Pasos hacia el Destino

Capítulo 115, Ante el espejo

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A apenas unos segundos de lo que pudiera ser el contraataque, Eucalis y Naerma miran el escenario en los espejos de comando con tanta expectación que sus nervios les revuelven el estómago. Pueden ver cómo el gran dragón XianFún sigue recibiendo cañonazos, cientos de ellos, con docenas impactando en el mismo lugar de su popa hasta que uno penetra su dura coraza. La explosión hace que el buque se doble a un lado para luego emitir un gran rugido explosivo de roca y hierro, provocando que la flota imperial se lance a un frenesí de venganza.
Naerma está a punto de rogarle nuevamente al comandante Duem, a pedirle a que se detenga, a que desobedezca la orden, pero sin saberlo él ya había decidido.
—¡A todas las naves bajo mi mando, paren la persecución! —exclama Duem, para sorpresa de todos los presentes. Incluso Eucalis lo mira sin poder creerlo—. Esto es una orden.

De inmediato cincuenta barcos se detienen, desafiando el mandato directo del almirante, quien responde ordenando la captura del “traidor Duem”. Pero ninguno de sus capitanes o oficiales se atreve a moverse contra él.

Mientras tanto, adentro del gran XianFún, entre humo, llamas, estremecimientos y las luces de emergencia, el general Phong se incorpora de su silla y observa el caos con calma, calculando el punto más óptimo para su gran ataque. Todos giran hacia él, y en su rostro leen confianza, decisión, convicción y una disciplina del tamaño de la misma nave. Con los ojos fijos y la voz firme, da la orden.

Lo que parecía hasta ese momento una armada confusa y llevada al pánico, se transforma en una que está preparada a luchar hasta el final. Se alinean en columnas compactas, con los buques más resistentes al frente, para ir a proteger al XianFún de más daño.

El almirante imperial, cada vez más cerca, instruye a destruir al humano a toda costa. Lo tiene casi al alcance y unos pocos disparos bastarían para acabar con ese insignificante hombre que jamás debió desafiar a los magos. Grita con toda la fuerza de su experiencia y el orgullo de un veterano servidor de la emperatriz, un caballero de los cielos. Pero por un breve momento se altera al ver cómo las fuerzas de la impostora comienzan a adoptar una postura ofensiva.

No le preocupa el arma que usen, no le importa cuantos sean porque está convencido de que su armada es superior, que sus escuadras son más fuertes, más disciplinadas, forjadas por siglos de experiencia.

Los dos batallones aéreos chocan, desatando un intercambio brutal de miles de cañonazos. Trescientas embarcaciones contra doscientas cincuenta encienden el cielo en un resplandor cegador que se puede ver a cientos de millas.
En los primeros segundos, varias de los buques de la escuadra de los dragones son destruidas, pero las demás se mantienen firmes, sin retroceder ni un centímetro. Las murallas mágicas resisten los rayos de los dragones; sin embargo, en la ciudad, el ejército de Phong ajusta las artillerías para dar inicio a la trampa.
Lo que parecía una victoria segura para las escuadras de la emperatriz se desvanece bajo el rugido ensordecedor de miles de cañones terrestres que los bombardean desde abajo.

El almirante, incapaz de aceptar que está a punto de perder, no logra reaccionar a tiempo. Tres de sus naves reciben un devastador ataque simultáneo. Entre el fuego terrestre y la ofensiva de los dragones del general Phong, los impactos se concentran en los buques más vulnerables. Sin poder proteger el centro de su flota y al mismo tiempo del arma que les roba sus poderes, la formación imperial comienza a colapsar.

Los dragones de acero de Phong toman formaciones de dagas, abriéndose paso para desgarrar a las fuerzas de Olyudax. En cuestión de segundos, más y más buques son destruidas, convirtiendo el cielo en un infierno de antorchas que caen lentamente hacia la tierra.

En menos de cinco minutos, más de treinta embarcaciones son partidas en dos. Sus tripulaciones, entre gritos de socorro, solo pueden a ver cómo sus embarcaciones se precipitan a tierra, sin posibilidad alguna de sobrevivir.

Aquel espectáculo aterra a Naerma. Se lleva una mano a la boca, horrorizada ante la sangrienta realidad de la guerra. Los magos que habían venido a salvarlos, a protegerlos, están siendo aniquilados. Miles perdían la vida cada minuto que pasaba. Incapaz de soportarlo, se aferra a Eucalis, rogándole a que detenga lo que ocurre. Él prosigue a sostenerla por unos segundos para luego levantarle su mirada y decirle que al menos lograron salvar una parte de su gente… y tal vez, solo tal vez, eso sea suficiente.
—¿Qué le va a pasar a mi ciudad? —pregunta Naerma, volteando hacia su amado pueblo que en varias partes aún arde en llamas.
—No lo sé —responde Eucalis—. Lo único que podemos hacer es esperar lo mejor.

Le topa la espalda, intentando calmarla, procurando que no mire el espejo que continúa proyectando la horrorosa escena: más de cien mil personas son destruidas, y entre ellas, incontables magos cayendo al vacío, devorados por la oscuridad y una muerte sin compasión.

En menos de una hora, el almirante y su nave insignia son destruidos junto con la mayoría de su flota. Lejos del metrópolis y sin más opciones, Duem comanda el regreso a “Filoa”, donde deberá reunirse con la flota principal y entregar personalmente las terribles noticias. Antes de partir, agradece a Eucalis y Naerma por haberle salvado la vida; les ofrece acompañarlo, pero ambos se niegan.

Naerma sabe que regresar es peligroso, pero no puede abandonar a su gente. Si hay algo que aún pueda hacer, lo hará.

Encima de su querido dragón, junto a Eucalis, emprende el vuelo de regreso hacia Rush’Lanka, mientras el amanecer tiñe el cielo con un resplandor cruel. La luz revela un paisaje devastado: humo por todas partes, escombros y restos de buques esparramados sobre lo que ahora es la historia de su tierra.




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