Pasiones Prohibidas

Capítulo 41

Capítulo 41.

Mónica Evans:

Hoy es el día.

El pensamiento resuena en mi cabeza una y otra vez mientras mis dedos repasan el borde de la cartera pequeña que tengo entre las manos. No sé cuántas veces me lo he repetido desde que desperté, pero aún así no termino de asimilarlo. El juicio final. El momento al que hemos estado apuntando desde hace semanas, desde que abrimos aquel sobre con las fotos, desde que vimos el cassette, desde que Brady me abrazó en su despacho y me dijo que estábamos listos para esta guerra.

Y lo estamos.

Mis manos tiemblan ligeramente mientras meto mi identificación en uno de los compartimentos, luego las tarjetas, luego el dinero que Brady me insistió en llevar por si acaso. Por si acaso. Como si él no tuviera todo controlado, como si no hubiera repasado cada detalle de este caso hasta memorizarlo. Pero entiendo su preocupación. La entiendo porque yo también estoy a punto de desmoronarme y al mismo tiempo siento una fuerza que no sabía que tenía.

Respiro hondo.

Desde arriba escucho la voz de Holly riéndose con Randy, el sonido de sus pies pequeños corriendo por la habitación mientras ella intenta que se termine de vestir. Sonrío a pesar de todo. Mi niño. Mi niño que hace unos días nos miró con esos ojos azules que son idénticos a los de Brady y preguntó si íbamos a una clínica para ver si "podían ser familia". Y nosotros respondimos sin decirle toda la verdad, aunque él mismo sacó sus conclusiones, pero no obtuvo nuestra confirmación, porque aún no era el momento.

Pero ya lo sabíamos.

Cuando abrimos aquel sobre, cuando Brady señaló con el dedo tembloroso la línea que confirmaba lo que nuestros corazones ya sabían, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. No por la verdad, sino por los años que le robé a mi hijo la oportunidad de conocer a su padre, por los que le robé a Brady verlo nacer, verlo dar sus primeros pasos, escuchar su primera palabra.

Siete años.

Y él me abrazó mientras yo lloraba contra su pecho, y me dijo que no fue mi culpa. Que yo estaba vulnerable, que Dylan me manipuló, que él nunca podría odiarme por algo que hicieron otros para separarnos. Pero aún así el peso de esos años perdidos me sigue apretando el pecho cada vez que miro a mi hijo y veo a Brady reflejado en él.

Saco el teléfono de mi bolso y lo reviso por enésima vez. Ningún mensaje nuevo. Afuera el día está gris, igual que aquella mañana del primer juicio, pero esta vez es diferente. Esta vez no voy a caer. Esta vez sé lo que quiero, sé lo que tengo que hacer, y voy a mantener la calma aunque dentro de mí todo sea un volcán a punto de estallar.

Voy a mirar a Leila y a Dylan a los ojos y no voy a decir nada. Voy a dejar que las pruebas hablen, que se presente todo lo que hemos recolectado, y voy a confiar en que la justicia finalmente va a hacerse.

Por mi familia. Por mi hijo. Por Brady.

Por nosotros.

—¿Mónica?

Su voz me sobresalta. Levanto la cabeza y lo veo saliendo de la cocina, todavía ajustándose los puños de la camisa blanca que lleva debajo del traje negro. El abogado. El padre de mi hijo. El hombre que creí muerto por mentiras. El hombre nunca dejé de amar aunque intenté convencerme de lo contrario durante años.

—Ya casi estoy lista —digo, guardando el teléfono en la cartera—. Solo terminaba de acomodar esto.

Él asiente, pero no se queda en la cocina. Da esos pocos pasos que nos separan y se detiene frente a mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo, el aroma que reconozco incluso después de mucho tiempo. Mi respiración se acelera sin que pueda controlarlo, aunque ya no tengo nada que esconder. Ya no hay mentiras entre nosotros. Ya no hay secretos.

Sus ojos azules me miran con una intensidad que me desarma, y por un momento olvido dónde estamos, olvido que arriba están Randy y Holly, olvido que en unas horas estaremos frente a un juez. Solo existimos él y yo, como aquella noche en que me pidió ser su novia arrodillado en la puerta de mi apartamento, con un ramo de rosas rojas entre las manos.

—¿Qué pasa? —pregunto en un susurro, notando que su mano derecha está cerrada, ocultando algo.

Brady no responde de inmediato. Se acerca un poco más, hasta que apenas hay centímetros entre nosotros, y entonces abre lentamente los dedos.

En el centro de su palma descansa el collar.

Mi corazón da un vuelco tan fuerte que creo que va a salirse de mi pecho. Es el collar que me regaló aquella noche, el que me quité cuando me fui y confié en quien no debía, cuando no le dejé hablar y me permití hundirme en una niebla de confusión y miedo, volviéndome emocionalmente vulnerable.

No creí que volvería a ver ese collar.

—Brady… —su nombre sale de mis labios como un suspiro, apenas un hilo de voz.

—Lo he tenido todos estos años —dice, y su voz es grave, contenida, pero en sus ojos veo todo lo que no dice con palabras—. No pude deshacerme de él. No pude deshacerme de nada que me recordara a ti. Ni siquiera el que me regalaste.

El nudo en mi garganta se hace más grande. Mis dedos tiemblan cuando se extienden hacia él, rozando la cadena plateada, los dijes que una vez fueron testigos de nuestra promesa de estar juntos. Las dos ramitas con sus hojas, una plateada, una gris-azul. El círculo con la piedrecita encapsulada que él eligió para mí..

El silencio se alarga entre nosotros, pero no es incómodo. Es un silencio cargado de todo lo que hemos vivido, de los años perdidos, del dolor, de las segundas oportunidades. De todo lo que todavía no nos hemos dicho pero que está ahí, latiendo entre los dos como un corazón compartido.

—He querido dártelo antes —continúa, y sus dedos cierran suavemente sobre el collar, como si temiera que fuera a desaparecer—. Pero no me sentía con derecho. No después de todo lo que pasó, de todo lo que no pude evitar que te pasara.

—No fue tu culpa —respondo, repitiendo sus propias palabras de aquella noche cuando abrimos el sobre de la clínica.




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