Pasos hacia el Destino

Capítulo 73, El desafío de los magos

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Sentada en el banco, Fel se encuentra mirando a las personas que se pasean a su alrededor. Todas parecen felices, completamente ajenas a que, tan cerca de ellos, alguien necesitaba ayuda. Sus carcajadas inundan el ambiente, que son un contraste con la preocupación que pesa en su ser.
Cada día ha logrado ver más de esos recuerdos, y, de la misma forma, ha continuado encontrando más razones para estar con Sabari.
En ese mundo que ya no existe, las dos se amaron profundamente. Compartieron años de felicidad, así como de dolor, lo que ha convertido esas memorias en algo muy real e irresistible. Aunque su mente le diga que ella no es Erde, su corazón le asegura que Sabari le pertenece, y que cualquier obstáculo que se interponga deberá superarlo o destruirlo. Se lo debe a ellas.

Cierra los ojos y revive los momentos íntimos que compartieron en los últimos días. Las caricias que recorrieron su piel, sus labios y cada rincón de su cuerpo despertaron más que solo el placer físico; también algo único, algo que logró extraer desde lo más profundo del vacío para ofrecérselo a ambas. Tanto ella como Sabari pudieron verlo en sus rostros: el verdadero amor.

os: el verdadero amor.
Se pregunta si la fuerza de sus amigos será suficiente. A estas alturas, no le queda más remedio que confiar en sus habilidades y en el poder de su amiga A’iana. Pero, por mucho que intente, la duda sigue aferrada a su mente. ¿Es realmente posible desafiar a un dios usando solo magia? Aquel pensamiento la inquieta, porque, al parecer, eso es exactamente lo que tendrá que ocurrir.
Han pasado más de dos horas esperando, y durante la última hora su preocupación ha seguido creciendo como una sombra, oscura y sofocante, queriendo robarle la oportunidad de terminar con ella. Cada segundo que pasa la hace sentir más aislada, más sola, hasta que Inclina la cabeza, dejando que los mechones de su cabello caigan sobre su rostro, cubriendo su incertidumbre. Así permanece, inmóvil, hasta que una voz interrumpe el silencio.
—¿Señorita? ¿Señorita, no se te antoja un mate?
La voz amable la hace alzar la cabeza. Frente a ella se halla un anciano, con una gran olla de metal que lleva sujeta con correas sobre su hombro y su costado.
—¿No quisieras probar un delicioso mate? Estoy seguro de que te va a encantar —ofrece mientras comienza a destapar la olla, dejando escapar un rico aroma.
Fel estaba a punto de decir que no, pero antes de que las palabras salgan, el hombre ya le estaba sirviendo un baso lleno. Sin muchas opciones, lo toma y cuando busca entre sus cosas para pagarle, el anciano alza su mano para avisarle que no es necesario.
—Es gratis. ¿Puedo descansar a tu lado por un momento? —pide el anciano, y cuando Fel asiente, él suelta la olla en el suelo. El impacto es seco, un golpe que deja claro lo pesada que es.
—Debe pesar bastante —comenta Fel, insinuando que tal vez sería mejor conseguir otra.
—En realidad, para mí es liviana. Siempre me ha acompañado, y aunque ya tenga bastantes años, no ha perdido su fuerza —responde el anciano con orgullo, entre tanto decide darle un fuerte manotazo a la olla. El golpe resuena en la superficie metálica con un eco sólido y contundente—. Cada vez que la veo, me inspira a seguir.
Fel escucha al anciano hablar cuando de pronto sus ojos se iluminan al sentir lo delicioso que sabe el mate.
—Es exquisito tu mate —confiesa Fel, sin perder el ritmo de sus sorbos—. ¿De qué está hecho?
—De simples ingredientes —responde el anciano con una sonrisa—: yerba de mate, miel, especias... y de felices recuerdos de alguien muy especial. Me tomó mucho tiempo perfeccionarlo, pero logré hacerlo justo como ella solía prepararlo.
Fel, intrigada y casi acabando su vaso, no puede evitar preguntar:
—¿Quién era esa persona?
El anciano gira la cabeza hacia ella, y Fel pone el vaso a un lado. Lo mira con atención, como si de alguna forma pudiera reconocerlo. Algo en sus ojos marrones la inquieta; hay un parecido extraño que no logra ubicar del todo. Además, la olla junto al hombre le resulta extrañamente familiar. Justo cuando está por decirle su nombre, una mujer los interrumpe.
—Veo que tu amiga ya llegó, y es hora de que yo también me vaya a seguir repartiendo mi mate —dice el anciano, alzando la olla con sorprendente facilidad —. Espero que todo salga bien y que tengas un buen día.
Fel tenía ganas de detenerlo para seguir conversando, pero Biala comienza a hablarle, reclamando su atención. Sin embargo, sus ojos no pueden apartarse del anciano que se pierde entre la multitud. Y entonces, algo sucede. Una puerta olvidada se abre en su mente, y con ella, un sentimiento resurge, empujándola hacia un recuerdo que siempre creyó que no era más que un sueño.
—La olla —dice Fel, interrumpiendo a Biala.
—¿Qué olla? —pregunta Biala, confusa.
Allí es cuando Fel puede ver con claridad un fragmento de su pasado. Recuerda la noche en que fue rescatada, cuando tenía apenas cinco años. Recuerda cómo alguien la había escondido adentro de una olla. Esa memoria olvidada, tan viva ahora, la sacude profundamente.
Sin pensarlo dos veces, Fel se lanza, saltando hacia el aire en busca del anciano. Sus ojos recorren a las personas que llenan la ciudad, pero habían demasiadas. Le era imposible encontrarlo entre la multitud.
Biala la sigue, alcanzándola en el aire.
—¿Está todo bien? —le pregunta.
Fel no dice una palabra, pero la expresión resignada en su rostro lo dice que sí.. Las dos descienden al suelo lentamente, y mientras caminan lado a lado, comienzan a hablar.
—Polanof y yo, hemos decidido ayudarte —le informa Biala.

