Pasos hacia el Destino

Capítulo 130, Deseo, (15)

·········⋆ 𓆩༶𓆪 ⋆·········

En la tranquilidad de su cuarto, con el calor que la chimenea provee y la luz del día que ilumina sus muebles, Belanir se mueve a su costado con los ojos cerrados. No se escucha mucho, apenas los ligeros crujidos de la madera consumida por el fuego. Todo parece sereno, todo parece indicar que la reina tiene un bonito sueño.
Sin embargo, ni en su descanso, ella no deja de pensar en Nevia. Aquel tormento la atrae cada vez más a su enemigo. No sabe qué le ha sucedido a la niña que debió ser su hija, no sabe si está en peligro, si sufre; ni siquiera sabe si está con vida. La incertidumbre la lleva a un lugar que no quiere imaginar más, pero al final lo que más teme, es que va a tener que vivir con esto por el resto de sus años.

Entonces, el fuego, que hasta ahora permanecía quieto, se parte ante una presencia que parece cruzar desde el otro lado de la pared. El resplandor de la mañana, que se filtraba por las ventanas, se quiebra para caer en pedazos sobre el suelo. En medio de la nueva oscuridad, las velas de la leña son lo único que queda, y aún ellas parecen estar en peligro de extinguirse.

Apenas se distingue el rostro de Belanir lleno de lágrimas, reflejo de su destino del que ya no quiere formar parte. Entre más pide deshacerse del dolor, el Sexto avanza. Sus pasos, que la dirigían hacia su destino, son enterradas por la arena y el viento de su deseo.
Ella continúa soñando, viendo cómo sus vidas le van a traer más desgracias, y mientras se dobla de lado a lado, el Sexto se coloca al pie de la cama. Sus gemidos de tristeza le permiten al monstruo abrir los ojos al fin, apareciendo por encima de ella, cerca del techo. Sus dos ojos son casi humanos, del tamaño de un puño cada uno.
—Te he encontrado —declara el Sexto, posando una mano invisible sobre las sábanas que, al hacer contacto, arrancan un fuerte gruñido del colchón y de las patas de madera que sostienen un peso descomunal—, guerrera de los demonios.
El Sexto, con sus ojos que nunca se cierran, acerca un rostro que el brillo de la fogata revela; el de una víbora adornada con extremidades que permanecen en formas de pétalos.
—¿Pensaste que ibas a ser capaz de aguantar? —comenta, dejando que una de sus manos jale las telas que la cubren—. El Quinto no te va a proteger esta vez.
Al remover la sábana, el Sexto prosigue a acariciar el rostro de Belanir; luego desciende los dedos por su cuello, sus senos y sus piernas.
—Belanir… Belanir —repite el Sexto.
—Sí —responde aún dormida, con los pechos expuestos bajo la mirada de su acosador.
—¿Estás lista para dejar de sufrir?
Belanir no le contesta, no porque no entienda la pregunta, sino porque teme las consecuencias.
—Responde. ¿No quisieras ser una mujer capaz de hacer lo que quiera? Ya no sufrirás por la debilidad de otros, ni por las voces que solo aspiran tu perdición. Lo único que tienes que hacer es castigar a los que se lo merecen. Ahora pídeme lo que deseas.
Las lágrimas de Belanir dejan de deslizarse. Ante ella se dibujan nuevas realidades donde su sufrimiento termina en cada una de sus existencias, donde ya no está atada a la responsabilidad de nadie.
—Deseo… ser libre del dolor —Belanir concede, provocando que los rostros de su familia se desvanezcan: sus hijos, su hija, Eucalis y sus amigos.
Con una de sus manos, el Sexto aprieta el pecho de Belanir y extrae los sentimientos que intentan resistir, pero no logran permanecer adentro de alguien que ha decidido abandonarlos.

Al final, con sangre goteando de la mano del Sexto, la luz del día comienza a iluminar el cuarto. El lugar regresa a su estado original, y en los ojos del monstruo se refleja el fin de una de las guerreras más fuertes que el Guerrero Imbatible iba a necesitar.

Pocos minutos después, Belanir despierta como no lo ha hecho en mucho tiempo. Ya no siente aquella agonía, ni en el corazón ni en el cuerpo. De inmediato se dirige a la mesa para tomar una de sus pastillas y contemplar lo bella que es. Se arregla el cabello mientras piensa en los tontos sueños que ha tenido. Y aunque todavía puede ver aquellos ojos rojos, las preguntas de sus visiones ya no la perturban, porque al fin, esta vida le pertenece.
—Yo estoy en control; mi destino es mío.

El sonido de la puerta la interrumpe. Una voz al otro lado pide permiso para entrar. Su guardián pasa y le sirve un plato de desayuno. En cuanto acomoda la bandeja, ella le ordena que le traiga la cabeza de la asesina. La petición hace que su mago se distraiga y casi derrame uno de los vasos de jugo. Sin poder imaginar la razón de aquella orden, se retira en silencio para cumplir la voluntad de su reina.

Cuando Belanir termina de comer, algo golpea la ventana. Al volverse, descubre que no es nadie menos que su nuevo amigo, la ardilla Nube. Apenas empuja el vidrio y el pequeño animal salta al interior, trepa por su brazo y se acomoda en su hombro, estirando el cuerpo. Belanir se ríe al verlo actuar como un doctor, examinándola en busca de fiebre.
—Me siento mucho mejor —anuncia.
Pero Nube parece notar algo más. Apoyando sus pequeñas manos en la mejilla de Belanir, le revisa los ojos con atención.
—De verdad me siento bien —afirma ella, un poco avergonzada. Antes de que él se entere de su adicción, lo toma con cuidado y lo pone sobre la mesa—. ¿Cómo andas?
Con rápidos movimientos de sus manos, Nube le hace saber que ha estado preocupado por su estado, pero ahora que la ve, cree que se está recuperando. Aun así, le recomienda una bebida cargada de nutrientes y relajantes para reducir más la inflamación. Belanir le contesta que ha tenido un buen desayuno; sin embargo, no tiene idea de qué clase de bebida podría darle lo que le sugiere.
Nube se mantiene pensando, rascándose los bigotes, hasta que se le ocurre algo. Ella lo observa desamarrar su pequeño cinturón y abrir su libro. Las cejas de Belanir se alzan al verlo pasar cada página con sorprendente destreza; para ella, no era distinto a ver a una persona leyendo. Se inclina y escudriña lo que busca. En cada hoja había distintas ilustraciones: plantas, frutas, raíces, semillas, tipos de rocas e incluso insectos, dibujados con minucioso detalle.
—¿Qué estás buscando? —La curiosidad de Belanir la acerca tanto que el costado de su rostro roza los suaves pelos de Nube. No imaginaba que un animal pudiera oler tan bien como él, con aromas similares a los de flores.
Nube se vuelve hacia ella sin notar la cercanía, y por un breve instante sus labios se rozan. Belanir sonríe por haber besado a una ardilla. Está a punto de disculparse, pero él parece haber encontrado lo que buscaba. Alza el libro y le muestra una ilustración: hierba de mate.
—¿Hierba de mate? ¿Quieres que tome un mate? —pregunta, viendo a Nube asentir con entusiasmo—. Nunca me han hecho uno, pero creo que deben saber prepararlo. Déjame llamar a alguien para que lo hagan.
Está por hacerlo cuando Nube la detiene. Él prosigue a cruzar los brazos y comienza a hacer señas hasta con los dedos. Belanir, con mucha atención, descifra cada gesto, hasta que entiende: él lo preparará con ella.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.