“Recuerda que el destino no juzga o toma lados, sino destruye a los que se atreven a detenerlo. Aun así, lucha hasta el final. Si caes, levántate, sigue adelante, y cuando nadie más quede, yo voy a estar allí, no te voy a abandonar”.
“Cyntia” permanece junto a su madre y su hermana, aguardando la llegada de los héroes y, por supuesto, la del “Guerrero Imbatible”.
Han transcurrido siete días desde que su universo tuvo que enfrentarse a los “Sextos”, una guerra cuyo precio resultó devastador. La cantidad de Dioses y ángeles caídos superó el billón; entre ellos, muchos de sus amigos y su querido hermano.
Dirige la atención hacia su hermana Roza, pensando en todo lo que debe estar soportando. Para ella, Rozemi fue un hermano fuerte y valiente, un ángel que siempre tuvo consigo el corazón más noble. Hasta el instante de su muerte, todos dependieron de su poder. Para Roza, en cambio, él fue más que un hermano. Le toma la mano, haciéndole saber que está ahí cuando la necesite.
Ambas intercambian una sonrisa teñida de lástima.
Frente al palacio de su madre, la creadora de mil universos, incluido en el que se encuentran, las tres esperan junto a docenas de Dioses y ángeles.
En cuanto distinguen a los recién llegados descendiendo, la sinfonía de instrumentos comienza. De las tres, Cyntia es quien da un paso al frente con varios ramos de flores e entre sus manos.
No está segura de cuál de ellos es el Guerrero Imbatible. Todos portan armaduras que ocultan sus cuerpos y sus rostros. Empieza a descartar a las mujeres, a los Dioses, a los ángeles, a los demonios y a los magos. Busca la presencia de algún humano entre ellos; les lee parte de sus pensamientos y emociones, aunque ni siquiera así logra identificarlo. Llega a preguntarse si acaso decidió no asistir al banquete.
Cuando la primera en tocar tierra se aproxima, Cyntia le expresa su gratitud por haber salvado su hogar. La maga, no obstante, la ignora y le exige que le diga dónde se encuentra su líder.
Cyntia le dice que no sabe y de nuevo intenta darle la bienvenida, aunque recibe la misma respuesta: que se aparte. La siguiente en descender se disculpa por los modales de su compañera, “Yudaxi Qinton”, la general de los magos, un nombre que reconoce al instante. La mujer se presenta como “Zachin Lanzan”, la general de los Demonios. También le informa que su líder, el Guerrero Imbatible, se les ha escapado.
Adentro del palacio, su madre presenta a cada héroe, quienes reciben una lluvia de aplausos. Cyntia memoriza todos sus nombres: Yudaxi, Zachin, Lelfid y Esalva, entre otros.
En medio del banquete, Cyntia se disculpa y se retira.
El vestido que lleva puesto es el mejor que posee; realza su cabello dorado y sus ojos púrpura. Había esperado con ilusión la llegada de su héroe. Quería descubrir qué clase de hombre es, escuchar historias de los incontables lugares que ha protegido y, por encima de todo, pedirle que le enseñara a ser más fuerte. Aprieta el puño al recordar lo inútil que fue durante la guerra.
Sus pasos la conducen hasta su rincón favorito del castillo, detrás del jardín, bajo un enorme árbol cubierto de flores de múltiples colores. Se acomoda sobre la hierba y contempla el horizonte lleno de lunas.
—¿Dónde estás? —pregunta.
Luego se recuesta para descansar un poco. Hasta hoy no se ha atrevido a dormir porque cada vez que lo hace revive el espantoso semblante de aquel Sexto que estuvo a punto de matarla a ella y a su hermana. Tiene tantas ganas de descansar que piensa que quizá esta vez no volverá a aparecer.
Cierra los ojos lentamente, aunque algo cae junto a su cabeza. Al abrirlos, descubre que se trata de una de las frutas del árbol. Poco después, otra aterriza al lado opuesto. Se incorpora y alza la vista hacia las ramas.
—¿Hay alguien ahí?
No entendía por qué, pero era incapaz de detectar quién o qué se ocultaba entre las ramas.
—Responde, ¿quién eres?
Una persona salta a su lado cargando varias frutas.
—Hola. Estas frutas son deliciosas y van hacer un buen postre —comenta el joven mientras le ofrece una—. Toma.
—Sabes que está prohibido comer las frutas de este jardín —explica y, al notar su decepción, acepta la fruta antes de añadir que, por tratarse de un día especial, puede tomarlas.
La diferencia de tamaño entre ambos era indiscutible, incluso cuando ella permanecía sentada. Como Diosa, alcanza los nueve pies de altura, y calcula que el mortal apenas llegaba a los seis. Observándolo dar otro mordisco a la fruta, Cyntia pone mayor atención en su extraño cabello y en la cicatriz que cruza su rostro.
—¿Vives aquí? —pregunta el humano.
—Sí —responde ella tras una breve pausa—. No eres de estas partes.
—No —admite el muchacho que toma asiento.
—Eres el primer humano que veo que tenga el cabello de esa forma; se parecen a plumas —Los dedos de Cyntia querían tocar y sentir qué tan suaves eran, pero se detiene.
—Provienen de mi madre —explica con una boca que se detiene de comer—. Ella ya no está con nosotros.
Cyntia se disculpa y prosigue a probar el durazno. La otra cosa que quería saber era la marca que llevaba en el rostro. Si fuera una normal, la arreglaría de inmediato, porque sin ella él se vería bien guapo.
—Disculpa. Esa marca, ¿no proviene de uno de esos monstruos? —Cyntia observa el resto de su cuerpo que contaba una dura historia.
—Sí y no —responde.
—¿Sí y no?
—El sexto que me dio esta marca, la hizo por odio y con el amor que le quedaba —Sus palabras contenían un secreto más largo que no estaba dispuesto a revelar.
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