Al haberse secado el rostro con sus manos, Belanir nota lo mojadas que están. Se incorpora de la cama lentamente y camina hacia la mesa. Enciende la lámpara y se sirve un vaso de agua del jarrón.
—¿Qué me está sucediendo?
Lentamente su respiración se tranquiliza y la opresión en su pecho se desvanece. La mayor parte de la pesadilla se desvanece y se pone a decidir si debería consultar con alguien sobre esos sueños, tal vez hasta con una adivina.
Cuando termina el vaso, lo deja y regresa a la cama. A pesar del temor de volver a dormir, en minutos cae en un sueño profundo.
Llegando a las 9 de la mañana, regresa al pueblo de Mos, lista para encontrarse con Nevia.
—Hola… —saluda Nevia al ver a la Reina entrar a su cuarto.
—Hola —dice Belanir, preguntándose si todavía está mal—. ¿Te encuentras bien?
—sí, mucho mejor —responder, cuando de pronto algo salta entre sus manos
No era nada menos que esa ardilla capaz de hacer trucos, inconfundible por su cola blanca. Lo peculiar esta vez es que lleva un pequeño libro en su espalda, sujetado por correas alrededor de su torso. El animalito se pone de pie y la observa durante unos segundos, como si reflexionara. Se lleva una mano a sus bigotes, hasta que parece dar con la respuesta. Luego estira el brazo; Belanir se ve obligada a acercarse y tomarle la mano con la punta de los dedos.
—Este es mi doctor; se llama Nube —anuncia Nevia.
—Hola, yo soy Anir —se introduce, sorprendida por lo que acaba de escuchar—. ¿A qué te refieres con doctor?
—Él se encarga de vigilar si me estoy recuperando. Ya le dije que estoy bien, pero insiste en quedarse conmigo hasta que termine mi medicina.
—Ya veo —Belanir apenas puede creer que una ardilla cargue con semejante responsabilidad—. ¿Podrás salir hoy?
—¿Qué dices? —pregunta Nevia, mirando a Nube.
La ardilla se vuelve hacia ella y asiente. Belanir observa la escena, convencida de que Nube ha comprendido la pregunta, o al menos eso parece.
—¿Qué es eso que lleva en la espalda? Parece un libro —señala Belanir, esperando escuchar que sea solo un juguete.
Nube se desabrocha la correa a la altura del pecho; el libro se desprende para sostenerlo entre sus manos. Tanto Nevia como Belanir se quedan boquiabiertas cuando lo abre y revela que, en efecto, es un libro de verdad, lleno de letras y dibujos de diversas plantas.
—No puede ser… —murmura Belanir, atenta hacia la ardilla que ahora parece mover la boca como si estuviera hablando.
Nube regresa el libro a su espalda y se pone a articular sus dos brazos. Al principio parece un simple juego, hasta que Nevia le explica que se trata del idioma de los mudos, conocido como lengua de signos. Con sus curiosos ojos observa con atención y trata de interpretar lo que dice, frunciendo el ceño mientras piensa.
—Creo que dice… yo puedo… ¡leer! —exclama al final, contenta de haber podido interpretar los gestos.
—Increíble… los dos son increíbles —comenta Belanir.
Para Belanir esto era absolutamente extraordinario, porque ni en sus sueños mas fantásticos hubiera imaginado que un animal tan pequeño fuera capaz de comprender lo que escucha, y mucho menos de leer.
—¿Donde aprendiste a entender esos signos? —inquiere, mirando a Nevia.
—En el otro orfanato habían niños que no podían hablar, y nos enseñaron a todos a memorizar varios signos. En realidad solo puedo reconocer unos cuantos —responde, acariciando la espalda de Nube.
Minutos después, Nevia se viste con uno de sus mejores vestidos para acompañar a Belanir, sin saber que iban a visitar el Valle de los Dragones. Claro, Belanir tampoco se lo dice a los encargados del orfanato, solo les dice que van a salir por un rato.
Cuando están a punto de salir, Nevia sorprende a Belanir al verla con la ardilla en su hombro.
—¿No es mejor que se quede? —pregunta Belanir, pensando que sería más prudente dejarlo allí, ya que puede comunicarse y quizá revelar su identidad.
—Pero quiere ir con nosotras, ¿no es así, doctor?
La ardilla salta a las manos de Nevia, da una vuelta alrededor de su hombro para luego regresar a sus manos, asintiendo con energía. Sin más opciones, Belanir acepta.
Al salir del pueblo, Belanir le entrega a Nevia un gorro extraño y también le pide que haga prometer a Nube que no le cuente a nadie los lugares que van a visitar. Lo hace, y Nube voltea hacia Belanir, levantando el pulgar en aprobación, provocándole una risa espontánea.
Nube y Nevia son sostenidos con firmeza por Belanir, quien comienza a elevarse en el aire. Los ojos de Nevia se abren y se cierran rápidamente, intentando convencerse de que lo que ve es real cuando las copas de los árboles empiezan a quedar muy abajo. Nube tampoco está menos sorprendido; el miedo se le nota en el cuerpo tenso, y mantiene los ojos cerrados, como si así pudiera escapar de la altura.
—No sabía que fuera posible volar —comunica Nevia, estremeciéndose en el momento que el suelo se veía peligrosamente lejos.
Incluso Nube, que esconde la cabeza en la mano de Belanir, empieza a abrir los ojos.
—Sí, es posible aunque no todos los magos pueden hacerlo —responde Belanir—. ¿Estás lista para ir a visitar un lugar especial?
Al oírlo, Nevia deja de mirar hacia abajo, se vuelve hacia Belanir y le dedica una de sus sonrisas más grandes antes de asentir con entusiasmo.
—Voy a alzar la velocidad. Yo los voy a sostener, así es que no se preocupen —indica, asegurándose de que el casco de Nevia esté bien puesto, ya que no puede usar magia para protegerle los ojos.
Poco a poco, los tres se desplazan por el cielo, observando cómo incluso los pájaros parecen atónitos al verlos invadir su mundo aéreo. Nevia está tan exaltada que no deja de contemplar su alrededor: las montañas, las nubes, las casas abandonadas por el paso del tiempo, y los animales que reconoce junto a otros que nunca ha visto.
—Voy a ir mucho más rápido —exclama Belanir, luchando contra el viento para que puedan oírla.
Ambos mueven la cabeza en aprobación. Belanir asciende aún más, hasta que los tres observan cómo las nubes se acercan. Nevia piensa en qué clase de criaturas podrían vivir allí y, sin poder cerrar los ojos, se prepara para atravesar una de ellas. Adentro, el mundo se vuelve difuso; la neblina los envuelve con algunos rayos de luz del sol que se filtran. Durante un breve momento siente la frescura con el sol brillando al otro lado. Incapaz de contenerse, suelta un grito de alegría.
—¿Te gustó? —pregunta Belanir, riendo cada vez más.
Volando a gran altura, los tres avanzan a enorme velocidad, atravesando nubes por encima y por debajo. A esas alturas, Nevia ya había perdido por completo el miedo.
—¡Sí! —aúlla Nevia, estirando los brazos como si ella misma pudiera sostenerse en el aire.
Al verla tan confiada, Belanir coloca a Nube adentro de su bolsa, a su costado, dejando solo su cabeza asomada. Luego rodea la cintura de Nevia con sus manos.
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