Belanir se prepara a descansar sin poder esperar mañana. Han pasado varias semanas desde que ha conocido a Nevia, forjando un vínculo profundo con la persona que pronto va a llamar hija. Las dos disfrutaron de los numerosos lugares que fueron a visitar, desde el valle de los dragones hasta las islas del oeste rodeadas por docenas de volcanes; está verdaderamente feliz.
Sentada en su cama, contempla la ventana mientras la noche avanza con lentitud. En pocas horas, su hija estará en su hogar. Contenta y agradecida, apaga las luces.
En la quietud de su habitación, debajo de sábanas suaves, su rostro descansa en una paz absoluta. Entonces, mechones de cabello se deslizan por su frente.
—Deja de luchar y deja de sufrir para que puedas vivir un nuevo destino.
La voz la lleva a un mundo de sueños, a uno donde no ha perdido a ninguno de su familia. Las voces, las risas y el calor del día se hacen reales.
—¿Querida? —Eucalis toma su mano—. ¿Ocurre algo?
La confusión dura unos segundos, porque por un instante siente como si hubiera estado en otro lugar, en un reino antiguo, en lugar de en una carreta, rodeada por su familia.
—No.
—Le estaba diciendo a Yudaxia que sería mejor que tome otra carrera —avisa Eucalis que mantiene su mano en la de ella.
Zachin voltea hacia su bella hija de ojos claros y largo cabello como el suyo.
—Es verdad, hasta pudieras convertirte en una cantante con la voz que tienes —propone Zachin, que preferiría verla afuera de las fuerzas militares.
—Pero todos ustedes son parte de la corte; los que protegen a nuestra nación y deseo hacer lo mismo —apunta decidida a no cambiar de parecer—. Soy fuerte y sé pelear; nada de lo que digan va a cambiar mi decisión.
—Está bien, pero sabes que Shi’el ha ofrecido entrenarte personalmente —informa viendo cómo el rostro de su hija se ilumina ante tal noticia.
—¿En serio?
—Sí, ella misma vino a decírmelo.
Yudaxia voltea a ver a sus hermanos y sus esposas que lo confirman, de que no se trataba de una broma. Y en segundos declara que lo hará.
Así siguen, teniendo bonitas conversaciones, hasta que algo toma la atención de Zachin por la ventana.
—¿Has visto algo? —pregunta Eucalis, que hace lo mejor por atraer su atención—. Está haciendo calor, es mejor que cerremos las ventanas.
—Este lugar es familiar —responde Zachin, al notar la luz de algo metálico a la distancia.
—¿Familiar? ¿Has visitado estas partes? —pregunta Éfratan, apoyando una mano en su rodilla, con la sonrisa expectante de quien desea oír más de su amada madre.
Todos en la carreta guardan silencio, atentos.
—No que me acuerde. Pero… este sitio se me hace importante.
—¿Importante? —interrumpe Yudaxia.
—No sé por qué. No lo entiendo —admite Zachin, que hace lo mejor por pensar si pudiera ser posible que haya visitado Pumas antes.
Se supone que ellos están de viaje a una de las ciudades más grandes de Pumas para pasar las vacaciones. Está a punto de regresar su atención hacia su familia, y antes de hacerlo, el brillo de aquel objeto se hace más brillante.
—Detén el carruaje.
Eucalis, sus dos hijos con sus respectivas parejas y Yudaxia, se miran entre sí al verla exigir que detengan el coche. Sin decir otra palabra, Zachin desciende apresurada, sosteniendo su vestido con ambas manos en dirección a la entrada de una carretera que no parece conducir a ningún sitio en particular, salvo a un bosque espeso que ha reclamado su resto.
Nadie comprende por qué Zachin avanza hacia ese lado del sendero. Todos intentan descubrir qué es lo que busca con tanta urgencia. Al principio, no parece haber nada… hasta que la ven detenerse frente a un objeto olvidado en la tierra: una olla.
Zachin sabe, con una certeza que le oprime el pecho, que esa olla simboliza un deseo profundo. Permanece inmóvil, contemplándola, como si el objeto pudiera narrarle una historia: un fragmento esencial de su vida que, aunque corroído por el óxido y perforado por el tiempo, aún conserva su forma.
—¿Qué es eso? —pregunta Eucalis, intrigada al verla inclinarse para tocar el objeto.
—Una olla… una olla de mate —responde ella, alzando la mano con los dedos extendidos.
—Es mejor que regresemos, cariño. Se nos va a hacer tarde —indica Eucalis, reposando una mano sobre su hombro.
—Esta olla me está llamando —describe Zachin, ignorando por un instante las palabras de su ángel.
—Mamá, vámonos. No me gusta este lugar —interviene Yudaxia que hace lo mejor por detenerla antes de que la toque—. Regresemos, por favor.
Zachin siente la calidez de la mano de su hija aferrándose a la suya; está a punto de ceder hasta que una voz la obliga a volver la mirada hacia la olla.
—Recuerda una cosa; siempre te he amado… siempre —La voz del pasado comunica.
—Mamá, por favor, vámonos —suplica Yudaxia, acompañada por el resto de la familia, que repite lo mismo.
—Mamá, por favor —pide Nívili junto con su esposa.
—Cariño…
—Mamá…
Las voces de su familia procuran detenerla cuando finalmente despierta el poder del Destino; el arte del Destino.
Una tormenta colosal consume el día claro y la somete a su voluntad. Las nubes blancas se disuelven como humo, y las estrellas se apoderan del cielo mientras el sol se oculta en el horizonte. De pronto, las voces cesan. Su familia desaparece sin que ella llegue a voltear a mirarlos.
