Pasos hacia el Destino

Capítulo 124, Deseo, (9)

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Con el paso de los meses, Belanir se enfrenta a una realidad que la irrita más de lo que está dispuesta a admitir: la mayoría de los humanos han decidido permanecer en su reino. Ellos han forjado centros de apoyo, patrocinados no únicamente por aquellos con mayores recursos entre ellos, sino también por magos que, a escondidas, lo hacen. Si no pone un alto a esa situación, sus planes se vendrán abajo por completo.
Discute soluciones con los ministros de los distritos donde la población humana es más numerosa. Ellos proponen imponer un impuesto al transporte y a las transacciones adentro de sus territorios; de ese modo, pretenden frenar la formación de bancos de alimentos y redes de intercambio. La medida le resulta conveniente, pero no es lo único que la inquieta.
Hay otros rumores que llegan a sus oídos que la irritan aún más. Según lo que ha escuchado de los magos que han pasado por el pueblo de Mos, aunque la gente pasa hambre, se muestra extrañamente alegre. Esa es la parte que no comprende y porque nadie quiere hablar con desconocidos, decide ir a averiguarlo por sí misma.
Como en la ocasión anterior, se disfraza. Adopta la apariencia de una humana de cabello sucio, largo y desgreñado, y viste un vestido deshilachado en los bordes. Le toma tiempo arreglar su rostro que es uno de sus mayores orgullos: siempre perfecto, sin cicatrices, aun cuando podría recurrir a la magia. Se maquilla con cuidado, apaga el brillo natural de su piel y añade manchas de mugre, arrugas y feas marcas que son comunes en estos días entre esa gentuza que, en su mayoría, ni siquiera conoce el jabón.

Da órdenes estrictas a sus guerreros más cercanos para que no permitan la entrada de nadie a su habitación.

Al entrar a Mos, lo primero que nota es la ausencia total de defensas. El lugar se extiende a campo abierto; si decidiera atacarlo, no habría sobrevivientes. Observa a unos trabajando la tierra a pala y pico, y a otros reparando sus casas con materiales improvisados, hasta con barro. No los ve completamente desnutridos, pero en sus rostros se refleja el cansancio de una vida dura.
Algunos, al verla pasar, giran de inmediato la cabeza para seguirla con la mirada. Belanir se ríe por dentro al imaginar que la están evaluando, intentando decidir si es peligrosa. Incluso los reta en silencio a que se atrevan a hacerle algo. Continúa hasta que alguien la detiene.
—Hola —dice una niña que debe alzar la vista casi hasta inclinar la cabeza para poder verla.
Belanir no le responde.
—Tienes ojos muy bonitos —añade la jovencita, regalándole una sonrisa sincera.
De nuevo, mantiene el gesto inmóvil.
—Mi nombre es…
La humana se interrumpe al sonar unas campanas musicales y, antes de que Belanir pueda reaccionar, se ve arrastrada de la mano hacia una congregación de personas. La pequeña, llena de entusiasmo, la invita a formar parte del espectáculo que está a punto de comenzar.
—Ha llegado —dice la niña con emoción—. Ha llegado la ardilla.

Aunque la reina siente la necesidad de soltar la mano de la mugrosa, se da cuenta de que está rodeada de gente que ha dejado de mirarla para concentrarse en un viejo al que reconocen al instante y ella también.

