz, pronunciando mi verdadero nombre.
—Brady, hola —Aclaro mi garganta, evitando balbucear sandeces—. ¿Todo bien?
—Debes venir a mi apartamento ahora. —Frunzo el ceño, fijándome en su extraño tono de voz.
—¿No puede ser en tu despacho? —Pregunto un poco nerviosa.
¿Que vaya a su apartamento? Está loco. ¿Y qué pasa si su novia está allí y me ve? Prefiero evitarnos problemas.
—No, estoy trabajando desde casa —Suspira—. Mi jefe me dió el día libre, pero no quiero abandonar mis responsabilidades.
—Te exigen mucho. —Susurro más para mí que para él.
—Hago lo que puedo —Suelta una leve risita que me hace sonreír a medias—. ¿Vas a venir o quieres que vaya por ti?
—Voy yo en mi auto, envíame la dirección —Me volteo a ver a Sarahí, hablar con los clientes y el señor Carlos—. Oye, ¿no tendrás problema con tu novia por yo ir, verdad?
—No, no te preocupes, ella no está aquí.
**
Brady Jones:
—Hola. —Sonríe tímida y sonrojada tras yo abrir la puerta.
—Hola, pasa —Me aguanto las ganas de besar el rojo de sus mejillas y la dejo entrar para luego cerrar la puerta—. Vayamos a mi despacho, ahí está todo.
Una vez llegamos, arrastro una silla y la coloco al lado de la mía frente al escritorio.
—Yo.... yo también tengo que contarte algo que tiene que ver con este casette. —Murmura aferrándose a su bolso de mano, sin mirarme.
—Ahora vemos eso, primero quiero mostrarte lo que pude descifrar de las pruebas que encontramos en el refugio.
Con mis palabras logro que alce la mirada.
Sin más demoras, abro la laptop y la presiono el botón de encender, ya que la había mandado a apagar para no agotar toda la batería.
—¿Es algo grave? —Pregunta angustiada, mientras miramos la pantalla en negro todavía.
—Supongo que sí —Contesto con una mueca mal disimulada que no pasa desapercibida por ella—. ¿Cómo está Randy?
—Él está bien —Sonríe a pesar de todo—. Quiere quedarse allá por su amiga.
—¿La princesa Mérida? —Cuestiono divertido, recordando la charla que tuve con el niño sobre su amiga.
—¿Lo sabías? —Me mira incrédula, aunque divertida.
—Me lo contó en el entrenamiento. —Me alzo de hombros y conecto la USB de Bluetooth del mouse porque aún no he descargado los drivers para manejar el pequeño panel táctil de la laptop.
—No puedo creer que mi hijo te lo dijera a ti antes que a mí. —Suelta de manera dramática, fingiendo estar enfadada e indignada, al final termina riendo.
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Editado: 20.01.2026