Pasos hacia el Destino

Capítulo 140, Avance del Dragón

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Después de la victoria en Rush’Lanka, la flota del Señor de los Dragones se mantiene intacta, firme y preparada para la siguiente fase de su plan.
A su alrededor, una tripulación altamente entrenada se mueve sin necesidad de recibir órdenes. Van de un lado a otro, revisando monitores con datos y proyecciones tácticas. En otras secciones de la nave, humanos ajustan las corazas sobre los lomos de sus dragones, cuyas respiraciones profundas llenan el aire de un espeso olor a pasto. En los lugares más seguros adentro de las naves, magos y técnicos humanos forjan nuevas bombas; destellos de luz iluminan sus rostros concentrados. Mientras tanto, los mecánicos reparan las heridas del gran dragón metálico.

Aunque el XianFún continúa expulsando columnas de humo grisáceo desde sus flancos dañados, el barco no ha cedido su posición dominante al frente de la flota.

El General de los Cielos recibe un informe detallado: un compendio de estadísticas esenciales para la próxima batalla. En casi todos una cifra se repite: noventa por ciento. Poder de los cristales mágicos, reservas de combustible, armamento disponible, personal de combate… incluso la moral figura en ese margen elevado. Masticando lentamente su cigarro, deja que el humo se enrolle en el aire mientras recorre cada línea con mirada crítica. Al terminar, alza el rostro hacia el amplio ventanal que reveala el horizonte, donde yace su siguiente objetivo: la ciudad de Marsot.

A simple vista, Marsot carece de valor estratégico. No posee una población densa, ni industrias capaces de sostener la producción de armamento o campos fértiles que la conviertan en un bastión agrícola. Sin embargo, en la mente del general, la ciudad representa algo peligroso: la oportunidad de desencadenar un efecto dominó.

Ajena a la amenaza que se acerca, la ciudad transcurre en la calma de un domingo. Comerciantes ofrecen sus productos desde sus tiendas; gente se pasean por las calles empedradas; parejas avanzan envueltas en conversaciones. Todos saben que la guerra ha comenzado, pero ninguno imagina que pudiera alcanzarlos tan pronto.

En el extremo norte, tres torres se elevan hasta los ciento cincuenta metros. Estas constituyen la línea principal de defensa de la ciudad, custodiadas por un batallón de aproximadamente mil magos cada una. En lo alto de una de las torres, un mago entrecierra los ojos al percibir unas luces inusuales entre las nubes. Frunce el ceño y alza sus binoculares, enfocándolos. Lo que ve le hiela la sangre: el enemigo, a unas cincuenta millas de distancia.

Su corazón late con violencia contra su pecho mientras corre hacia la campana. El sonido estalla y en cuestión de segundos, otros magos lo confirman.

La gente se vuelve hacia el sonido, confundida al principio. Durante un instante, muchos creen que no es más que un error, que alguien ha hecho sonar las alarmas por equivocación. Pero cuando el repique persiste, insistente y urgente, la duda se disuelve. El pánico se propaga con rapidez: comerciantes abandonan sus puestos, manos temblorosas bajan cortinas a medio cerrar, y familias enteras corren hacia sus hogares. Algunos se refugian en los sótanos, sin embargo la mayoría se dirige a los refugios designados, empujándose entre sí en calles que hace apenas minutos rebosaban calma.

Las otras dos torres del norte activan sus alarmas, y pronto el resto de las torres se suma al clamor. Los magos guerreros se movilizan, activando lo equipos de artillería. Los capitanes reúnen a todos los magos guerreros disponibles; al final, la cifra asciende a diez mil, incluyendo a los reservistas que llegan con rostros tensos.
La encargada en la defensa de Marsot, la teniente Kaura, decide adoptar una postura defensiva. En lugar de arriesgar un contraataque, concentra todos sus recursos en la protección de las torres. Sabe que, si estas caen, la ciudad va a ser destruida.

Con más de doscientas piezas de artillería y cien cañones de largo alcance, planea derribar cualquier nave que entre en el radio de acción. Cuando la distancia se reduce a treinta millas, Kaura se eleva junto a sus magos. Desde allí, va a liderar la defensa y sostener la línea a cualquier costo, incluso con su propia vida. Diez millas más… y el combate es inminente.

En el centro de mando del XianFún, “Cloí”, la oficial de comunicaciones, informa a Phong: en ocho millas náuticas, la armada entrará en el alcance de las baterías enemigas. Añade que la ciudad carece de una fuerza ofensiva significativa.
Para el Señor de los Dragones, Marsot es la puerta hacia la ciudad donde reside una parte de la familia de la emperatriz. No desea infligir más daño del necesario, pero tampoco puede permitirse ser visto como alguien compasivo. En este preciso momento, las dos armadas de las emperatrices deben de estar enfrentándose, y aquí se presenta la oportunidad de asestar un golpe directo al corazón de los seguidores más leales de Olyudax.
Por esa misma razón destruyó sectores específicos de Rush’Lanka; según la inteligencia recibida, esas zonas estaban deshabitadas. Sin más demora, da la orden de detener la armada.
Cuando termina su puro, se pone de pie. A su alrededor, las miradas de su tripulación se clavan en él, cargadas de una confianza absoluta.
—Es hora. ¿Estás listo? —pregunta Phong a la figura que se mueve a su lado y se detiene junto a él para contemplar la ciudad en el horizonte.
—Sí —responde “Yizé Chen”, sabiendo muy bien lo peligroso que es su misión.
El capitán Chen ejecuta un saludo militar y se dispone a marcharse, pero antes de salir del cuarto de mando, Cloí lo detiene.
—Sé que vas a regresar —dice sin lograr que su voz se quiebre—. No te demores.
Chen se quita el gorro para inclinarse y entregarle un beso en su mejilla.




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