Frente a ella la olla cambia, donde agujeros y el óxido intentaron destruirla, los sentimientos la traen de regreso. Antes de que se pregunte qué le ha sucedido a su familia, un anciano aparece, arrastrando a una mujer afuera del camino, hacia los arbustos. Y sin que pierda tiempo, se pone a esconderla, cubriéndola con tierra y hojas.
—Me acuerdo —susurra Zachin, con la memoria golpeándole el pecho.
—¿Qué pasa? —pregunta la mujer que no era nada menos que ella misma en el pasado, con la voz quebrada por el miedo.
—Quédate quieta. Espera aquí y alguien vendrá por ti —responde el hombre, esforzándose por ocultarla de sus enemigos—. Recuerda una cosa: siempre te he amado… siempre.
—¿Quién eres? —La pregunta sale de los labios de ambas, mientras las lágrimas se deslizan por sus mejillas.
—Soy… alguien del pasado —contesta—. Espero que encuentres la felicidad; ese es mi deseo.
Zachin reconoce la conversación como si hubiera ocurrido apenas unos días atrás. Nunca supo quién fue realmente esa persona; aun así, siempre sintió que fue alguien muy especial. A la distancia, ve lo mismo que vio esa vez: las antorchas de los guerreros de Pumas, buscándola para ejecutarla.
Cuando el hombre se gira y su rostro queda expuesto, ella lo ve. Por fin lo ve.
—Debo irme. No te muevas —se despide, con la mirada firme, desafiando lo inevitable.
—Eres el anciano del mate; no sabía que eras tú —comenta Zachin, observándolo alejarse con prisa.
Al formular preguntas, la resignación la carcome. Se aferra a los costados de sus brazos, intentando contener la brutal compresión de que su familia realmente ha muerto. No pasa mucho tiempo antes de que escuche las voces de los guardianes irrumpir en la escena. La buscan con las luces dirigidas a los árboles y los arbustos, sin poder ver a ninguna de ellas; a la que permanece en silencio debajo de la tierra o a la que está al lado de ellos como si fuera un fantasma.
Así continúan hasta que uno de ellos grita:
—¡Allá! ¡Allá! —exclama, señalando a la distancia del camino.
Antes de seguirlos, Zachin voltea hacia lo que fue y hacia la olla que presenció su pasado.
—No fue fácil… para ninguna de nosotras —afirma.
Deseándose suerte a sí misma, se retira para echar a correr y perseguir al anciano, decidida a descubrir de una vez quién es en realidad.
En cuanto se aproxima, ve cómo los ocho magos entran al bosque. Deseando alcanzarlos antes que ellos, su velocidad incrementa, mientras la luz de la luna y de las estrellas le revela el sendero para guiarla hacia alguien que está dispuesto a entregar su vida.
Avanza más y más, hasta que lo encuentra corriendo.
—Sigue —se exige el anciano—. Persíganme, solo persíganme.
Zachin percibe la intensidad de su esfuerzo: el sudor empapándole la piel, la respiración agitada y sus ojos desafiantes.
—No te detengas —continúa.
Lo ve empujarse más allá de su límite. Con cada zancada, distingue la felicidad de una posible victoria. Lo terrible es que no entiende por qué lo hace; necesita saberlo. Entonces, en su corazón, comienza a revelarse aquello que permanecía oculto. Adentro del pecho del anciano, debajo de su carne, de sus huesos, de cada fibra de sus músculos y órganos, habita el amor absoluto hacia su madre.
—No puede ser… —dice—. ¿Por qué piensas que soy tu madre?
Ahí es donde el poder del Destino lo revela. Ella aparece junto a un niño, preparando un mate. Sus ojos contemplan el pasado, cuando era una maga y una reina. La ve guiar las manos del niño, enseñándole a preparar algo que él atesorará por el resto de sus días. En esa sonrisa queda grabado el amor que aún lleva consigo, intacto, hasta este instante.
—Hijo… eres mi hijo —afirma Zachin al fin.
Al oírlo, el anciano se vuelve hacia ella por un breve instante, como si aquella voz hubiera sido real.
—¿Cómo? Han pasado más de tres mil años —lo susurra sin poder conceder el límite del amor.
El arte del Destino le hace ver que de verdad era él, y que tuvo que pagar un precio inmenso, uno que lo aceptó por ella.
Zachin está a punto de llamarlo por su nombre cuando lo ve caer.
—Levántate, antes de que sea tarde —exclama, aun sabiendo que él no puede oírla—. Ponte de pie.
Corre hacia él para ayudarlo, pero cuando intenta tocarlo, sus manos lo atraviesan.
—Ya no puedo más. Se me han agotado todas las fuerzas —gruñe el anciano, cayendo de rodillas con la cabeza al cielo—. Gracias por haberme dado esta oportunidad.
Al ver que los guerreros están a punto de alcanzarlo, decide esconderse bajo unos matorrales, esperando en que lo oculten de lo que está por venir. Se inclina todo lo que puede, conteniendo el aliento.
Uno de los magos se aproxima y, aunque la luz de su espada parece rozarlo, pasa de largo y continúa avanzando. El siguiente, justo detrás, alza su lámpara para iluminar el lugar, pero también lo ignora.
En ese punto, la esperanza de que no lo encuentren crece, aun así Zachin queda suspendida en la anticipación. Pero el tercero que se acerca lo descubre. Con un salto brusco, corta las ramas con su espada.
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