Acompañada por tres guerreros, Belanir avanza por el aire, surcando las tierras inhóspitas de Ya’h. Bajo ella, los paisajes se extienden con ciudades abandonadas, bosques destruidos y olvidados, ríos que alguna vez pudieron saciar la sed de miles de organismos y que en estos días no pueden ni ofrecer una estable fuente de necesarias aguas. Durante años se aferró a la ilusión de que el imperio no era de los peores, pero tras haber visto las tierras del sur, rebosantes de vida, comercio y felicidad, no puede evitar preguntarse para qué ha luchado todo este tiempo.
La respuesta, clara y cruel, debería atormentarla, en cambio, no siente nada; su cuerpo se ha vuelto incapaz de responder.
Sabiendo lo que esta por ocurrir, ella ha pasado de ser una reina, a otra víctima de la guerra. Entiende que si solo hubiera nacido en otra región, probablemente habría conocido la felicidad. Ahora, lo único que le espera, es la muerte.
A medida que se acerca a la capital del imperio, al imponente palacio real que se alza en la llanura, una nevada densa le da la bienvenida. Los copos pesados, cubriendo todo con un manto blanco, no logran ocultar la desolación. Supuestamente, el lugar más significativo de Ya’h, le parece insignificante frente a las ciudades provinciales de Ayem.
Sus magos, le preguntan si deben disminuir la velocidad. Belanir apenas gira para ordenarles a continuar.
Al rededor de las 9 de la noche, la ceremonia comienza con una gran orquesta que llena el salón de una música en homenaje a la poderosa emperatriz.
Belanir se encuentra en medio de príncipes que no dejan de gritar su nombre, sus voces elevadas en una celebración que le resulta distante. Le parece extraño verlos festejar con tal entusiasmo, sabiendo lo que se avecina.
No sabe cómo informarles que millones de magos pronto atacaran el norte. Lo más prudente sería advertir primero a la emperatriz, pero la conoce demasiado. En lo mas probable, decida ocultar la verdad, aferrándose a la rígida noción de que su poder no tiene fin. Incluso podría hasta matarla esta noche. Así que decide hablar en el momento de entregar su regalo. Allí, frente a todos, anunciará la amenaza que se cierne sobre ellos. De una forma u otra, su vida está por terminar. Pero quizá, de este modo, algunos puedan sobrevivir.
Las horas transcurren con una lentitud insoportable hasta que, finalmente, el momento llega. Belanir se encuentra en medio del gran salón, bajo los candelabros. Frente a ella, Yudaxelica reposa en su trono, erguida y expectante, lista para recibir los obsequios. Su vestido, apretado y provocador, brilla con cada movimiento que hace.
—Reina de Laod, mi fiel guerrera, ¿qué me has traído? —pregunta con una voz suave.
Belanir se postra primero, luego avanza unos pasos para presentar su ofrenda: dos vestidos finamente confeccionados y un abrigo de zorro de color de fuego. Apenas lo hace y el salón se llena de cuchicheos cargados de desprecio. A un lado, sobre largas mesas adornadas, descansan joyas resplandecientes, diamantes de varios colores, cofres rebosantes de oro y prendas elaboradas con pieles de criaturas al borde de la extinción.
Belanir no presta atención a nada de eso. Mantiene la mirada baja y cuando la alza, encuentra el rostro de la emperatriz compuesta de una expresión de tolerancia.
—Gracias —dice Yudaxelica con una sonrisa fría—. Te deseo un buen año.
Bajo el peso de cientos de miradas, Belanir se postra una vez más y al incorporarse, en lugar de retirarse, gira lentamente hacia la multitud. El murmullo disminuye un poco.
—Les traigo terribles noticias —anuncia, su voz clara atravesando el salón—. El norte está por ser destruido.
Su advertencia estalla en cada oido como un trueno. Las quejas y exclamaciones brotan al instante, en olas de confusión y rechazo. Algunos alzan la voz mas que otros, exigiendo explicaciones; otros niegan la veracidad de esas palabras. Antes de que alguien logre formular una pregunta coherente, la emperatriz se pone de pie, el gesto endurecido por su ira.
—El sur va a lanzar otra ofensiva —continúa Belanir, elevando la voz por encima del tumulto—. Y esta vez lo hará con millones de guerreros.
El salón queda en silencio de golpe, como si el aire mismo se hubiera detenido.
—No es posible —interrumpe Yudaxelica, clavando los ojos en ella—. ¿Cómo lo sabes?
Entre los presentes, Laliu escucha con atención, al igual que las otras princesas.
—Porque lo he visto con mis propios ojos —responde Belanir, sin titubear—. Al menos… dos millones.
—No. Debes estar equivocada —replica la emperatriz.
—El sur está recibiendo ayuda de otros imperios —continúa Belanir—. No sé cuándo atacarán, pero sus fuerzas ya están en la frontera de Ayem, listas para cruzar Kol’ash.
Yudaxelica se pierde en el cálculo de sus propias fuerzas. Incluso con la ayuda de las otras dos emperatrices del norte, no lograrían reunir más de quinientos mil guerreros.
Antes de que pueda formular otra pregunta, Belanir se postra una última vez y se retira. El salón queda sumido en la conmoción, voces alzándose en caos. Entre ellas, Laliu se abre paso con rapidez y sale tras Belanir, que ya se prepara para emprender el regreso a Laod.
—No lo puedo creer —confiesa Laliu, volviéndose hacia el palacio, observando a la gente abandonarlo.
Belanir gira el rostro hacia la princesa. En sus ojos percibe la posibilidad de una vida larga, llena de felicidad.
—Estoy segura de que Yudaxelica obligará a todos a morir en vano —afirma—. Me dijiste que deseabas viajar a otro continente; es mejor que lo hagas.
—Tengo que pelear —responde Laliu, forzándose a sostener la mirada—. Tengo que proteger a mi nación.
Belanir la observa en silencio, escuchando las mismas palabras salir de su propia boca hace muchos años atrás.
—He peleado toda mi vida —dice finalmente—, y la realidad es que no tengo nada. No cometas ese error.
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