Pasos hacia el Destino

Capítulo 123, Deseo, (8)

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Después de un par de horas, las princesas terminan tendidas en el suelo, exhaustas tras haber consumido hasta la última gota de sus poderes. Incluso Laliu, con la armadura marcada por abolladuras y arañazos, es incapaz de incorporarse frente a un oponente que les ha demostrado, sin acortar los golpes, el verdadero nivel de combate al que deberán enfrentarse en el campo de batalla.
—Tengo que admitir que no esperaba que resistieran tanto tiempo —confiesa Belanir con la mirada fijada en el horizonte sobre el acantilado del campo de entrenamiento—, y estén seguras de que el sur posee magas bien poderosas. Espero que el entrenamiento les sirva para medir mejor a sus adversarios. Y, si llegaran a cruzarse con alguna de las emperatrices, les aconsejo que no se hagan las valientes y la enfrenten a solas, incluso si eso signifique abandonar a alguien querido.
—He escuchado que te enfrentaste a Míyudax —comenta la princesa de cabello dorado al acercarse, con el interés marcado en un rostro sucio lleno de moretones.
Belanir inclina ligeramente el cuello para observar cómo las cuatro invitadas se le acercan.
—Sí, pero no estuve sola. La enfrenté al lado de más de mil magos.
Las tres muchachas no esperaban aquella respuesta. Escuchar que tomó semejante número para contener a una de las hijas del universo las deja en silencio. Esa emperatriz al sur de Ya’h no figura entre las más fuertes de Apas, aunque eso parece irrelevante: el poder concedido a esas mujeres es tan desmesurado que ninguna maga común, ni siquiera la más prodigiosa, suena que pudiera alcanzar.
—¿Cómo la detuvieron? —insiste la rubia que prosigue a retirar lo que quedó de su casco.
Laliu, como una gata en alerta, afina los oídos, decidida a no perderse ni un solo detalle.
—Deben recordar que nuestra gran Ama no se encontraba con nosotros en el flanco izquierdo —explica Belanir—, sino en el derecho, enfrentándose a otra emperatriz. Mientras tanto, nuestros aliados en el centro estaban a punto de ser aplastados. Tomé la decisión de enviar los refuerzos para auxiliarlos; de no haberlo hecho, habríamos terminado completamente rodeados.
En la mente de Laliu, se dibuja una zona de batalla aterrador, cubierto por miles de magos tendidos en el suelo, despojados no solo de la vida, sino también de la esperanza de sus familiares. Escucha acerca de una de las comandantes del imperio cuando fue obligada a arriesgar su propia existencia frente a un monstruo.
Ante sus ojos surge una figura que nunca ha visto, pero cuya descripción basta para recrearla. Cargando una armadura adornada con dos cabezas, un león y una cobra encima de cada hombro, así imagina a Míyudax, tan alta como ella, con el físico de un titán. Apenas puede distinguir su rostro o su piel bajo aquella coraza pesada, forjada en un oro tan resistente que ningún otro metal pudiera compararse.
—En segundos perdí a varios —avisa Belanir, haciendo una pausa que ninguna de las jóvenes se atreve a interrumpir—. No es fácil ver a la gente ser despedazada frente a ti. Armaduras, escudos, incluso las armas protegidas con toda la magia posible no fueron suficientes para poder protegernos contra esa mujer. Sentir la sangre ajena en la lengua o incluso el horrible olor… eso no es lo peor. Lo más inquietante es el grito que se lanza antes de morir, uno que a veces suena tan primitivo que parece provenir de bestias.

Las cuatro princesas tragan saliva al mismo tiempo, casi capaces de sentir el sabor salado de la sangre deslizándose por sus gargantas hasta el estómago.