Al escuchar esas palabras, Fel no puede evitar que una sonrisa se dibuje en su rostro. Un inmenso alivio la envuelve, como si por fin pudiera respirar después de horas bajo el agua. La posibilidad de un futuro junto a Sabari se siente más real que nunca, y aunque el camino que tiene por delante está plagado de peligros, por primera vez Fel se permite pensar en el futuro.

De acuerdo con el plan, Polanof va transportar a Sabari hacia el portal y en el momento en que lo cruce, Fel y su grupo los van estar esperando. Una vez ahí, deberán esperar al día de la prueba. Ese será el momento clave para tomar el control de las torres. Con las defensas debilitadas, podrán capturar el mundo corazón.
Fel asiente una y otra vez mientras escucha, pero sus pensamientos se encuentran ocupados en varias cosas. Una de ellas pesa más que las demás: no ha logrado hablar con Sabari. No ha tenido la oportunidad de preguntarle si su abuela estaría dispuesta a aceptarlos como refugiados. A pesar de ello, no piensa fallarlos. En cuanto esas ideas cruzan su mente, Fel respira hondo y se aferra a su determinación. No importa cuántas piezas falten en el tablero; encontrará la manera de hacer que todo encaje.
—Todo depende de ustedes —agrega Biala deteniendose—. ¿Crees que tú y tus amigos podrán hacerlo? Van a tener que luchar contra un Dios.
—Sí, tengo fe en que lo lograremos.
Biala observa la determinación en los ojos de Fel; una parte de ella desea poder hacer más, estar a su lado y ayudarla personalmente. Pero las palabras de Polanof resuenan en su mente: “Esto es lo más que podemos hacer por ellos”.
—Te deseo suerte —le dice Biala, entregando su mano para despedirse—. Nos vemos pronto.




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