Ya era bien de noche, en un cuarto apenas iluminado por las estrellas que se cuelan por la ventana, yace Yudaxi bajo las suaves sábanas, completamente desnuda. Al otro extremo de la cama, Ámilis se incorpora con cuidado y se sienta por un momento. Antes de dejar a su esposa para que siga descansando, la besa en la frente.
—Sigue durmiendo —susurra, acariciándole la mejilla.
Se levanta, se pone los pantalones y la camisa, y prosigue a abrir la puerta.
Afuera, la noche es tranquila. Solo las luces dispersas de algunas cabañas a lo lejos rompen la oscuridad de la isla, pero en la orilla, la gran luna la ilumina. Se pregunta si los dioses aún observan su pasado, y al ver una luz fugaz cruzar el cielo, comprende que no.
Con mucho cuidado, cierra la puerta sin hacer ruido para dirigirse a la playa. A cada paso, la arena suave que aún conserva el calor del sol, se desliza entre los dedos de sus pies. El aire del mar, dulce y salado, le llena los pulmones mientras su mente divaga en pensamientos sobre su familia.
En que llega, se sienta en la arena para esperar un momento. Desde ahí, las estrellas y la luna parecen danzar sobre la superficie de las calmadas aguas.
—Qué lástima que no volveré a probar tus ricos platos, mi querida madre, ni a escuchar tus increíbles historias, mi valiente padre —murmura, alzando la mirada hacia el cielo, donde las estrellas parecen incapaces de contener su tristeza—. Sé que me están mirando en este momento, que desean ayudarme, pero les pido que no lo hagan. Déjenme cumplir con esto.
Cierra los ojos por unos segundos.
—Cuídenla y ámenla como ustedes siempre me amaron.
De pronto, ve a su pequeña Cálida. Está sentada junto a la fogata, con él a su lado, enseñándole cómo jugar con las luces de bengala. En el momento en que las chispas se dispersan, ella queda hipnotizada, atrapada en una alegría pura que la consume por completo. Sus carcajadas resuenan como campanillas en la noche. Ese recuerdo es uno de sus más grandes tesoros, una luz en su camino, una razón para seguir adelante.
Cálida enciende su propia bengala y, sin contenerse, rápidamente se pone de pie para dibujar en la oscuridad con los colores de las chispas. Cuando la luz comienza a extinguirse, ella se voltea, con una expresión que exigía a que la abrace. Sin pensarlo dos veces, corre hacia él y se cuelga de su cuerpo, enterrándose en sus brazos.
Desde ese día, se prometió luchar por aquella alegría, no solo por ella, sino por todos.
Los dos siguen encendiendo más luces de bengala, junto con el resto del grupo, entre risas y gritos de emoción. Pero la imagen comienza a desvanecerse. La fogata, sus amigos, él mismo y su querida Cálida se evaporan ante sus ojos como cenizas arrastradas por el viento. Trata de detenerlo, cuando siente una presencia a su lado opuesto.
Alguien había llegado, la persona que ha estado esperando.
El anciano se quita las correas y acomoda a su fiel olla en el suelo antes de sentarse junto a Ámilis. Se instala en la arena con calma y luego gira el rostro.
—Es un gusto verte otra vez, padre —dice Ámilis, notando que la olla de mate estaba vacía.
El anciano suelta un suspiro y asiente de forma alegre.
—Vine a despedirme, pero supongo que eso ya lo sabías. Me hubiera gustado ofrecerte un vaso de mate, pero como ves… ya ni siquiera puedo hacer eso —lo dice con una voz bien cansada.
Ámilis lo observa en silencio. Sabe que no le queda mucho tiempo, apenas unos minutos.
—¿Por qué no viniste antes? —pregunta, apoyando una mano en el hombro de uno de sus mejores maestros—. Te habría ayudado.
El anciano sonríe con tanta fuerza, que mueve cada una de sus arrugas, junto con su bigote y barba.
