Pasos hacia el Destino

Capítulo 78, El fin de una era, (2)

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Lo que debía ser una conferencia de ideas para resolver el estado de la “Complejidad” se estaba convirtiendo en un clamor por un cambio total en la vida de los mortales. Los dioses decidieron reunirse en el “mundo-corazón” llamado “Yllamian”, uno de los universos más poblados, bajo el dominio de la diosa “Duzel’ikapira”, madre de Eimi.

Sobre la torre más alta del planeta, a más de dos millas de altura, se congregan mil dioses, cada uno representando diferentes grupos y casas. Uno de ellos se alza como el representante de la facción de los “Dioses de los Sentimientos”. Este dios, de catorce pies de altura, habla con la mirada fija en el campo abierto, donde las colosales columnas de la “Plaza” no pueden ocultar la luz del sol que ilumina la gran plataforma. Sus ojos púrpuras, con un tenue brillo dorado, contemplan tanto el horizonte como el inevitable cambio que debe tomarse.
El sitio es tan grande que fácilmente podría albergar una pequeña ciudad, adornada con miles de exóticas flores, arbustos de colores infinitos, árboles adaptados a la gran altura cuyas ramas se mecen por el viento y ríos artificiales que atraviesan el suelo de mármol, con sus aguas tan cristalinas que los peces en su interior parecen flotar en la nada.
—No podemos esperar más, tenemos que actuar. Ya es tiempo de desprendernos del pasado y permitir que la maldad forme parte de la vida de los mortales —declara el “Soberano” dios de los sentimientos, “Reinour”.
Algunos de los dioses de los sentimientos asienten con la cabeza en señal de apoyo.
Antes de que pueda continuar, otra voz lo interrumpe desde el otro extremo de la Plaza, donde la facción de los “Dioses del Poder” se ha agrupado.
—Tengo que poner en alto que esto es un error. Si vamos a hablar sobre el futuro de los mortales, deberíamos tener a sus representantes con nosotros, para que puedan escuchar y ser parte de la decisión —propone el “General” de los dioses del poder, “Cáutica”.
Su armadura plateada no solo es la más reluciente de todas, también es única, por ser la primera de su clase, compuesta del cuerpo de un dios.
A diferencia de los dioses de los sentimientos, los del poder parecen ansiosos por seguir a su líder; más de la mitad asienten ante su propuesta.
—A esto me refiero. Aún existen dioses que creen que los mortales son nuestros iguales. Nosotros somos dioses, escogidos por la existencia para dominar sobre toda la creación, y eso los incluye a ellos también. Ya no podemos compararnos con los mortales. Ellos deben vivir con la maldad, tal como el destino lo ha proclamado —sentencia Reinour.
Al terminar, recibe el apoyo de más dioses, incluidos los del Poder y los de la Creación, quienes responden con un grito unánime de aprobación.
Pero la voz de su oponente no se detiene. Con disgusto, interrumpe los vítores y apaga el fervor de los que ahora considera traidores.
—Por si se te ha olvidado, hicimos un pacto con los mortales. Dimos nuestra palabra de que preservaríamos el bienestar de sus vidas para evitar precisamente esto. Esos mortales que crees que están bajo tus pies no son tan débiles como imaginas. Aún existen varios de ellos con el poder de la Perfección —advierte Cáutica, dirigiendo su mirada a todos para asegurarse de que escuchen lo siguiente—. Es cierto que todos aquellos humanos de la “Primera Era” han desaparecido, pero el pacto que hicimos nos obligará a luchar contra quienes intenten romperlo.

El salón se sumerge en un tenso silencio. Las dos grandes figuras se miran fijamente, desafiándose, listos para seguir adelante con lo que ya han decidido.

La discusión no termina allí. En cuanto los dioses continúan debatiendo, en otro lugar, una familia de humanos asciende por una montaña. Son diez en total: dos parejas y seis niños, con los hombres liderando el camino.
Aunque el sendero de piedra es difícil de transitar, todos disfrutan el recorrido, sabiendo que su esfuerzo traerá recompensa. Avanzan entre risas y conversaciones, compartiendo historias mientras el bosque a su alrededor revela su grandeza: animales exóticos que se deslizan entre las sombras, y flores de colores vibrantes emergen por todas partes, como si la naturaleza misma celebrara su presencia.
Cuando finalmente se acercan a la cima, aún oculta tras los árboles y la densa vegetación, los hombres comienzan a apartar los matorrales, despejando el camino para que el resto pueda ver lo que hay más allá.
Los niños y las mujeres, ansiosos, observan cómo la luz se intensifica poco a poco. Contemplan la escena con expectación y, en el instante en que los hombres retiran las últimas ramas, el resto es invitado a presenciar lo que tantas otras generaciones han visto junto a sus familias. Ante ellos se extiende un majestuoso valle, donde montañas parecen perderse en el infinito. Las densas nubes que flotan en el horizonte, dejan caer su preciada lluvia, que nutre la tierra y los árboles. Lo más impresionante, eran los múltiples arcoíris que se despliegan en el paisaje, pintando el cielo con sus colores.
Todos quedan maravillados. Junto con sus familias y amigos, sienten una profunda conexión con la creación. Nadie dice una palabra, pero en lo más hondo de sus corazones, agradecen ese instante perfecto. Un recordatorio de que el esfuerzo siempre trae su recompensa.

Lamentablemente, sin que lo sepan, ese momento podría acabar.

Pero no todos los humanos están atados por la ignorancia de lo que se avecina.
En un pequeño planeta, un dios comienza a descender. En la superficie, una ciudad se hace visible alrededor de un templo. Antes de que pueda tocar el suelo, uno de los guardianes lo detiene.
—Buen día, Hijo de los Primeros —saluda el guardián humano, vestido con una armadura liviana de acero—. ¿En qué podemos servirte?
El dios permanece en el aire, flotando sobre el templo. Entonces, el humano se acerca un poco más, caminando en el aire como si este fuera sólido bajo sus pies.




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