En esa historia, Míyudax, con ojos encendidos en llamas, había decidido romper la línea defendida por la guerrera Bosha. Mientras el resto de los magos luchaban en tierra firme, los guerreros capaces de volar la siguen, decididos a detener su avance.
—Tomó casi mil magos contenerla, y trescientos fueron aniquilados de las formas más brutales —continúa Belanir—. Por suerte no duró mucho, diez minutos bastaron para obligarla a retroceder.
Belanir guarda otra pausa, percibiendo en el silencio el deseo de las princesas por saber cuál fue su aportación, qué hizo ella para inclinar la balanza a su favor.
—Sé que esperan escuchar de un ataque decisivo, una técnica devastadora —prosigue—. La verdad es que ganamos porque no nos rendimos. Esa emperatriz buscaba quebrar nuestra moral, vernos huir, pero encontró lo contrario. Si ella era un oso, el más feroz y el más fuerte, entonces nosotros nos convertimos en abejas: cada uno incapaz de derrotarla por sí solo, pero juntos, con disciplina, incluso eso fue posible.
—¿Por qué son tan fuertes? —pregunta Laliu, que se quita el casco para contemplar el horizonte junto a la reina.
El cabello largo de Laliu se mece con el viento fresco en cuanto escucha la historia de las hijas del universo. Las otras dos princesas que todavía tenían sus cascos puestos, se despojan de ellos y se sientan al lado de la princesa de cabello dorado.
—¿Alguna vez han observado las estrellas sin preguntarse si es posible alcanzarlas? —plantea la soberana de Laod, con los ojos fijos en el cielo claro, donde las nubes avanzan lentamente—. Existe un relato de una maga que lo logró. Gracias a su inmensa magia, encontró la forma de visitar otros mundos, tan lejanos que sería imposible llegar a ellos caminando o incluso volando.
El viento del día empuja el cabello de las cinco hacia atrás, trayendo consigo el aroma húmedo de los valles.
—Esa maga vivió un par de años en esos lugares, más allá de lo que ella llamó “nuestra galaxia Abeid”, y regresó con algo más que testimonios: trajo consigo el verdadero nombre de nuestro universo.
De las cuatro, Laliu tenía una idea acerca de las galaxias y los universos.
—Esto ocurrió miles de años atrás —continúa la reina—. Aquella maga aprendió el nombre de las personas de ese mundo.
Laliu recuerda otro acontecimiento, una que su madre le contó sobre el origen de su linaje, la historia de sus antepasados. Nunca pensó que aquellos relatos pudieran ser reales. Sus ojos se iluminan al sentir, por primera vez, que su lugar en el mundo comienza a revelarse.
—Nuestro universo se llama “Esjailla” —afirma Belanir
Las tres chicas, en especial la de cabello dorado, repiten en silencio el verdadero nombre del universo en el que han vivido toda su vida.
—Y Esjailla es solo uno de los millones que la diosa Iris ha creado para nosotras.
Las cuatro no esperaban una revelación así. La idea las atrapa, las empequeñece, las obliga a enfrentarse a su propia insignificancia ante la inmensidad del reino de Iris. Cada una intenta imaginar un millón de universos, repletos de incontables galaxias y sus billones de estrellas.
—Esa gente conocía la razón por la que las hijas del universo son tan fuertes —sigue Belanir, girándose hacia sus invitadas, que permanecen en un estado de sobresalto—. La diosa espera que, algún día, ellas nos empujen a ser más fuertes. Al igual que ocurrió con ellos, llegará el momento en que Iris enviará a sus otras hijas para recoger a las magas más poderosas.
Incapaz de contenerse, Laliu pregunta adónde. La respuesta es incierta; nadie lo sabe con certeza, ni siquiera en otros mundos. Se cree que es un paraíso, o un lugar donde pueden estar cerca de la creadora de todas las cosas.
—Hay casos en los que algunas emperatrices desaparecen sin dejar rastro… quizá esa sea la razón —interrumpe la princesa de cabello marrón.
Las otras asienten, esperando la confirmación de la majestad, quien parece compartir la misma conclusión: la diosa, con toda probabilidad, ha estado haciéndolo desde hace mucho tiempo.
—Entonces, ¿las emperatrices son las únicas que pueden ir a ese paraíso? —inquiere la rubia, imaginando algún día tener una hija bendecida.




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