—Como bien sabes, es difícil distinguir qué es real y qué es solo un recuerdo. Pero lo que queda del previo Quinto, me ha concedido estos últimos momentos para decirte algo muy importante, mi querido hijo. Estoy orgulloso de ti.
Ámilis contiene la respiración.
—Aunque solo sea una memoria… quiero irme sintiendo que soy más que eso. Y que tú eres mi verdadero hijo.
El anciano cierra los ojos y respira hondo, como si quisiera conservar cada segundo.
—Todavía puedo sentir el instante en que te sostuve por primera vez y la felicidad que me dio. Y ahora que te veo convertido en un buen hombre, sé que lo vas a lograr. Estoy seguro de que tu padre diría lo mismo.
Ámilis aprieta los labios.
—Recuerda que todos te amamos: tus madres, tu padre, tu hermana, tus maestros, tus amigos, Fenira y El Quinto.
El anciano sonríe suavemente, y sigue hablando con una temblorosa voz que parece atraer a un viento que arrastra la arena a su alrededor.
—Y yo también te amo, hijo mío… adiós…
Antes de que la memoria de su padre se disuelva por completo, Ámilis lo toma, intentando detener su partida, de sostenerlo aunque sea un segundo más. Pero el anciano sigue desmoronándose, deshaciéndose en polvo. La olla con el signo del Quinto se quiebra y sus fragmentos se hunden en la arena, como si nunca hubiera existido.
—Gracias por todo, gracias por guiarme… gracias, papá…
El dolor que siente Ámilis al perderlo, es tan profundo que se ahoga en la tristeza. La angustia lo consume, y sin fuerzas, se deja caer en la arena. Aquella memoria, el regalo del Quinto, que lo ha guiado y protegido todo este tiempo, ha cumplido su propósito. Lo asistió, le dio la dirección necesaria para alcanzar el poder. Pero aunque su respiración vuelve poco a poco, comprende que esto es solo el comienzo.
Después de un rato, cuando está a punto de levantarse, unas manos lo toman y lo atraen hacia un regazo.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Yudaxi, secando con delicadeza las lágrimas de su esposo—. ¿Por qué no me dejas ayudarte?
Su cabello rojo, iluminado por el tenue brillo de las estrellas, se mueve con la brisa nocturna.
—No quise arruinar este día. Quería que siguieras sonriendo —responde Ámilis, notando que ella aún está desnuda.
Yudaxi le toma la mano y la coloca sobre su pecho.
—¿Crees que soy frágil? ¿Crees que no puedo ayudarte? ¿Por qué no me dices lo que te va a pasar? —su voz tiembla, su mirada se enfría mientras lo observa—. Te amo, pero necesito que me lo digas, por favor, dímelo.
Ámilis desvía la mirada.
—No puedo.
Los ojos de Yudaxi comienzan a llenarse de tristeza.
—¿Por qué? —insiste, apretando su mano con fuerza.
Él la observa con el cariño que nunca va a desaparecer.
—Porque te amo. ¿No es eso suficiente?
Con la otra mano, Ámilis le acomoda un mechón de cabello que el viento ha desordenado.
—Yo también te amo —susurra ella—, pero necesito saberlo. Necesito que confíes en mí.
Los ojos de Yudaxi que intentan presionarlo, a decirle la verdad, atrapan la luz de la noche, brillando con un dolor que Ámilis desearía poder borrar.
—Te amo demasiado para hacer eso. Si te lo digo, nuestro amor acabaría. Ese es el precio —admite Ámilis, esperando a que no lo empuje a decirlo.
Yudaxi cierra los ojos con fuerza. Las palabras la hieren de tal forma que le desgarran el cuerpo, tanto así que no eran diferentes a las garras letales de los Sextos. Sabe que él no le está mintiendo. Sabe que si le dijera la verdad, si pronunciara aquellas palabras, el amor entre ellos realmente llegaría a su fin. Respira hondo, obligándose a sonreír.
—Mañana quisiera comer camarones, ¿qué te parece? —pregunta, sosteniendo su sonrisa con todo el esfuerzo del mundo.
