En medio de la noche, sin que nadie se de cuenta, Nube escala la muralla del castillo. A más de treinta metros de altura, sus patas se mueven con cautela en el concreto, encontrando apoyo en las grietas y asperezas que la piedras ofrecen. Se siente afortunado por la luna y su luz que lo ayuda a subir mas alto. Aún le falta la mitad en alcanzar la ventana de Nevia cuando un viento comienza a soplar.
Por precaución, se aferra con más fuerza, pegando el rostro contra la pared. El primer embate del ventarrón pasa tras unos segundos, pero el siguiente irrumpe con violencia, obligándolo a cerrar los ojos. Clava las garras en el concreto, tensando cada músculo mientras el aire ruge a su alrededor, como una bestia desatada. Se sostiene con todo lo que tiene, y aun así, su pata izquierda se desprende… luego la otra. Se apresura a devolverlas al muro, buscando desesperadamente un punto firme. Sin embargo, su cuerpo es empujado hacia arriba, sostenido apenas por sus manos, que tiemblan bajo la presión y amenazan con ceder en cualquier instante.
El viento, enfurecido, ruge de nuevo. El siguiente torbellino lo golpea de tal forma que lo obliga a soltar la mano derecha. Ahora cuelga de una sola que hace lo que puede por resistir. Abre los ojos y ve cómo la luz de la luna desaparece, devorada por las nubes.
Se empuja a aguantar, a convencerse de que pasará pronto. Pero uno de sus dedos comienza a deslizarse. Estira la otra mano al muro, desesperado, pero ya es demasiado tarde. Uno por uno, sus dedos ceden para caer en el vacío.
Sin poder ver nada, sin saber si sobrevivirá, su mente se aferra a una sola imagen: la mujer de sus sueños. Luego una pregunta termina cruzando su alma: ¿De verdad es posible cambiar el destino?
***
—Te amo —expresa la voz débil de una mujer, acostada en la cama—. Fui afortunada de haberte conocido y de haber compartido estos años. Me ayudaste volar entre las estrellas y tocar su luz. Te lo agradezco desde lo más profundo de mi ser.
—No digas eso… —ruge él, con la garganta quebrada—. No quiero escucharte hablar como si ya te hubieras rendido.
Ella lo observa con la serenidad de una esposa que ha aceptado su muerte. Lentamente, levanta la mano y acaricia el rostro de su amado, el hombre que lo ha dado todo por ella.
—Lo que quiero decir es que deseo que seas feliz. —Le acaricia la mejilla, sintiendo sus lágrimas bajo sus índices.
—¡No! —exclama él, con las extremidades temblorosas—. No lo voy a permitir. Voy a cambiar nuestro destino.
Los ojos de ella se pierden en los de su marido, que arden con coraje y resolución. A pesar de sus palabras, el cansancio la invade; una fatiga que la convence que es más fácil rendirse, aceptar lo inevitable y despedirse con amor. Está a punto de hacerlo, a punto de confesarle cuánto lo ama, cuando él la detiene.
La sujeta con ambas manos por los lados del rostro.
—Dame más tiempo —ruega, mientras las lágrimas se desprenden de sus ojos hacia los de ella, tocando sus labios.
Una parte de ella sabe que su tiempo se agota; la otra, experimenta cómo sus palabras la envuelven, llenándola de una fuerza que creía perdida. En ese instante decide luchar, decide creer en él.
—No me voy a rendir. Por ti —dice al fin.
—Gracias… —El hombre se inclina y le da el beso más profundo y conmovedor que han compartido—. Gracias, mi vida.
***
En que Nube continúa cayendo en el abismo, su mano derecha choca con algo que lo detiene. Antes de que pueda explicar qué cosa lo ha ayudado, extrañas emociones que sabe que no le pertenecen, lo invaden.
—Ayúdame —reclama aquel sentimiento, encendiéndose como un fuego en su pecho—. Ayúdame a salvarla.
Aún no puede ver con claridad en la oscuridad, pero esa voz es familiar. La siente en las membranas de sus ojos, en la punta de su cola, en sus patas, en su intestino y en cada pelo de su cuerpo para grabar en él una verdad ineludible: su vida es clave para salvar a la mujer que lo espera.
Cuando la luz regresa, descubre que lo que lo sostiene es una pequeña rama creciendo en la grieta del muro, enredada firmemente en su mano. Se queda mirándola por un momento, con los ojos vidriosos, preguntándose si una ardilla sería capaz de detener el futuro de esa mujer.
—Lo voy a hacer —chirría, sus labios formando cada palabra con determinación y bigotes que se mueven de alegría.
Voltea a ver la luna y, al hacerlo, los sentimientos de aquel futuro se abren ante él, revelando el instante en que se enamora de ella. Permanece inmóvil, con la respiración contenida y los ojos fijos en ese resplandor que parece prometerle la siguiente parte de su destino: las citas, el momento en que le coloca su pendiente, su torpe pero sincera declaración de amor, el desfile de caballos, y finalmente, su matrimonio.
Estira la mano, intentando alcanzar ese mundo y, tal como han aparecido, los sentimientos comienzan a desvanecerse, no sin antes entregarle un último recuerdo: un beso en un cálido día de playa. Sus labios se entrelazan con los de ella, y puede sentir la suavidad de su piel bajo sus dedos, la presión de su pecho contra el suyo, y el cabello que el viento arrastra para envolverlo y acariciarlo con delicadeza.
Cuando la visión se disipa, abre los ojos. El frío lo trae a la realidad, pero su corazón todavía arde por las emociones que ha obtenido. Más enérgico que antes, retoma la escalada.
Siendo una de las habitaciones más altas, Nube supera los cincuenta metros para llegar a la ventana. Antes de cualquier cosa, se asegura de que Nevia esté sola. Al comprobarlo, toca el cristal. En su reloj, las manijas le avisan que son las dos de la madrugada. Está a punto de tocar de nuevo cuando la ve levantarse de la cama. Incapaz de contenerse, su cola se agita con entusiasmo ante la idea de contarle que su amiga, la reina, la está esperando.
Nevia abre la ventana y, antes de que pueda avisarle acerca de Belanir, lo envuelve con las manos, casi dejándolo sin aire.
—Te he extrañado —confiesa ella, estrechándolo aún más.
Nube trata de apartarse, usando los músculos de sus manos, aunque pronto entiende que tendrá que esperar a que lo suelte. Cuando por fin lo hace, un gruñido irrumpe en la habitación. Desde un rincón, un perro lo observa fijamente, con los ojos brillando.
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