Pasos hacia el Destino

Capítulo 132, Deseo, (17)

·········⋆ 𓆩༶𓆪 ⋆·········

Después del incendio, su supuesto amigo no se ha atrevido a regresar. Han pasado varios días y, a pesar de haberse sentido traicionada, Belanir no le guarda rencor en lo absoluto. Cada vez que dirige los ojos hacia la ventana donde la nieve domina el paisaje, una parte de ella espera verlo aparecer.

Faltan siete días más para que llegue el esperado Día de los Regalos y hoy ha recibido malas noticias, o más bien buenas: los humanos están enfrentando uno de los inviernos más duros de los últimos años.

Nadie en la corte le dirige la palabra, solo le entregan reportes. Los rostros largos y tensos de los ministros revelan un desaliento profundo, como si cada uno hubiese alcanzado el punto más bajo de sus carreras. Muchos han obedecido su mandato y llevado a cabo una campaña contra los humanos de sus distritos.

Durante varias noches sus viviendas fueron atacadas o rodeadas por gritos de furia hasta el amanecer. Sin embargo, en los últimos días la violencia ha disminuido. El final del año se acerca y el frío ha obligado incluso a los más furiosos a refugiarse en sus hogares.

Las horas transcurren con lentitud mientras los ministros presentan sus últimos informes. Cuando finalmente llega el momento de clausurar la corte, nadie añade una sola palabra.

Belanir permanece sentada en su trono, con la corona descansando sobre su cabeza, observando cómo cada uno abandona el salón sin siquiera desearle un buen día ni ofrecer una expresión amable. En pocos minutos el salón queda casi vacío, y ella termina rodeada únicamente por unos cuantos guerreros que permanecen en sus puestos, evitando incluso cruzar miradas con ella. Esa quietud le provoca una realización: de verdad está sola.
El silencio no la hace sentir mal; siempre ha sabido convivir con él, aun así, no esperaba que aquello se convirtiera en lo normal. Por un momento considera que quizá sería mejor retirar la orden de vigilancia hacia los ministros. No a todos, tal vez solo a aquellos que en el pasado le han demostrado lealtad. Pero, en el fondo, sabe que incluso si lo hiciera nada cambiaría.

Debería sentirse contenta, porque no le falta nada. Tiene un reino entero bajo su dominio, un gran castillo que puede llamar hogar, comida cuando lo desee y la libertad de hacer lo que le plazca. Pero aun con todo eso, se siente vacía. Por esa razón se pone de pie y abandona el salón del trono.

Con el vestido deslizándose suavemente por el piso, Belanir pasa frente a la cocina, donde sus cocineras se ven completamente ocupadas preparando su cena y la del resto de los habitantes del castillo. El aire está cargado con el aroma de sopas calientes, pan recién horneado y especias de todo tipo. Se queda observándolas, oculta tras el marco de la puerta, sin que ninguna note su presencia. En realidad no presta atención a su trabajo; su mente está en otra parte. Recuerda a Nube y aquel momento en que compartieron el mate, cuando todos en la cocina lo disfrutaron juntos.

Antes de que alguna de ellas se percate de que está allí, Belanir se retira y continúa caminando por el pasillo.

A unos metros de su habitación, decide que pasará el resto del día perdida en la euforia de sus drogas. Uno de los guerreros que custodia su puerta se apresura a abrirla. Adentro, la fogata había mantenido su cuarto bien caliente. Ella se quita el vestido y lo deja caer sin cuidado sobre el suelo. El calor de la habitación contrasta con el frío que aún lleva en la piel. Se acerca a la mesa donde sus dedos ya buscan la caja de botellas cuando un movimiento en la ventana interrumpe el gesto.

Nube está allí, esperándola.

Por un instante siente el impulso de abrir la ventana y dejarlo entrar, pero se detiene. Se pregunta por qué duda, y la respuesta surge con una claridad amarga: algún día él, como todos los demás, la abandonará de una forma u otra. Está a punto de espantarlo cuando la ardilla, de forma graciosa, se acomoda la bufanda y el pequeño gorro con orejeras que lleva puesto, prendas de las que ella ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.
Su amigo la mira fijamente, sin apartar los ojos, y luego golpea la ventana con los nudillos de su mano. Incluso se frota las manos exageradamente, como si estuviera congelándose. A este punto, Belanir no logra resistirlo más y su sonrisa la vence.
—Pensé que no ibas a regresar —admite mientras abre la ventana—. Primero que todo, necesito que me respondas…
Está a punto de recriminarle por haber ayudado a los traidores cuando Nube abre su gran saco y le muestra una caja negra del tamaño de un pulgar. Si no se equivoca, parecía ser un obsequio.
Él le indica que es para ella; un regalo.
Las palabras que tenía preparadas para enfrentarlo se evaporan al instante. En cuanto se inclina para recibir la diminuta caja, su mente comienza a imaginar qué podría haber adentro de algo tan pequeño.
Una vez en su mano, Belanir abre la tapa y descubre que es un boleto. Al desplegarlo, lee: entrada de espectáculo para la víspera del Día de los Regalos. Su desilusión era evidente y sin concluir el resto de lo que decía, baja el papel. Lo iba a rechazar cuando Nube le hace una señal insistente para que continúe leyendo. Ella no tiene muchas ganas de hacerlo; no solo porque ya tiene planes para el día siguiente, sino también porque imagina que debe tratarse de un simple espectáculo destinado a entretener a los peones. A pesar de eso, tira un suspiro y acerca nuevamente el boleto para leer el resto. “Vengan y demuestren sus habilidades para nuestra emperatriz, en el palacio real…”
Sus ojos recorren las palabras una vez más, como si no confiaran en lo que acaban de ver. Incapaz de contenerse, pronuncia en voz alta las últimas líneas:




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.