Ámilis la observa en silencio por un instante antes de asentir.
—Por supuesto que sí… creo que me van a salir bien ricos.
Él se pone de pie y la toma en sus brazos, cargándola rumbo a la cabaña.
—Te debes estar congelando —le dice, inclinándose hacia su oído—. ¿No quisieras que lo volvamos a hacer?
—Pensé que ya no tenías energías, pero si lo ofreces, el clima no está tan frío —responde Yudaxi, con las mejillas encendidas. Aprovechando el momento, desvía la mirada hacia el mar.
Ámilis también observa las aguas en silencio, esperando que ella le dé alguna señal de que solo bromea. Pero el viento cálido que sopla desde atrás y las luces reflejadas en la superficie parecen invitarlos a acercarse.
—Debe de estar helada —comenta, pero aun así, se despoja rápidamente de la ropa sin soltarla.
En que se acerca, siente cómo el cuerpo de Yudaxi se calienta en sus manos. Su piel arde contra la suya, una contradicción perfecta al frescor de la brisa nocturna.
Sus miradas no se apartan ni por un instante. Ella lo observa con intensidad, y él le devuelve el gesto con la misma devoción. Sin importar la temperatura del agua, Ámilis la lleva adentro. Poco a poco, las olas envuelven su cuerpo desnudo hasta que el agua le cubre parte de la espalda. Yudaxi, sumergida hasta el cuello, deja que él la sostenga.
Las olas, en una tregua momentánea, se mecen con suavidad a su alrededor, permitiendo que sus labios se encuentren en un beso profundo. Bajo la noche estrellada, con el vaivén del mar, se entregan el uno al otro, como si el mundo entero hubiera desaparecido.
Yudaxi sin saber qué hacer, no intenta resistirse. En su lugar, deja que Ámilis la guíe, siguiendo sus movimientos lo mejor que puede. Su cabello, empapado y pegado a su piel, se mece con el agua mientras él la sostiene con una mano firme. Un escalofrío la recorre cuando siente su otra mano deslizándose por su cuerpo, explorándola con un toque que la hace cerrar los ojos. Su respiración se entrecorta, sus sentidos se agudizan, y un calor ardiente la invade. Incapaz de contenerse, su cuerpo responde, estremeciéndose bajo sus dedos, sin poder evitar que sus gemidos se mezclen con el sonido del mar.
Cuando cree que no podrá soportarlo más, está a punto de suplicarle a que se detenga, sin embargo Ámilis no lo permite y atrapa sus labios con los suyos. Aquel beso es tanto desesperado como primitivo, una marca indeleble que intenta grabarse en sus almas. El cuerpo de Yudaxi tiembla en respuesta. Sus piernas se tensan en un leve pataleo mientras la oleada de sensaciones la consume, envolviéndola más que el mismo mar a su alrededor. Justo antes de quedarse sin aliento, Ámilis se aparta, permitiéndole respirar.
Yudaxi jadea suavemente llenando sus pulmones de aire, mientras su corazón empieza a calmarse. Sus ojos verdes claros, brillantes bajo la luz, se pierden en los recuerdos de sus vidas. Con la pasión latiendo en su pecho, le dice el amor que siempre ha sentido por él.
—Estoy tan feliz que no puedo aguantarlo —exclama Yudaxi, con la voz quebrada de emoción. Lo toma con delicadeza, guiándolo hacia ella—. No te voy a dejar ir. No importa lo que pase, eres mío.
Ámilis la alza, sujetándola sobre las aguas.
Sus miradas se pierden en la expresión del amor, siendo capaces de hablar sin palabras. El fuego en su interior amenaza con consumirlos, y ella se aferra a él con fuerza, enredando sus brazos a su alrededor. Sus cortos gemidos se mezclan con sus palabras de amor al igual que con cada beso que deposita sobre la piel de Ámilis. En el instante en que su cuerpo alcanza su punto máximo de emoción, se aferra aún más, rodeándolo con sus piernas, buscando quedarse junto a él, asegurándose de que nada los separe.
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