En pocos minutos, el anciano arma una mesa a partir de su carreta y coloca sobre ella juguetes extraños y coloridos. Si no se equivoca, todo está preparado para una exhibición que atrae la atención de los niños que salen de sus casas a toda carrera. La ardilla no dejaba de saltar de un lado a otro: de la carreta al hombro del hombre, del hombro a la mesa. Al final, Yoleh se prepara para anunciar lo que están a punto de presenciar.
Belanir preferiría estar haciendo otras cosas, como visitar el banco de alimentos y averiguar quiénes lo sostienen, pero la curiosa criatura despierta su interés. Así que se queda allí, junto a la human que no suelta su mano.
—¡Damas y caballeros, niños y niñas! ¡Les presento a una ardilla verdaderamente excepcional! —exclama Yoleh, ya transformado en presentador de circo, con un sombrero de copa baja, guantes blancos y una vara en la mano—. Esta ardilla prodigiosa proviene de los bosques mágicos, bendecida con innumerables talentos y una inteligencia que supera a la de los más brillantes de nuestro país.
Los niños intentan acercarse lo más posible para ver a la increíble ardilla, que aún no sale de lo que parece ser una caja colocada sobre la mesa. Cuando el hombre la golpea suavemente con su vara, la tapa se abre y, por fin, el animal aparece, provocando la alegría inmediata de todos.
—¡La gran ardilla, Nube!
Los gritos de los chicos estallan en el instante en que el animalito sale vistiendo un traje casi humano: camisa y pantalones, con una abertura cuidadosamente hecha para su cola. Las sonrisas brotan por doquier al verlo, incluida la de Belanir, que se lleva la mano a la boca para contenerla. No esperaba presenciar algo así; por un breve momento, incluso se deja contagiar por la emoción. Luego, sus ojos regresan a su expresión de habitual desprecio mientras observa al cuadrúpedo ponerse de pie y hacer una elegante inclinación a modo de saludo para su público.
Belanir se pregunta si es posible que la ardilla se haya colocado por sí misma ese ridículo atuendo. Se convence de que debe tratarse de un truco o, tal vez, de algún tipo de magia.
Una de las primeras proezas de Nube es saltar sobre una bola colocada en la mesa y comenzar a balancearse sobre ella hasta que, en cuestión de segundos, la hace rodar de un extremo al otro. El asombro da paso a un breve estallido de aplausos. Luego, Yoleh le lanza canicas para que las atrape con las manos; al tomar la tercera, el animal empieza a hacer malabares con una destreza imposible de ignorar.
La reina mira a su alrededor, buscando a alguien que pudiera estar controlando al animal. Le resulta inimaginable que una ardilla sea capaz de algo así por sí sola. Sin embargo, todo indica que es real.
Para mayor sorpresa de los presentes, Yoleh lanza una canica más, y luego otra, y otras. Parecen demasiadas, pero Nube comienza a arrojarlas hacia el público. Quienes las reciben descubren que no son simples canicas, sino caramelos. Los niños los atrapan con desesperación y se los llevan de inmediato a la boca, temerosos de que alguien intente arrebatárselos de las manos.
La última en recibir el bocado, es su compañera. Para tomarlo, suelta la mano de Belanir y, en lugar de llevárselo a la boca, hace algo que sorprende a la reina: se lo ofrece a ella, con la alegría de alguien a quien se le nota el deseo de verla probarlo.
Belanir, en vez de rechazarlo, opta por aceptarlo. Piensa que así la pequeña aprenderá que uno debe pensar primero en sí mismo antes que en los demás. Sin darle las gracias, lo toma y se lo lleva a la boca. Entonces ve a la humana sonreír aún más, revelando que le faltaban varios dientes.
Justo cuando está a punto de comerse el dulce, algo la detiene. La noción de estar cometiendo un error se impone ante ella y una pregunta pasa por sus oídos.
—¿Realmente estás lista para arriesgarlo todo por los humanos? —interviene la voz preocupada.
En ese instante, en cuanto todo alrededor de ella se detiene, hace que la pregunta se vuelva en una dura realidad, de estar a punto de sacrificar a cada uno de los guerreros que aún le quedan. Lo extraño es que, junto a la duda, surge una respuesta inevitable que hizo en su pasado.
Sin escuchar lo que sigue, Belanir vuelve perdida en un breve mareo junto a la humana, que aún la observa. Esta vez se siente culpable y, lentamente, en contra de todo lo que ha creído durante tanto tiempo, le devuelve el caramelo.
La sonrisa de la pequeña se vuelve más expresiva, más grande, tan contagiosa que incluso Belanir termina sonriendo.
Al ver ese gesto, la ardilla le pide otra canica a Yoleh. Cuando la recibe, la lanza hacia la mujer, que levanta la mano de forma instintiva y la atrapa.




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