Llegando a las siete en punto de la tarde, con cientos de invitados ocupando mesas redondas a lo largo del campo abierto de la plaza de Ogaria, detienen sus conversaciones y tintineo de copas cuando la emperatriz se levanta. Varios se ponen de pie en señal de respeto hacia la anfitriona, que avanza con elegancia al ya preparado teatro de cena.
Detrás de las cortinas, Nevia espera junto a las otras niñas la ansiada proclamación de su adopción. Todas visten el mismo vestido blanco, calzan los mismos zapatos e idénticas trenzas; sin embargo, entre todas ellas, Nevia es la única cuya sonrisa no disminuye, como si nada pudiera quebrarla. Las veinte escuchan la voz de su madre elevarse al otro lado del telón, agradeciendo a los invitados y a las diecisiete emperatrices provenientes de los rincones más lejanos del continente, incluyendo a Ra’lyudax y Míyudax.
Adentro del salón de invitados, Belanir permanece pegada a la ventana, incapaz de encontrar a Nevia entre la multitud. Desde donde se encuentra, las palabras de la emperatriz llegan media distorsionadas, difíciles de entender. La incertidumbre la devora; la idea de que Nevia termine en un lugar distinto al que de su hogar se vuelve cada vez más insoportable. No quiere perderla y no a esa maldita que se atrevió a robársela de sus manos.
Borra de su cabeza las consecuencias, no importa cuán bondadosos o amables esos humanos hayan sido con ella; al final, es su reina, y cree merecer la felicidad. Está convencida de que, cuando tenga a Nevia, todo cambiará, la vida se tornará mejor, incluso para los humanos. Mañana, su nuevo destino comenzará.
El tiempo se estira hasta volverse casi irreal, y Belanir se hunde en el mundo que ha construido para sí misma: se imagina adorada por su pueblo, rodeada de amigos, compartiendo lo que tiene con una niña que de seguro la va amar. Pero la agradable alegría que tiene en el rostro, se deforma, torcida por deseos que no buscan más que su propio placer, reflejando la grieta que crece en su interior.
Está por regresar a su grupo cuando las cortinas se abren, seguidas por un estallido de aplausos que marca el inicio de la esperada ceremonia de introducción. Se obliga a no permitirse ser herida por la alegría que la emperatriz muestra al abrazar a cada niña, y cuando llega el turno de Nevia, aunque lo hace de la misma manera, había algo distinto; lo podía sentir.
Es verdad que no puede verlas con claridad desde ahí, pero es suficiente para determinar que algo está creciendo entre ellas: ¿qué hará si Nevia decide quedarse y no ir con ella?
—Nunca la va a amar como yo —se dice, aferrándose a esa verdad incuestionable; su justificación por lo que está por hacer.
Imagina escenarios que se enredan entre sí: Nevia suplicándole que la lleve de vuelta, rechazándola, diciéndole que no la ama, que no la necesita. También ve que con el tiempo, ella la perdonará. Está segura de ello.
Sin perder más tiempo, se dirige hacia la mesa de Nube.
Por el otro lado, Nube no deja de ensayar sus movimientos y gestos. Sus diversas poses exclaman sus intensas emociones. En uno de los momentos clave, se inclina lentamente, demostrando un dolor profundo que se dibuja en su rostro.
Aunque nadie lo sepa, a él lo persiguen los sueños de una mujer: alguien de cabello castaño, con un peinado peculiar, siempre esperando con los brazos abiertos. No se recuerda la primera vez que la vio, pero sabe, con una certeza que le aprieta el pecho, que es una persona muy especial.
Le ha preguntado a Yoleh si es posible que las personas de los sueños existan en el mundo real. Le dijo que, por lo general, uno sueña de las personas que ya ha visto, y que a veces la imaginación les proporciona uno que otro atributo físico. Aun así, eso no explica porque cada vez que la ve, sus piernas le arden, dando la sensación si las hubiera llevado al límite en una carrera. También, en más de una ocasión se ha visto a sí mismo en el cuerpo de un hombre con barba y unos ojos que intentan contarle una gran historia, una en la que ambos, no pueden rendirse.
En cuanto mueve las manos para sostener a aquella persona, vuelve a pensar en su posible nombre. Sus ojos azules, cada cabello, su piel, sus labios y su suave voz no hacen nada menos que atravesar sus sueños. La acerca más hacia sí, imaginando su peso, su calor, la forma en que encajaría entre sus brazos. Está a punto de besarla cuando una sombra lo interrumpe.
Al alzar la cabeza, encuentra a su amiga, de pie a unos pasos, con una preocupación evidente en el rostro. Para animarla, le dice que tenga paciencia, que pronto podrá hablar con Nevia y que él la ayudará con lo que sea.
La ceremonia de introducción llega a su final, y el grupo de Nube se prepara para los últimos detalles. Por suerte, van a ser los últimos y a diferencia de los demás —acróbatas, magos y comediantes—, ellos pondrán en escena un teatro de títeres.
Zyudax comienza a llamar a cada una de sus veinte hijas, quienes desde hoy vivirán bajo su cuidado y formarán parte de su familia. A cada nombre que pronuncia, sigue un abrazo y les entrega su nombre: Nakaria. Un símbolo para que todos comprendan que, incluso si su dominio llegara a su fin algún día, ellas siempre serán sus hijas, rodeadas de privilegios y protección.
Cuando llega a la última, su rostro se ilumina, más intensa que las anteriores.
—Por favor, Nevia Santiaga, acércate.
Nevia avanza, casi sin poder creer que este día había llegado. Sus pasos forjados, mecánicos, de piernas hechas de acero, la acercan a su nueva madre.
—Desde hoy en adelante, somos una familia, y tu nombre es Nevia Nakaria —proclama Zyudax.
—Gracias… —agradece, recibiendo un beso en la mejilla.
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