El general de los dragones se lleva una mano al rostro, intentando comprender lo que acaba de ocurrir. A pesar que le duele la cabeza, sus facultades no lo han abandonado.
Un par de incendios habían dejado el cuarto con un poco de humo, aparte de eso, nada serio, excepto lo que creyó un simple mareo de cabeza, pronto se revela como la pérdida de navegación. Se pone a mirar al personal, luego hacia Cloí, que también tenía una mano apoyada en la cabeza y un Yizé, que se le acerca para reconfortarla.
—¡Reporte! —exclama—. ¡Reporte!
Dos magos más entran al centro de mando y uno de ellos empieza a curarlo. El mago-director le informa que han sido bombardeados y que tres proyectiles consiguieron atravesar las barreras, que por fortuna, carecían de la fuerza necesaria para perforar la coraza. También le comunica que, debido a la oscuridad, la lluvia torrencial y el camuflaje mágico del enemigo, resulta extremadamente difícil localizarlo.
Tres buques-dragón se dirigen hacia el XianFún para brindarle protección, al tiempo que otros dos barren la noche con sus reflectores en busca del atacante, asignado barco-asesino. Cloí está a punto de informar sobre los daños en los sistemas de navegación cuando comienza otro bombardeo.
En uno de los tableros podía verse que las defensas de la nave habían caído hasta la mitad.
Los primeros proyectiles impactan contra las barreras del XianFún, que continúa desviándose hacia la izquierda. El capitán del Kanza, un buque-guerrero de apenas la mitad del tamaño del XianFún, debe interponerse en la trayectoria del ataque para auxiliar a su general. Con una protección muy inferior, la nave solo puede soportar unos cuantos cañonazos.
Su tripulación contempla cómo las explosiones golpean las barreras una tras otra, hasta que una esfera de fuego choca con tremenda fuerza. Esa munición atraviesa las defensas mágicas, el acero y el concreto antes de detonar en los corredores, donde decenas de personas son vaporizadas al instante. Aun así, pese al violento estremecimiento que sacude la embarcación, el capitán ordena mantener la posición.
Otro proyectil consigue atravesar las defensas y, esta vez, el daño resulta mucho más devastador. La enorme carga de pólvora y componentes mágicos, del tamaño de una persona, perfora por completo la sección central de la nave. A su paso arrasa camarotes, depósitos de suministros y cobra la vida de al menos cincuenta tripulantes. Los sobrevivientes deben abrirse camino entre montañas de escombros, llamas, humo y cadáveres para ponerse a salvo.
La nave pierde el empuje de sus motores y comienza a precipitarse desde el cielo, dejando tras de sí una espesa columna de humo salpicada de chispas.
Otros tres barcos-dragones alcanzan al XianFún, disparando sus arpones para sostener a su hermano mientras descargan sus cañones contra el barco asesino oculto en la oscuridad.
Una vez que los sistemas de dirección del XianFún vuelven a responder, Phong se incorpora y gira hacia Cloí, que aguarda preparada para recibir órdenes. Los rastreadores mágicos, diseñados para localizar a todos los magos presentes en el campo de batalla, parecían incapaces de detectar a la tripulación de aquel barco asesino enviado para destruirlos. Phong decide que ha llegado el momento de recurrir a una nueva táctica.
—¡Dispersen las telarañas! —grita, pensando en el precio que el Kanza tuvo que pagar para protegerlos. Al menos estaba recibiendo ayuda para mantenerse en el aire.
Aquella estrategia había sido concebida por Hao precisamente para una situación como esta. Las demás naves reciben la orden y las municiones de los cañones son sustituidas por otro tipo de proyectil mucho más ligero. Desde casi veinte embarcaciones, la noche se ilumina con disparos lanzados en todas direcciones. Pronto, el firmamento queda cubierto por largas cuerdas ardientes que, al desplegarse, adoptan la forma de gigantescas redes de pesca.
El barco asesino trata de esquivar las enormes trampas que se abren por todas partes para capturarlo. Al principio consigue evitar una que se despliega con rapidez frente a su proa y apenas logra librarse de otra al virar hacia estribor. No obstante, cuando dos redes más descienden sobre su lomo, incrementa la velocidad al máximo sin conseguir escapar de su alcance.
La red adopta la forma de un enorme objeto y el XianFún confirma la posición de otros dos barcos asesinos. Sus gigantescos cañones giran hacia sus presas. Phong toma asiento y saca un cigarro. Lo enciende sin alterar la fría expresión con la que contempla el momento de cobrar la deuda.
—Destrúyanlos.
Una de las municiones más grandes de toda la flota apunta al asesino más cercano. El proyectil, de más de diez toneladas, es lanzado con tal fuerza que su rugido supera incluso el estruendo de los truenos.
El barco asesino hace cuanto está a su alcance para esquivarlo, exigiendo al máximo sus motores, pero no consigue apartarse de la trayectoria. Las barreras mágicas se expanden en un intento desesperado por detener o desviar el impacto, aunque resultan inútiles. El proyectil atraviesa el costado izquierdo de la nave y continúa hasta salir por el extremo opuesto. Durante unos instantes, el camuflaje mágico permanece activo; luego se desvanece. La armada entera abre fuego y, bajo la lluvia, el asesino se despliega como una flor de fuego antes de desintegrarse en la explosión.
Los otros barcos asesinos cambian de rumbo para huir. Uno de ellos recibe el mismo ataque del XianFún y corre la misma suerte que su compañero. El último logra escapar.
Por fortuna, el XianFún no había sufrido daños demasiado graves y recupera su posición al frente de la armada.
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