Pasos hacia el Destino

Capítulo 134, Deseo, (19)

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El Imperio de Sáya es considerado una de las tierras más prósperas del gran continente de Apas. El grupo, junto con Belanir, observa las tierras de la capital a través de las ventanas del vagón y no pueden evitar asombrarse ante lo que se despliega ante sus ojos. Cada montaña y cada ciudad que pasan disfrutan de una primavera eterna; los verdes vibrantes, los tonos anaranjados y las flores violetas de los miles de árboles bajo el cielo azul llenan cada marco del horizonte.

Les ha tomado dos días llegar y a unas cincuenta millas de distancia, ya se puede ver el castillo conocido como el “Hogar de la Diosa”, donde los habitantes de la capital lo llaman “Ogaria”. Sus siete torres se elevan como enormes columnas que desafían lo que la arquitectura es capaz de aguantar.

Belanir y los demás descubrieron que la celebración por venir no es un evento cualquiera, sino una ocasión única: la presentación oficial de las hijas adoptivas de la emperatriz. No solo sus aliadas han sido convocadas; también van a llegar invitados de diversos rincones del vasto continente, que abarca aproximadamente veintinueve millones de millas cuadradas.
Ella sabe que hay alrededor de setenta y cinco emperatrices en todo Apas y que en los territorios que varios de ellos llaman arbitrariamente el norte y sur, en realidad se concentran en la región septentrional, lejos del extremo más inhóspito, donde apenas unas pocas gobiernan.
Otro detalle llama su atención: aquí, la gran mayoría de la población, casi el ochenta por ciento, posee piel blanca. El resto proviene de distintos lugares. Por ejemplo: en Yunkai, su diversa gente morena les gusta vestir de rojo y adornarse con maquillaje del mismo tono; los de Nushén se distinguen por sus ojos rasgados y su cabello negro como la noche; y los del continente de “Espilia”, no poseen rasgos particularmente distintivos, que es el lugar donde provienen los padres de aquel bebé que no deja de mirarla.
—¿Quisieras sostenerlo? —pregunta Carlina.
Belanir finge no darse cuenta, desviando la mirada para verse ocupada. Pero Carlina no se desanima. Se acerca con Tomás, que parecía estar ansioso de estar a su lado. Sin demasiadas opciones, ella admite en voz baja que nunca ha sostenido a un bebé. Aun así, eso no impide que, momentos después, el niño termine acomodado en sus brazos.
En él, huele el aroma a leche, siente su pequeño cuerpo y su calor que se filtra a través de la tela. Mientras lo sostiene, su corazón no responde como había imaginado. Cree que debería estar remordida, o ser invadida por alguna punzada de dolor por haber intentado arrebatarle la vida. Se da cuenta de que lo que tiene en sus manos no podía acusarla o sentir rencor, que solo deseaba ser amado y que tal vez por esa razón, ella no se siente culpable.
Se pregunta si su deseo realmente se ha cumplido, si de verdad ha dejado de sufrir por los demás. Pero otra idea irrumpe, incómoda, persistente: si eso es cierto, ¿por qué está aquí, intentando rescatar a Nevia?
Está a punto de devolver el bebé, deseosa de escapar de sus propios pensamientos, cuando Tomás alza una mano, buscando algo. Sin comprender lo que quiere, Belanir levanta la vista y espera una respuesta del resto.
—Quiere que lo abraces —dice Yoleh con una nube que asiente con la cabeza desde su hombro.
La duda la inmoviliza por un instante. No actúa de inmediato, pero las pequeñas manos de Tomás insisten, aferrándose al aire, reclamándola. Belanir pasa la saliva y lo acerca de golpe, como si quisiera terminar rápido para devolvérselo cuanto antes.
Al principio no siente mucho: solo la tibia respiración del niño rozando su oído y su cuello, mientras unos pequeños dedos comienzan a acariciar ambos lados de sus hombros y cuello. Los segundos se alargan, y en que su mente encuentra la tranquilidad, algo cambia. Muy despacio, casi imperceptible, su corazón, ese que creía apagado unos minutos antes, empieza a encenderse.
Con el paso de los minutos, la brisa se cuela por las ventanas, arrastrando consigo susurros lejanos, voces difusas que no logra descifrar.
—El destino no juzga o toma lados, sino destruye a los que se atreven a detenerlo. Pero no olvides que estamos aquí, que siempre estaremos a tu lado, cuando nos necesites, cuando te caigas. Siempre recuerda que te amamos.

Las voces provenían de múltiples personas: hombres, mujeres, niños, niñas… todos aquellos de quienes intentó huir. La paz que la invade es breve pero suficiente para iluminar, aunque sea por un instante, el camino de su destino.

En silencio, el resto espera y sin que nadie lo note, unos cuantos minutos se transforman en una hora.

Un poco agotada, Belanir no deja de contemplar a Tomás, que se ha quedado profundamente dormido. Cuando Carlina se acerca y le ofrece cuidarlo, Belanir lo devuelve con los ojos ligeramente humedecidos. Ambas intercambian una sonrisa y regresan a sus asientos.

En un par de horas llegarán al castillo y pase lo que pase, Belanir está lista.

Adentro del castillo de Ogaria, la más pequeña de las hijas de Zyudax cumple el papel de anfitriona para los jóvenes príncipes del imperio, quienes no dejan de fastidiarla mientras avanzan por la vereda que conduce al parque.
—Me estoy aburriendo —se queja uno de los príncipes, arrastrando los pies con desgana, aunque mantiene la promesa de ver al perro de Nevia.
—¿Qué más se puede esperar de alguien que no puede usar magia? —añade una princesa, acomodándose los dos moños adornados con cintas negras—. Seguro nos va a mostrar el perro más corriente del mundo.
Los demás estallan en risas, sumándose a la burla con comentarios que lo comparan con la fea dueña.

Nevia no responde. Continúa caminando, con la mirada al frente, ignorando las burlas. Cuando finalmente llegan al jardín, allí, para sorpresa de todos, un perro los esperaba.

Cada uno de los chicos se frota los ojos, porque no era nada menos que un perro que traía puesto un traje negro. El mozo cuadrúpedo llevaba una chaqueta y pantalones de una sola pieza, cuidadosamente adaptados con un orificio para su cola. También llevaba un sombrero y unos guantes que cubren sus cuatro patas, dándole un aire de pedigrí y al mismo tiempo siendo absurdo.
Todos se apresuran hacia él sin que el animal rompa su postura de obediencia.
—Toto, salúdalos —ordena Nevia, cruzando los brazos, imitando a su madre.
El perro suelta dos ladridos cortos, claros, que suenan extrañamente formales, como un “buenos días”.
—Toto, dales la mano.




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