Pasos hacia el Destino

Capítulo 128, Deseo, (13)

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Los guardianes junto con los sirvientes se reúnen en la plaza frente al castillo. Nadie sabe la razón por la cual han sido convocados; algunos intercambian miradas inquietas, otros sienten un nudo en el estómago al pensar en lo que la ama podría anunciar. El lugar permanece en silencio durante varios minutos con sombras que se hacen mas visibles por el sol.
Alrededor de ciento cincuenta personas observan cómo las enormes puertas se abren lentamente y ven aparecer a la reina como nunca antes. La ama viste un largo vestido azul pálido, adornado con líneas doradas que capturan la luz de la madrugada. Su rostro, cuidadosamente maquillado, resplandece con la luminosidad de una mujer que parece a punto de casarse.

El cuchicheo se propaga de un lado a otro entre los presentes, quienes intentan adivinar sus intenciones. Al mirarla, muchos no pueden apartar la idea de que de verdad pudiera anunciar un matrimonio. La expectación se refleja en cada rostro.

Para Belanir no es común dirigirse a sus sirvientes de esta manera, pero en su interior ha nacido un deseo profundo de cambiar, de mostrarse más abierta y convertirse en un buen ejemplo para su nueva hija. En cuanto observa a sus fieles guardianes y magos de casa, siente cómo brota en su corazón la esperanza de transformar su país, porque, después de todo, esta tierra es su hogar, y ellos, su gente, es su responsabilidad, incluyendo las vidas de los humanos.

Alza la vista hacia el cielo y promete, en silencio, que a partir de hoy trabajará sin descanso.

Su discurso empieza con palabras de agradecimiento por el buen trabajo que han realizado durante los cuatro años que han estado juntos. Luego anuncia los nuevos tratados de comercio que están por abrirse con la familia Zarken, mencionando también a las familias de las otras tres princesas. Promete que Laod se enriquecerá tanto en dinero como en cultura, lo que impulsa a la multitud a aprobarlo con vítores y gritos de entusiasmo.

Al final de su alocución, revela por fin que está a punto de adoptar a una niña y que, desde hoy, ella es su hija y heredera de todo el reino. Casi nadie puede creerlo; la sorpresa se manifiesta en rostros incrédulos y bocas que se mantienen abiertas. Poco a poco, comprenden que la reina parece haber cambiado gracias a una niña que está por llegar y, en silencio se lo agradecen.

Belanir, cubierta de joyas de oro y diamantes, se inclina para que uno de sus guardianes coloque la corona sobre su cabeza. Está a punto de partir hacia Mos para recoger a Nevia, quien aún no sabe que su vida está a punto de cambiar para siempre.

En cuanto entra en la carreta, seguida por sus guerreros montados a caballo, los nervios la invaden con más fuerza que en el discurso. Aun así, no puede esperar a ver la reacción de su hija. Una sonrisa se dibuja en sus labios mientras se imagina a ambas juntas y, antes de que el silencio se prolongue, da la orden de avanzar.

En Mos, antes de salir a jugar, Nevia arregla su cama. De un extremo al otro, estira las sábanas y acomoda la cobijas. No tiene muchas pertenencias, pero una de sus favoritas está a punto de guardarla. Toma el objeto entre sus manos y piensa en el mes que se ha convertido en el mejor de su vida. Abre la caja de cartón y observa su contenido: los dibujos que ha hecho, un par de zapatos, sus pocas prendas dobladas con cuidado y, a un lado, coloca su juguete más querido, un dragón de madera pintado en distintos tonos de verde.

No imagina que Belanir viene a convertirla en su hija, pero sí sabe que pronto volverá a verla. Empuja la caja adentro del estante de pertenencias y sale corriendo, alegre, hacia la puerta donde el sol la invita a disfrutar del día sin imaginar que, al otro lado, alguien la espera; la figura de esa persona permanece medio cubierta por los rayos que no logran revelarlo a tiempo.

Media hora después, el carruaje entra en el pueblo de Mos. La gente se pregunta de quién puede tratarse, pues es la primera vez que alguien tan importante se acerca a sus casas. Muchos abandonan lo que están haciendo y lo siguen, detrás de las dos docenas de guerreros montados a caballo. Los niños corren a avisar a sus padres de que ha llegado alguien y, en pocos minutos, todo Mos sale a averiguar qué ocurre.

Antes de que Belanir descienda del carruaje, ya hay tanta gente reunida que bien podría decirse que todo el pueblo la espera. Cuando por fin sale, los presentes se sorprenden al verla: es la reina, dicen en voz baja los que logran reconocerla de inmediato.

Apresurado, el alcalde sale de entre la multitud para dar la bienvenida a la reina, quien lo saluda con una leve inclinación. Conversan durante unos minutos y luego él proclama, con voz clara, que se trata de Belanir, la reina de Laod y que ha llegado para recoger a alguien muy importante. Todos se preguntan quién puede ser esa persona. Cuando Belanir avanza, la ven dirigirse directamente hacia el orfanato.

Los pasos de Belanir la conducen hacia un nuevo destino, uno que jamás había contemplado antes. La sonrisa que ilumina su rostro y el corazón que se agita de emoción por ver a Nevia se detienen al llegar frente a la puerta. La encargada del orfanato sale tambaleándose, con una mano llevada a la cabeza, y antes de que Belanir pueda preguntarle dónde está su hija, la mujer se desploma. En un instante, su alegría se transforma en miedo. Todas las palabras que había preparado para Nevia, se esfuman al correr adentro.
Adentro, encuentra cuerpos tendidos por el suelo, incluidos niños. Sin detenerse a pensar, comienza a buscarla. Sus guardianes la siguen, gritándole advertencias que ella ignora. De manera frenética, recorre el lugar, observa cada rostro con la esperanza de encontrarla. Entra en cada habitación, revisa cada rincón y, finalmente, llega al cuarto de Nevia.
El pecho se le encoge y, al borde del colapso, se sienta en la cama. Sus ojos le arden por la desesperación. Sin saber qué hacer, algo llama su atención: la caja. La toma y observa las pocas pertenencias que Nevia posee y, entre todas ellas, el objeto que ocupa más espacio: el dragón que le regaló. Sus lágrimas se derraman, resbalándose hasta su boca para que sienta el sabor amargo de la realidad. Dispuesta a todo, se levanta y sale.




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