Pasos hacia el Destino

Capítulo 32, a unas horas

Con cada paso que daba, Eali podía sentir cómo su pie se hundía aún más en el barro. No solo se encontraba corriendo contra el viento y la lluvia, también soportaba una carga en su espalda, una que intentaba detenerlo. Estaba seguro de una cosa: si se detenía, todo iba a acabar.

En lo más profundo de su ser se encontraban voces, súplicas, gritos de ayuda y las palabras que resonaban, “no te detengas”. No podía ver claramente hacia dónde se dirigía ni cuánto tiempo necesitaba seguir avanzando.

—Ayúdame, por favor —pide, reconociendo que estaba a punto de detenerse.

Su cuerpo ya no aguantaba más, y sus rodillas se estaban desmoronando ante el dolor y el peso. Sin embargo, los ojos que se encontraban a su espalda, observándolo, apoyándolo, lo empujan a continuar.

Entonces, poco a poco, podía ver lo que estaba ocurriendo y comienza a distinguir la tormenta que el cielo apenas podía contener; los relámpagos castigaban la tierra y las nubes se manchaban con la sangre de sus víctimas. Para su horror, sus amigos caían del cielo; no podía aceptarlo, pero tampoco podía evitarlo. Entre ellos, como si su cuerpo se hubiera abierto para recibir un balde de agua fría, ve a Liyul cayendo, suplicando, llamando su nombre.

No iba a poder alcanzarla, pero si se detenía, no iba a poder salvar a nadie.

—Necesito más fuerza… dame más fuerzas —lo grita con desesperación, cubierto de lodo y lágrimas que la lluvia no es capaz de borrar.

Con la tormenta intensificándose, sus pies se hunden aún más, llegándole hasta las rodillas. Aunque le cuesta avanzar siquiera unos pasos, sigue intentando alcanzarla sin apartar la mirada, observando el desesperado rostro de Liyul, que estaba por chocar contra el piso.

—¿Por qué? ¿Por qué? —aúlla sin dejar de avanzar a gatas, extendiendo su brazo, haciendo todo lo posible por continuar.

¿Es que la va a perder de esta forma? ¿Es que los va a perder a todos sin poder hacer algo?

—Por favor, úsame, usa mi cuerpo —lo dice sin pensar, de puro instinto.

Como si finalmente alguien lo hubiera escuchado, sus piernas comienzan a correr más rápido, y el suelo ya no podía detenerlo, logrando una velocidad que nunca hubiera alcanzado solo. Cargado de sus sentimientos, de su amor, de la idea que la va a perder y las súplicas de todos sus amigos, empieza a correr más rápido que la velocidad a la que Liyul se estaba cayendo. Cuando está a punto de atraparla en sus brazos, todo el lugar desaparece: la tormenta, el suelo, la lluvia y su amada se vuelven parte de la oscuridad. Es entonces cuando comienza a escuchar una voz.

—¿Te acuerdas quién eres? —pregunta la voz, la voz de un viejo.

Voltea a todos lados, pero no puede ver nada, solo unas distantes luces en el cielo.

—Yo soy Eali, Eali Coniris —le responde y se detiene al escuchar su risa, que al parecer no sonaba burlona, de lo contrario, parecía amigable—. ¿Dónde está Liyul? ¿Dónde están todos mis amigos?

—Ellos te van a necesitar, como yo lo hice una vez. Vine a advertirte, mi querido amigo. Prepárate, porque el fin se acerca, y si llegas a creer que la lluvia y el lodo son tus enemigos, entonces vas a perderlos. Entiende algo: tienes el poder de ir más allá de lo que todos nosotros hemos logrado; conviértete en nuestro destino, utiliza el poder de la vida.

Eali se queda callado, sin poder entender. Lo único que se le viene a la cabeza es preguntarle quién era.

—¿Me puedes decir quién eres?

—Yo soy… viejo amigo… querida ardilla… parte… palabra…

Antes de poder escuchar toda la respuesta, sus ojos de pronto se iluminan con una luz, y empieza a abrirlos, pensando que era extraño que los estuviese haciendo cuando ya los tenía abiertos. Con uno o dos parpadeos, se da cuenta de que se encontraba en su cama mirando el techo.

Eran apenas las 6 de la madrugada, el inicio de un bonito día, probablemente el más esperado de toda su vida. Intenta recordar su sueño, pero pierde su significado y comienza a olvidarse, aunque algo permanece: su deseo de proteger a Liyul.

—¿Qué fue eso? —se pregunta mientras mira por la ventana, olvidando el sueño por completo.

Se levanta y se dirige al baño público del hotel para lavarse la cara. Comienza a cepillarse los dientes y a afeitarse, y a medida que pasan los segundos, más hombres empiezan a llenar el lugar, teniendo que compartir su espejo con otros dos que hacen lo mismo que él.

—Me ha costado bastante estos eventos, pero ha valido la pena. Yulia y yo nos vamos a casar —dice el hombre a su izquierda.

Estaba a punto de decir algo, a ofrecerle felicitaciones, pero con las palabras en la boca, el hombre a su derecha comienza a responder:

—Felicidades. Sabes, Casandra también aceptó casarse conmigo.

Los dos continúan hablando, y él comienza a pensar si también podría pedirle matrimonio. Tal vez sea demasiado pronto; apenas ha pasado un mes, pero lo que siente por ella es algo que nunca va a terminar, está seguro de ello porque está completamente enamorado. Se imagina su respuesta, visualiza escuchar esas dos sílabas que lo convertirían en el hombre más feliz del mundo.

Terminando, comienza a ponerse su traje. Todavía no puede aceptar que hoy es el día, y quiere darlo todo por su amada. Gracias a su amigo, ella podrá tocar las estrellas y ojalá pueda sentir la magia.

Al mirarse en el espejo, intenta imaginar qué sucederá hoy. Reconoce que hay tantas cosas que podrían salir mal y que uno no puede preverlo todo; lo importante es que él y sus amigos tienen bastante experiencia, cada uno sabe que hacer, y en eso depende de ellos. Confía plenamente en Melenas, quien nunca ha fallado antes. También en Águila, sabiendo que lo primordial es el bienestar de Liyul. Sin ella y Melenas, preferiría dejar de existir.

Con su uniforme ya puesto, se coloca la gorra y abotona las mangas, preparándose para su parte. Intenta calmarse, pero su corazón trabaja tanto que empieza a sudar. Sabe que no puede mostrar su miedo en un evento como este; es de mala suerte para las estrellas. Se mira nuevamente y se dice a sí mismo que no puede permitirse detenerla.




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