Pasos hacia el Destino

Capítulo 24, Hijas de Iris

En el continente de Lamu, la Emperatriz de Lagas, no podía aceptar que su reinado pudiera llegar a su fin de esta manera. Su furia no solo se dirigía hacia esa maldita en el cielo, sino también hacia sus guerreros incompetentes, a quienes consideraba inútiles, incluyendo a su propia hija. El terror en sus ojos reflejaba un miedo por perderlo todo, y de la misma forma, sus sueños de crear el mejor imperio.

Va a ser objeto de burlas cuando desaparezca, ya que su reino cayó ante el poder de una sola persona. Cientos de sus guerreros yacían en el suelo, solicitando ayuda, atreviéndose a rendirse. Si tuviera tiempo, los castigaría a cada uno de ellos.

Había entregado todo lo que tenía en el combate y ahora se encontraba completamente indefensa. ¿Qué le va a suceder a su imperio cuando se vaya? ¿No comprenden que van a morir sin ella?

Esto debía ser una pesadilla, no podía ser real. En medio de sus pensamientos, escucha a otro de sus guerreros gritando de dolor, y sin pensarlo más, corre para huir. A pocos metros, se tropieza con el cuerpo inconsciente de su supuesto mano derecha, quería tirarle su anillo en la cara para hacerle saber lo que realmente sentía, pero ni siquiera para eso servía.

Con el rostro cubierto de barro y el vestido manchado de sangre, no se atrevía a girar la cabeza, consciente de que, en el instante en que lo hiciera, sellaría su destino en este mundo. ¿Es que no había nadie más?

—No permitiremos que te la lleves, no importa si Iris misma lo desea —declara su hija, apenas con las fuerzas suficiente para mantenerse en pie.

Al verla, se llena de un poco de esperanza. Tal vez su hija sea suficiente; tenía el deber de sacrificarse por la emperatriz de este país o, mejor aún, cambiar sus puestos.

—Entra al castillo. ¡Madre, huye!

Su hija era la única que comprendía. Mientras da unos cuantos pasos, la Emperatriz empieza a recordar los primeros años de su hija: sus primeros pasos, la cariñosa expresión cuando la amamantaba y, su primera palabra, que fue "mamá". Sus lágrimas disuelven la amargura de su rostro y la transforman a la preocupación de una madre.

—Así es, no lo permitiremos —repite otro guerrero, poniéndose de pie con la ayuda de su espada.

Poco a poco, otros cuatro se incorporan también.

 

—¡Hijos de Esjailla! Si siguen interfiriendo, los voy a destruir —amenaza la guerrera con la armadura de Meretseger—. ¡Ríndanse!

 

Los seis guerreros de Leif’yudax bajan sus viseras y cargan sus armas con toda la magia que les quedaba, lanzándose al cielo como luciérnagas de la noche. Desatan todos sus poderes contra la guerrera de Iris: hielo, fuego, trueno, enormes espadas y criaturas monstruosas chocan contra ella. Creían que su esfuerzo y perseverancia darían frutos, que estaban a punto de herirla; sin embargo, con horror en sus rostros, observan que la serpiente se mueve mucho más rápido que todos ellos. Antes de que sus cuellos se giren para mirar lo que ha ocurrido, sienten un escalofrío en cada parte de sus cuerpos: uno de ellos acaba de ser atravesado. Los cinco gritan al verla caer y, antes de que el suelo termine con su vida, la Emperatriz la atrapa en una bola de luz para protegerla.

En sus brazos, su hija todavía le pedía que huyera, penetrando su corazón con su amor. ¿Cómo era posible que nunca se dio cuenta de que ella la amaba de verdad? Una cierta paz le entra, y decide acabar con la pelea, dejando ir su orgullo.

—¡Alto! —grita Leif con lágrimas en los ojos, terminando de cerrar la herida de su hija.

No quiere irse; aquí se encuentra su hogar, su reino que ha levantado con sus propias manos. Con dolor, les ordena a todos sus guerreros que bajen sus armas.

Antes de que la guerrera con la armadura de cobra se quitara la visera, pensaban que debía ser un demonio o un dios malvado. Al ver su rostro, se sorprenden al descubrir que era una mujer, una maga con ojos radiantes de color rojo.

 

Con pasos lentos y calculados, La Cobra se le acerca. Al soltar el cuerpo de su hija, se levanta para desafiarla con su mirada. Lo malo es que no puede dejar de temblar ante la figura que ha vencido a todos sus guerreros.

—¿Qué eres tú? —inquiere la emperatriz de manera despectiva.

La mujer extiende su cuello, aprovechando cada centímetro de sus 6,2 pies.

—Soy una de las hijas de Iris y, al igual que tú, fui una emperatriz. Esto no marca el fin de tu vida; al contrario, es el comienzo de tu destino. Un día verás hoy como tu verdadero nacimiento.

—No quiero irme, quiero quedarme… no puedes hacerlo.

—Basta, cierra los ojos y olvida a tu familia y tu reino. Acepta tu regalo; tu Diosa te espera.

En un parpadeo y sin poder decir adiós, Leif desaparece del universo, dejando atrás su vestido y sus joyas. Todos los guerreros caen al suelo, sumidos en llanto y reproche.

 

En las afueras del planeta, las magas y ángeles se agrupan para conversar por un momento.

—¿Por qué están calladas? ¿Falta alguien más? —pregunta una de las magas con la armadura de pez.

—Casi todas, excepto una —responde otra maga sin armadura, verificando la lista—. Una que posee la maldición, su nombre es… Liyul Yudax’luna.

—¿No ha podido romper la maldición? —indaga de nuevo.

—No creo que pueda, es mejor dejarla para después. ¿Tú qué dices, Roxana?

—Si nos la llevamos hoy, sería una sentencia de muerte. Prefiero estar segura. Me voy a quedar unos días, a ver qué clase de mujer es —responde la maga con la armadura de Meretseger.

—Son solo excusas, quieres quedarte y disfrutar de unas vacaciones —critica otra maga con tres alas en la espalda.

—Me lo merezco —afirma Roxana.

—No mientas, quieres a un hombre mortal —dice la maga sin armadura, provocando que los ángeles se pongan un poco incómodos.

Todas comienzan a reírse y deciden dejar las cosas así. Mientras las demás se van a cazar al resto de las magas en los otros planetas, Roxana queda atrás.




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