Pasos hacia el Destino

Capítulo 131, Deseo, (16)

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Al día siguiente, Belanir se prepara para salir de compras. Necesita un par de vestidos, zapatos y un abrigo que esté a la altura de la ocasión. Aunque no se ha hablado con la emperatriz en estos últimos meses, el fin de año se aproxima, y por tradición, la soberana tiene invitada a cada reina, príncipes y a las guerreras de la corte a su palacio y celebrar el “Día de los Regalos”.
Entre los asuntos que debe resolver con la llegada del nuevo año está la reducción de los impuestos que su reino paga a la corona imperial. Esa es su prioridad real. El problema es que su relación con Yudaxelica ya no es la de antes, cuando luchaban juntas en el campo de batalla, cubiertas de sangre y gloria.
Belanir pondera distintas estrategias mientras ajusta su cabello frente al espejo. Necesita algo que incline la balanza a su favor, algún gesto que suavice el ánimo de la emperatriz. Porque si Yudaxelica responde con un no, su reino quedará condenado a una carga fiscal asfixiante durante años.

La emperatriz es codiciosa y temperamental. Disfruta de lo novedoso, de lo extravagante, de aquello que deslumbre a la corte. Es vana, pero también predecible. El verdadero inconveniente es que posee casi todo lo que podría desearse. No hay joya ni reliquia que no haya pasado por sus manos. Al final, Belanir va a tener que recurrir a lo que siempre ha hecho, añadiendo un abrigo excepcional. Aún no decide cuál escoger. El de zorro, suave y enrojecido como las llamas, o el de leopardo, exótico y peligroso.

Se coloca sus guantes blancos, ajustando cada dedo, y sale de su alcoba hacia el estudio.
Hoy solo debe firmar un par de documentos. Órdenes precisas para que sus guerreros vigilen a los ministros y diputados de cada región, en caso de que alguno intente huir del país. Está convencida de que al menos un par de ellos manipuló a su sirvienta para traicionarla.
Se sienta tras el escritorio de madera, cuya superficie refleja la luz del sol. Toma la pluma, firma con trazo firme y estampa el sello real de cera. Mientras lo hace, considera el castigo adecuado para los traidores. Ahorcarlos sería demasiado misericordioso. Quemarlos vivos… tampoco le agrada. El agua, en cambio, es lenta.
Decide que los arrojará al lago con las manos atadas. Su sonrisa curva sus labios ante la precisión de su venganza.
—Mi reina —interrumpe su mago guardián al entrar.
Belanir levanta la vista hacia una bandeja de plata cubierta por una tapa que su guerrero coloca sobre el escritorio. Ella deja la pluma con calma y dirige toda su atención a su contenido.
—Aquí está la cabeza de la asesina —informa, alzando la tapa y revelando el rostro de una mujer que parece haber sufrido antes de morir.
La expresión pálida, con ojos medio cerrados, conserva un rastro de dolor que congela el instante final, lleno de remordimiento. El cabello largo de la mujer no se encontraba; Belanir supone que debieron haberlo cortado para que la cabeza encaje en la bandeja de plata.
—Así que fuiste tú… —murmura tras unos segundos de silenciosa satisfacción, contemplando frente a frente a quien osó intentar asesinarla con veneno—. Quiero que te la lleves y se la enseñes a su esposo. Dile que, si no habla y no nos entrega los nombres de los traidores, le cortaremos la cabeza a su hijo y la colocaremos junto a la de su esposa.
—Mi reina, acerca del bebé… —interviene el guardián, recordando la incesante plegaria del hombre. Su voz pierde dureza por un instante—. No es de ellos.
—¿No lo es? Entonces, ¿de quién? —pregunta Belanir, intrigada.
Su guardián le explica que la pareja no pudo tener hijos y que el bebé le perteneció a otra mujer que perdió la vida al dar a luz. Ambas mujeres crecieron juntas, fueron amigas por un largo tiempo, y por esa razón la asesina decidió adoptarlo.
Belanir no puede creer lo que escucha y, por un breve segundo, algo semejante al remordimiento le roza el pecho. Sin embargo, lo aparta de inmediato. No es su culpa que el niño esté destinado a morir, porque fueron ellos, sus padres, los que eligieron jugar al azar.
—Quiero que destruyas todo rastro de esa familia —ordena, poniéndose de pie con la autoridad afilada en la voz.
—Sí, mi reina.
El mago cubre la cabeza y se retira con la bandeja. Cuando la puerta se cierra, Belanir se acerca al espejo de marco dorado.
—No me veo mal hoy —dice, tocando ambos lados de su rostro, buscando sin encontrar el enrojecimiento de sus ojos—. ¿Sería posible que existiera otro mundo detrás?
Está a punto de rozar la superficie cuando un sonido la obliga a girarse.
—Nube… ¿me has traído más medicinas?
Abre la ventana y el aire frío entra en la habitación. Su pequeño amigo, brincando, llega sobre el escritorio y se pone a desamarrar la correa que sujeta el saco de su espalda. Al vaciar su contenido, ella descubre que le había traído dos maníes, cuatro bolas de chocolate y tres caramelos envueltos en papel.
—¿Para mí? —pregunta, extendiendo la mano, lista para apoderarse de uno de los chocolates.
Nube mueve la cabeza enérgicamente, afirmando que es un obsequio para ella, su paciente que se ha recuperado por completo.
En que lo prueba, Belanir no esperaba que aquel chocolate fuera tan exquisito; la dulzura se derrite en su lengua, obligándola a llevar la mano a la boca.
—Qué dulce… ¿de dónde proviene? —pregunta y cuando él no le responde, imagina verlo haciéndolos—. ¿Lo hiciste tú?
Los ojos negros que la contemplan brillan con discreto orgullo.
—Gracias —dice, tomando ahora uno de los caramelos, que resulta igual de delicioso. Después prueba uno de los maní: salado, rebosante de sabor, muy distinto a los que ha comido antes—. Estuvieron ricos.




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