Rodeada de humanos, Belanir parece haber aceptado que, en esta vida, hasta una reina puede terminar humillada y obligada a depender de la ayuda de los más débiles. En sus manos, sosteniendo a Nube, el más pequeño de todos, carga su destino en sus propias manos.
Para mantener su identidad en secreto con el rostro debajo de maquillaje, Nube le ha dicho al resto que es una amiga de Nevia y que desea verla. Aparte de Yoleh, Nube y Belanir —que ahora se hace llamar Anir—, también viajan una pareja, otro hombre más y, por supuesto, el bebé, que apenas se atreve a mirarlo directamente.
—No te preocupes. Estoy segura de que vas a poder verla pronto —le asegura la mujer sentada a su lado.
El dolor que Belanir siente al escuchar esas palabras no proviene del arrepentimiento ni de la vergüenza por lo que les ha hecho. Nace del esfuerzo que debe hacer para contenerse: las ganas de poner a aquella mujer en su lugar, de recordarle que una humana como ella jamás estaría siquiera en el mismo cuarto.
—Tengo fe en que todo va a salir bien —continúa la mujer mientras toma la mano de Belanir con calidez—. Lo vamos a lograr.
—Así es; les vamos a demostrar lo que Laod es capaz de hacer —añade el esposo de la mujer, volviéndose hacia los demás adentro de la cabina.
El grupo asiente. Incluso el bebé intenta imitarlos, moviendo la cabeza con balbuceos.
Es el segundo día del viaje hacia Ayem. Tras recorrer la carretera durante toda una jornada, alcanzaron el Río Norte. Desde allí abordaron un barco que ahora los lleva río abajo en dirección al océano. Su destino es el Puerto Caracol, en “Alamia”, el dominio de Míyudax, una de las siete aliadas emperatrices del Sur.
Belanir se repite que tiene que soportarlo. Después de todo, es por Nevia. Y cuando por fin la tenga, cuando pueda sostenerla en sus manos, hará lo que sea necesario para rescatarla.
Por lo menos se ve que no van a tener problemas en entrar en los territorios del sur, ya que esos imperios no han cerrado sus fronteras.
Hace apenas unas horas tuvo que usar uno de los baños y había tantos esperando que pasó casi media hora en la fila. Recordándolo, en el muelle, habían miles de personas, la mayoría humanos, aguardando en pleno invierno poder abordar el próximo barco. Esa imagen le resultó impresionante como inquietante: miles sosteniendo maletas que eran lo único que les quedaba en la vida. Experimentarlo de cerca la dejó con una sensación incómoda, una vaga comprensión de lo que esa gente está sufriendo.
El lugar donde están ahora también será donde pasarán la noche. No hay camas, ni literas, ni siquiera almohadas. Sin saber muy bien qué hacer, ella se queda observando a la mujer que se pone a preparar el suelo: extiende cobijas y coloca bolsas llenas de ropa doblada que sirven como almohadas improvisadas para cada uno del grupo. Cuando termina, Carlina le hace un gesto para que se acueste a su lado, mientras los hombres se acomodan al otro extremo del cuarto.
Belanir se recuesta en el suelo esperando que resulte insoportable, pero para su sorpresa no lo es. La superficie es dura, sí, pero no demasiado, y la almohada que recibe, es bien suave. Cierra los ojos y los vuelve a abrir cuando escucha varios “buenas noches” lanzados al aire desde distintos rincones. Las voces se apagan una a una, y al final termina obligada a murmurar uno también.
Vuelve a cerrar los ojos. Con el leve balanceo de las olas, imagina lo que le dirá a Nevia cuando por fin la vea. Sabe que no puede contarle lo difíciles que han sido estos meses sin ella, ni el dolor que ha tenido que soportar. Pero al menos puede decirle que quiso adoptarla, que la ama y que la necesita.
Está a punto de dormirse cuando el sonido del niño la devuelve a la conciencia. Molesta, se gira hacia el otro lado y ve al viejo Yoleh sentado en una esquina, sosteniendo a “Tomás”. Bajo la tenue luz de las estrellas y la luna, el anciano no dejaba de estirar sus labios alegres. También distingue a Nube, junto a ellos sobre la mesa, observando la luna por encima de las interminables aguas.
Vuelve a cerrar los ojos, obligándose a hacerlo, pero sin poder evitarlo los abre otra vez. Esta vez su mirada se detiene en la persona con la que no tuvo piedad, alguien que no tuvo nada que ver con el crimen de sus padres. El pequeño mantiene en su rostro su pureza y la seguridad de que hay personas dispuestas a protegerlo. Belanir se lleva una mano al pecho, incapaz de sentir el reproche que sabe que debería estar allí. Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, en lo más profundo de su ser sabe que sería capaz de abandonarlo todo con tal de formar parte de ese mundo.
Su expresión se queda inmóvil, atrapada en la escena cuando Yoleh inclina la cabeza y deposita un beso sobre la frente del niño. Permanece así durante un largo rato, en silencio, hasta que algo adentro de su pecho se estremece. Poco a poco, sus párpados se vuelven pesados y finalmente se cierran.
En la madrugada, Belanir despierta con la brillante luz del sol inundando la cabina. El resplandor dorado entra por las pequeñas ventanas. Ve a Yoleh atendiendo a Tomás, que sostiene su biberón con ambas manos. No tarda en encontrar también a Nube, que hace lo que podría llamarse ejercicio: estira la espalda, los brazos, las rodillas y hasta la cola.
—Buenos días —saluda Carlina—. Traje el desayuno.
Belanir siente una necesidad inmediata de arreglarse el rostro, de quitar de su piel las huellas del viaje y sobre todo, asegurarse de que su disfraz todavía esté en su cara.
Al salir de la cabina hacia el pasillo, se encuentra con varias personas caminando en ambas direcciones. Muchos arrastran los pies, con los ojos pesados y expresiones agotadas que delatan una mala noche. Sin embargo, en su caso el descanso ha sido suficiente. Una vez que se lave y coma, el verdadero ejercicio del día comenzará.
Les va a tomar otro día llegar al Puerto Caracol, y hoy, en particular, deben practicar todo lo posible para estar listos. Mientras se sienta a la mesa, escucha los detalles del plan que han preparado. Como era de esperarse, la estrella del espectáculo será Nube, quien como ya ha hecho muchas veces, realizará su teatro de drama, incluyendo un baile con ella para el final.
Belanir no sabía que Carlina podía cantar, porque ella y su esposo habían compuesto una canción para el evento. El otro hombre se encargará de los efectos y de montar los escenarios junto con Yoleh.
La biblioteca en Booknet es una lista útil de libros, donde puede:
guardar sus libros favoritos
ver fácilmente las actualizaciones de todos los libros de la biblioteca
estar al tanto de las nuevas reseñas en los libros
Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.