Vilia no deja de cruzar las piernas. Cada crítica de su madre provoca la misma reacción en su cuerpo. Levanta el tenedor envuelto en tallarines, pero se detiene al escuchar otro:
—¿Me estás escuchando?
Afloja sus dedos y deja caer el cubierto. Alza la quijada para tomar aire, porque siente que, si permanece un segundo más en esa mesa, terminará explotando.
—¿Por qué no cambiamos de tema? —interviene Forer, que no esperaba que Lobaglia comenzara tan pronto en confrontar a su hija.
—No es necesario; me voy a ir. Fue un error regresar a este sitio —exclama Vilia en el momento que se pone de pie, tirando su servilleta.
La Gran Emperatriz se le queda mirando, desafiándola a dar otro paso. Con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazados frente a su rostro, le advierte a que no lo haga. Pero Vilia ya no soporta el control que su madre quiere imponer en su vida. Tampoco podía imaginar que a pesar de ser la maga más poderosa del continente, temida por todos, se atrevería en detenerla.
Vilia da un paso.
Los iris azules de Lobaglia destellan en un tono dorado durante un breve instante y, cuando recuperan su color habitual, su deseo se había cumplido.
—¡Vilia! —exclama Forer levantándose de inmediato. Corre hacia Vilia para ayudarla y en que la tiene en sus brazos, no puede ignorar el horror que había reemplazado su desafiante rostro al descubrir que sus piernas habían dejado de funcionar.
Vilia se toca una y otra vez cada pierna, tratando de sentir sus dedos o los rasguños que por el momento la hacen comprender que no conocía a su madre. Levanta lentamente la vista hacia la figura que la observa desde arriba.
—¿Qué… qué me hiciste…? —pregunta Vilia preocupada por un permanente castigo.
—Para que aprendas que ni siquiera tú puedes ir en mi contra —responde Lobaglia con frialdad—. No te preocupes, volverás a usar tus piernas.
La poderosa maga se inclina hacia ella sin apartar la mirada.
—No vuelvas a atreverte a darme la espalda.
Incluso Forer queda en un estado de sobresalto por lo que acaba de ocurrir. Está a punto de desafiar a su esposa, pero basta una sola mirada para hacerlo detenerse. El miedo a empeorar la situación le aprieta el pecho, porque esa expresión no es diferente a la que ella mostraba años atrás, cuando desafió a las demás emperatrices. Al final, guarda silencio y solo puede observar cómo abandona la sala sin decir una palabra.
Mientras Forer se lleva a Vilia, Lobaglia camina sola por los largos pasillos del palacio con el corazón completamente alterado. Ni siquiera ella puede creer lo que acaba de hacerle a la persona que más ama en el mundo. Una parte de sí desea regresar corriendo, abrazar a su hija y pedirle perdón de inmediato, pero se obliga a seguir avanzando. No puede ceder tan pronto. Baja la mirada mientras sus pensamientos se desordenan y se pregunta si sus acciones son correctas.
Cuando Vilia nació, fue el día más feliz de su vida, aunque también uno de los más preocupantes. Durante meses vivió con el miedo de no saber si su bebé sería capaz de usar magia o si terminaría heredando la maldición. Por fortuna, la mayoría de su vida, creció como una maga normal.
Tal vez esa sea la verdadera razón por la que insiste tanto en convertirla en una ama prominente. Teme que, algún día, la maldición regrese y le arrebate todo su poder. Ese temor se vuelve aún peor cuando su hija insiste en practicar un deporte que la obliga a limitar el uso de sus habilidades mágicas.
—De todas las cosas en las que podía convertirse… ¿por qué tenía que ser corredora…? —murmura para sí misma, sin darse cuenta de que ha terminado frente a la habitación de Vilia.
Permanece inmóvil unos segundos antes de entrar.
Adentro del cuarto, Forer permanece junto a la cama de su hija, mientras varios magos no encontraban forma alguna de curarla. Lobaglia entra y, con un rostro agotado, les pide que las dejen a solas. Forer la observa y hace lo que pide; abandona la habitación junto con los demás.
El silencio que queda entre ambas resulta incómodo. Ninguna sabe cómo comenzar la conversación. Vilia mantiene la mirada apartada y Lobaglia observa distintos rincones del cuarto sin atreverse a verla directamente. El viento que entra por las ventanas agita suavemente las cortinas hasta que, finalmente, Lobaglia reúne el valor suficiente para acercarse y sentarse junto a ella.
—Lo siento… perdóname —pide con una suave voz.
Vilia gira el rostro hacia su madre.
—¿Por qué no aceptas lo que quiero ser?
La pregunta golpea a Lobaglia más de lo que esperaba. Guarda silencio antes de responder.
—Debí haberte contado esto hace mucho tiempo, pero hubo una época, cuando eras pequeña, en la que no podías usar magia. Ni siquiera podías recibirla.
La revelación impacta a Vilia.
—No sé qué va a ocurrir en el futuro. No sé si tus hijos estarán libres de la maldición. Ojalá no fuéramos las primeras en tener que enfrentar tantas dudas —confiesa Lobaglia con la voz debilitada—. Pensé que, si vivías como una maga prominente, tus poderes jamás te abandonarían.
Después de decirlo, permanece en silencio durante varios segundos, esperando escuchar la opinión de su hija. Sin embargo, Vilia continúa callada, procesando todo lo que acaba de descubrir.
—Ya no voy a forzarte. Si deseas convertirte en corredora…
—Si no consigo uno de los títulos del continente antes de los veintiuno… haré lo que quieres —la interrumpe.
Aquellas palabras son exactamente lo que Lobaglia deseaba escuchar, pero incluso ella comprende que nacen de un sueño roto. Aun así, decide aceptarlas. Se pone de pie y, antes de marcharse, gira apenas el rostro hacia su hija.
—La próxima vez que corras… en Astra, te animaré desde aquí.
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