Esta vez, cuando Belanir entra en Mos, la mayoría la ignora, solo uno que otro se detiene a observarla. No tarda mucho en llegar al centro del pueblo donde varios hacían largas colas. Entre ellos reconoce a Nevia, que sostiene un plato hecho de madera y una cuchara del mismo material.
Antes de acercarse y sorprenderla, toma una pausa para observarla. Piensa en cómo presentarse, en lo que pudiera decir, y se percata de lo nerviosa que estaba. Poco después, llega el turno de Nevia y recibe un cucharón de papilla que cae con un sonido pesado sobre su pequeño plato. Con solo mirarlo, Belanir piensa que debe saber tan mal como se ve.
La sigue hasta que se sienta en una de las mesas del parque, bajo la sombra de los árboles.
—Hola… —saluda Belanir.
Nevia levanta la vista, sorprendida, con la boca manchada de blanco.
—¡Hola, Anir! —exclama al alzar la cabeza.
Para mantener su identidad en secreto, Belanir le ha dicho que se llama Anir, una refugiada que vive afuera del pueblo.
—¿Qué es eso? —inquiere Belanir mientras se sienta a su lado.
—Es papilla de manzana. Sabe bien, ¿quieres? —responde Nevia, ofreciendo el resto de su plato.
—No, gracias —contesta Belanir con el mal sabor en la lengua, pero agradecida de que deseara compartirlo.
Cuando termina, Nevia se lame las manos antes de recoger su plato y emprender el camino hacia el orfanato. Cruzando la calle, Belanir le pregunta qué ha hecho ayer y ella le cuenta de los animales de papel que crearon, hasta de sapos que pueden saltar y, por supuesto, de los números que tuvieron que memorizar.
—¿Sabías que los números no terminan? —avisa Nevia, con los ceños despejados, como si esa idea fuera sorprendente.
—Sí. Incluso pueden predecir el futuro —añade Belanir.
La niña se gira con los ojos muy abiertos, dejando claro en su expresión que quiere saber más. Belanir le habla entonces de las cosas que existen a su alrededor, de cómo los números sirven para medir, calcular y anticipar lo que aún no sucede. La fascinación en el rostro de la humana la impacta tanto que se olvida de la supuesta inferioridad que poseen.
En tanto llegan al orfanato, ambas se detienen. Frente a Belanir se alza una casa demasiado deplorable, con agujeros en las paredes y tablones de madera que parecen a punto de ceder bajo su propio peso. La estructura cruje con el más mínimo viento que lo sopla.
No había unos cuantos niños alrededor, sino varios, por lo menos unos cuarenta, jugando por todos lados.
—¿Todos viven aquí? —cuestiona Belanir, intentando comparar su vida con la de Nevia, decidiendo si la suya fue más difícil, aunque, incluso si alguien afirmara que sí, la actitud de la humana es completamente distinta.
—Sí. Voy a limpiar mi plato para guardarlo —responde Nevia, usando el grifo de agua.
Ella lava su plato como puede, frotándolo para luego guardarlo en un cajón de la cocina. Con permiso de los encargados del lugar, Belanir la sigue. Adentro, lo que ve son grandes camas en cada cuarto, lo que explica por qué todos llevan el cabello corto. Belanir le pregunta con cuántos comparte su habitación.
—Con seis —responde Nevia, nombrando cada amiga.
Después se lleva a Nevia a caminar por el parque.
Como antes, Nevia la toma de la mano para andar por la calle. Ella no dejaba de hablar de cosas que hizo los días anteriores, de los animales que vio en libros. Le dice que de todos, quisiera ver a los dragones, que aunque sean bien grandes, ellos son sus favoritos.
Belanir no esperaba sentir paz al tener su mano apretada por la mano de una humana. Por esos instantes, realmente tenía lo que había buscado todo este tiempo. Su afección crece de forma inmensurable con solo escucharla hablar. Así se la pasan por unas cuantas horas.
Para descansar, se sientan en el parque y observan a la gente del pueblo que no dejaba de pasar de un lado a otro. Por fin Belanir abre la bolsa que había cargado consigo. Nevia, interesada, se inclina para mirar su contenido y, en cuanto distingue lo primero que Belanir saca, se queda en silencio. Sabe exactamente qué es: uno de esos panes dulces llamados pasteles que pudo probar unos meses atrás, cuando las cosas eran mejores.
—Aquí tienes —ofrece Belanir, colocándolo frente a ella sobre un pequeño plato de plata, y para que se lo coma, le entrega una cuchara que brilla bajo la luz del sol.
Antes de comer, Nevia lleva las manos al pecho y agradece a la gran Diosa Iris. Belanir no se lo esperaba. Le sorprende que los humanos creyeran en una Diosa que sabe que no les importa sus vidas. Sin embargo, aquel anciano también rogó a la Diosa por ayuda y, de no haberlo presenciado, no habría creído que alguien le respondiera.
Belanir corta un pedazo para ella, pero en lugar de ofrecer gracias a la Diosa, contempla a Nevia, que ya había terminado el suyo. La pequeña recorre su lengua en los bordes de sus labios para limpiarlos del azúcar sin percatarse de la mancha en la nariz. Al ver eso, Belanir suelta una risa suave.
Está a punto de ofrecerle otro cuando Nevia le pide si pudieran compartirlo con el resto de los niños. La petición la sorprende tanto como le da orgullo. Una parte de ella, todavía quisiera decirle que no se preocupe por los demás, que por una vez piense en sí misma, pero guarda silencio.
Al terminar, ambas regresan al orfanato y entregan los pasteles a los encargados para que los repartan. Al escuchar que ha sido decisión de Nevia, los cuidadores no se sorprenden.
Mientras llaman a los otros niños y distribuyen los pasteles, Belanir platica con la encargada de matemáticas por qué Nevia es tan buena. Ella le responde que, a diferencia del resto de los niños, en realidad no es humana. La revelación impacta a Belanir. La mujer continúa revelando que Nevia posee la maldición y que cuando la gente se entera de que posee la maldición, nadie se atreve a adoptarla, lo que la ha esforzado a ser quien es para que la adopten.
En cuanto la encargada termina, incluye cómo su madre murió al darla a luz y de que no tiene a nadie más. Belanir gira la cabeza y ve a Nevia sonreír entre los otros niños. Conoce muy bien el destino de quienes cargan la maldición. Por lo general, su linaje se extingue en unas pocas generaciones, sin mencionar el constante peligro de obtener una enfermedad dolorosa. Cada vez que se cruzan las miradas y Nevia le sonríe, su tristeza crece. No es solo por la historia que acaba de escuchar, sino porque sabe que debe apartarse de ella, que lo mejor es abandonarla antes de encariñarse aún más.
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